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El pez dorado

Sara seguía pegada a la acera ancha y poco concurrida que desembocaba en la calle más comercial y cara de la ciudad. Estaba ensimismada frente al escaparte. Sin embargo, las maletas de aquella carísima tienda ya no le atraían como en otro tiempo; aquel atardecer nublado, en la imagen reflejada que le devolvía el cristal, vio a una mujer sumergida en un mundo ambiguo de certezas y de perplejidades. Como si fuera polvo, su pasado era solo ceniza y vacío y el futuro era un camino arduo que había que empezar a dibujar de nuevo partiendo de la nada. 

Se encogió de hombros para seguir deambulando calle arriba cuando, el guiño de una  nube hizo  una travesura con la imagen que se reflejaba en el cristal y, detrás de ella, creyó verse a sí misma convertida en la estudiante de otro tiempo. Fue solo un instante, pero la Sara que acababa de jugar con sus recuerdos había estado a su lado durante unos segundos enfundada en una gabardina de color beige que recordaba muy bien. 

Enseguida desapareció.

Miró a su alrededor…, por un instante hubiese deseado atrapar aquella muchacha para meterla en el bolsillo de su abrigo y protegerla de todos aquellos años pasados en los que había estado tan lejos de sí misma. Su deseo la hizo seguir con la mirada los escaparates que acababan en la esquina a más de diez o doce metros, con la esperanza de que el juego siguiera y pudiera ver hacia dónde se había marchado la dueña de la gabardina beige. 

Giró la cabeza para ampliar la visión: en el otro lado de la calle, la fachada servía de fondo a una decena de motos aparcadas en perfecta simetría. Tras ellas, los grandes escaparates de la tienda aparecían llenos de zapatos, que salpicaban sus colorines, tras el reflejo de la larga calle con las siluetas ondulantes de los transeúntes, que aparecían  irreales  y volátiles por efecto de los claroscuros de la luz grisácea. 

En ese momento, el corazón le dio un vuelco: sobre el cristal, esquiva y lejana, la imagen de la muchacha se deslizaba como una mancha clara por la calle principal. La vio fugazmente para desaparecer enseguida mezclada entre la gente. 

Sara reaccionó y caminó calle abajo, dobló la esquina y anduvo deprisa hasta acercarse a pocos metros de ella. 

La seguía a corta distancia. Se sentía metida en la estela  del aire roto que iba dejando a su paso. Serenó su manera de caminar y su silueta se fue alejando poco a poco hasta que dejó de sentir sus pasos golpeándole en el estómago. Respiró aliviada al poder observarla a sus anchas: caminaba  por el centro de la acera, segura de sí, sin distraerse con nada. La cabeza erguida sobre unos hombros no muy anchos, le hizo bajar la mirada hacia la cintura que se movía rítmicamente con movimiento de atleta; las botas oscuras, casi planas, y un bolso marrón en bandolera, que se pegaba a su frágil figura, componían la imagen de la jovencita a la que Sara perseguía. 

Era una chica corriente –pensó–, tal vez demasiado delgada. Podía pasar fácilmente desapercibida y realmente nadie parecía reparar en ella. 

La vio como cruzaba otra de las calles y corrió  tras ella porque el semáforo parpadeaba e iba a cambiar de color de un momento a otro. Siguiéndola, bajó las escaleras del metro. La muchacha se había dirigido hacia la máquina automática que daba acceso al entramado de túneles con un billete en la mano. Impaciente para no perderla de vista pidió en la ventanilla el suyo, lo pagó y entró por el mismo pasillo por el que la había visto desaparecer. 

Recordaba muy bien esa estación: no era profunda, pero, si no se apresuraba, podría perderla con la llegada de un tren que no tuviera tiempo de coger. Pero no, ella estaba allí, de pie, muy cerca de la raya amarilla que indica peligro. A sus pies, el hueco profundo que recorrían los oscuros raíles y al fondo, orlando su cabeza, la espesa negrura del túnel subterráneo. 

