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Gandhi –Un cuento hecho realidad–

Porque los medios que hemos elegido para obtener la libertad son únicos.  El mundo está harto de ver correr sangre. El mundo trata de evitarlo y me halaga creer que será tal vez privilegio de la vieja tierra india mostrar una solución al mundo hambriento de paz. 

M. Gandhi


En uno de los parques de la ciudad de Delhi, hay un grupo esculpido en bronce que rememora la Marcha de la sal. Fue encabezada por Gandhi e iniciada el 11 de marzo del año 1930. A la edad de 61 años, ya viejo, aquel hombre recorrió 400 kilómetros en 24 días y el 5 de abril llegaba a Dandi, frente al océano Indico, para reivindicar la sal que llegaba a las aguas de aquellas costas, como propiedad de los hijos de la India. Este acontecimiento tenía tras de sí la larga historia de un choque cultural cuyos ecos, afortunadamente, se escuchan todavía.

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En el año 1600, siguiendo la estela de los portugueses y los holandeses, desembarcó en la India el primer inglés, era el capitán de un barco llamado Héctor. Dicen D. Lapierre y L. Collins en su libro Esta noche la Libertad que aquel hombre era un viejo lobo de mar, más pirata que explorador, que soñaba con rubíes del tamaño de huevos de paloma, pimienta en abundancia, jengibre, añil y canela, árboles de hojas tan grandes que podrían cobijar a una familia entera y pociones mágicas elaboradas con colmillos de elefante capaces de asegurar la juventud eterna. Se adentró en el continente y fue recibido con guantes de seda por el, entonces, emperador de la India: Jahangir.

Se le dispensaron honores y fue nombrado oficial de la casa real. Obtuvo autorización para comerciar e implantar sucursales a lo largo de la costa al norte de Bombay.

En muy poco tiempo, los barcos ingleses aparecieron en

Madras y en el golfo de Bengala, en donde un
puñado de atrevidos pioneros se instaló en las pestilentes aguas de aquel golfo y fundaron Calcuta. Su divisa era «comercio, no
colonización».

En aquel continente, la Compañía de Indias Orientales, fundada en Inglaterra por unos cuantos comerciantes para defender sus intereses mercantiles por todo lo ancho y largo del mundo, levantó un completo ejército que llegó incluso a derrotar a Francia, aniquilando su sueño colonial en la India. Más tarde, empezarían las guerras con los nativos. En 1757 un general inglés venció a un sultán en los arrozales de Bengala y a partir de ahí empezó una autentica conquista: una sucesión de ambiciosos gobernadores se lanzaron sin tregua a una política de imperialismo brutal y desenfrenado.