La muchacha esperaba tranquilamente apretando un libro que parecía querer escaparse por debajo de sus brazos: era tan parecida a ella misma que se estremeció. Si pudiera verle la cara –pensó–. Hizo un ademán para sacar del bolso sus gafas de miope pero, enseguida se oyó el chirrido del tren frenando hasta llegar lentamente ante la boca negra del próximo túnel. 

Pasaron varias estaciones. Al fin, justo en el momento en que el tren se paraba, vio cómo se acercaba a una de las puertas y se preparaba para salir pidiendo disculpas a otros pasajeros que se interponían en su camino. Ella imitó sus gestos y al abrirse las puertas salió al andén entre el gentío. Solo la miraba a ella, pero todo le resultaba familiar. Bien podría ser la estación que en otro tiempo le llevaba a su propia casa. Si era así, mejor –pensó–, más tarde sabría como regresar. 

Subió las escaleras  y mientras la seguía se preguntó qué habría en su cabeza. Cuando ella hacía ese trayecto –ahora empezaba a reconocerlo todo–, solía estar preocupada por la hora. En aquel momento la vio mirar el reloj y, al abandonar la escalera, sus pasos se hicieron más rápidos, casi corría. Sin duda quería llegar pronto a casa y evitar que su madre preguntara la razón de su tardanza. Como ella misma, debía odiar tener que dar explicaciones. Después de todo, su madre en cuanto llegaba más allá de las nueve siempre pensaba mal. Algún chico que la acompañaba, y a saber quién era el chico o alguna amiga que pudiese ser una mala influencia. «La reputación es muy importante y hay que saber muy bien con quién  se mezcla uno…». Se lo había oído decir tantas veces. 

Caminando  otra vez detrás de ella, recorrió el conocido pasadizo que conducía a la calle en donde un acordeonista, sentado en el suelo junto a un ajado sombrero, apoyaba la cabeza sobre el teclado mudo y amarillento, descansaba con los ojos cerrados. A Sara le vino a la cabeza la triste imagen de un autómata sin cuerda. 

Muy cerca la una de la otra, salieron a la calle. La vio encorvar la espalda levemente al sentir las gotas de una llovizna suave que empezaba a caer sobre el asfalto. Le pareció que se hacía más pequeña, más insegura. Debía llevar el libro apretado contra el pecho y, sin saber por qué, aquella fragilidad le recordó la larga y angustiosa enfermedad de su madre. Las idas y venidas al hospital, la piel delicada de su cara, las manos casi perfectas cuando murió. Con el tiempo, esas manos que estuvieron tan ajadas se habían ido suavizando a fuerza de no trabajar y a ella le gustaba acariciarlas: eran las manos de una princesa.

Ya en plena acera de la calle, muy ancha y casi solitaria, Sara se fijó un instante en sus propios zapatos sobre el asfalto oscuro, que repiqueteaban estúpidamente sobre el suelo mojado y le vino a la

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cabeza aquello de las flores: «a mi hija le gustan mucho las flores» . 
Cuántas veces, agradecida, se habría repetido a sí misma esta frase que le conmovió aquel día cuando, en vez de recriminarla por haber gastado el dinero inútilmente, le mostró al médico el sencillo ramo de claveles  que descansaban en un jarrón de cristal sobre su mesita de noche, mientras le decía aquella frase mágica que viviría como un eco después en su memoria. Se estremeció al recordar. Pocos días después, su madre moriría.

Sí, era su madre quien solía repetir que a los muertos los olvidas enseguida. «Tal día hizo un año y ya está», siempre lo decía. Pero se equivocaba, hay muertos a los que nunca olvidas. Parece que se van pero no es verdad, regresan, siempre regresan en ese movimiento permanente, circular y traicionero en el que vive la memoria y si en el pasado quedaron heridas sin curar, sangran una y otra vez. Con el tiempo, acabas por aceptar que esas heridas ya no tienen cura: forman parte de tu vida, son tu misma vida.

Una gruesa gota de agua de lluvia le devolvió a la realidad. Era tan absurdo estar persiguiendo a una desconocida. Y… ¿por qué no?–pensó–. Ahora,  ¿a quién le importaba? Por primera vez en mucho tiempo sabía muy bien en donde estaba. El azar le había devuelto a su antigua calle y a otros tiempos que había olvidado.

Contuvo una carcajada pensando que estaba volviéndose loca ¿Qué hacía ella allí? 

Iba a acelerar sus pasos para pasar de largo y dejar a un lado el que fuera su antiguo portal cuando, de un salto, la muchacha, a escasos metros de ella, se subió al pequeño escalón  frente a la verja blanca y ancha, adornada con macetas de piedra en donde estuvo su casa. 

Sara se quedó inmóvil bajo la lluvia que arreciaba. La vio cómo buscaba  en su bolso, cómo sacaba las llaves. Del escaso racimo colgaba un pez dorado. Sara se llevó la mano a la boca. Ese pez… ¡Dios mío! Era el regalo de aquel chico que nunca fue su novio y que tantas veces le dijo: «es que yo te quiero». Siempre supo que la quería, y era verdad, la quería. Porque eso se sabe, se percibe en la mirada, en la palma de la mano cuando te roza, en cómo te mira el pelo, en cómo te pregunta: ¿dónde has estado? Si, ese  pez era el suyo. El muchacho se lo trajo de algún pueblo de la sierra en donde había ido con sus amigos una Semana Santa, mientras ella le contó una mentira sobre un viaje a un monasterio aragonés con su familia.

Sara golpeó la cabeza como si después de tantos años cayera en la cuenta de que  aquel regalo era absurdo. Sí, era absurdo que de un lugar de montañas le hubiese traído un pez dorado. ¿Mentía él también? 

Plantada en la acera, mojándose con la lluvia fría del  otoño, con la mirada puesta en una desconocida, pensó que hasta ese momento nunca había reparado en ello. Sí, recordaba aquel pez, vino envuelto en papel de celofán rojo. Después y durante años siempre fue con ella, dentro de su bolso. ¿Dónde se perdió? ¿Dónde estaba ahora ese pez?

Por todo su cuerpo, como si una mano de terciopelo le acariciara de arriba abajo con el recuerdo, sintió el tacto suave y frío del metal y el alivio que le proporcionara tantas veces al encontrarlo entre las agendas y los monederos, los cigarrillos o los lápices de labios dentro de su bolso. 

Nunca entendió muy bien lo que había pasado entre ellos, tampoco lo pensó mucho. Después de todo, nada era difícil una vez decidido, porque de repente, empezó su ir y venir de un lugar a otro, de una provincia a otra y su vida por fin se llenó de maletas. En la última conversación telefónica que mantuvieron, en una de aquellas llamadas que, a pesar de no desear, ella siempre esperaba, Sara le pidió que no volviera a llamar.  «Salgo con un chico y nos vamos a casar», le espetó. «¿Sí?…» Le oyó preguntar. Su voz pareció quebrarse levemente como si sintiera una profunda pena. Después de unos instantes de silencio tenso volvió a escuchar su voz: «Si haces algo, hazlo con el corazón, solo así funcionan las cosas». 

Sara se estremeció de nuevo, los años, los largos años pasados en la más absoluta soledad del alma se le echaron encima y los ojos se le empaparon con la lluvia…, con las lágrimas. ¿Era ese el secreto? ¿El corazón que le decía a gritos que no lo hiciera? Levantó la cabeza para sobreponerse y el pez tintineó entre el ruido callejero y las llaves plateadas. Sintió una rabia infinita contra esa muchacha que llevaba su gabardina beige, que vivía en su misma casa…

Se aproximó a la puerta dispuesta a arrebatarle el pez de entre las manos como si aquella desconocida se lo hubiera robado. Se puso a su lado. Estaban tan cerca que Sara rozaba la gabardina con su bolso. Iba a alargar el brazo para coger su mano delgada  y entonces, la muchacha apretó fuertemente entre sus dedos el pez dorado y volvió la cabeza sorprendida. La miró, sonrió forzadamente con un gesto de sorpresa interrogante  y la vio. Sí,  al fin veía su cara: la muchacha de la gabardina era ella… la muchacha de la gabardina era Sara.

5 comentarios en “El pez dorado”

  1. Qué bonito, qué tierno y sentido. Me encanta cómo relatas, Berta. Eres muy imaginativa y combinas muy bien con la realidad. Enhorabuena.

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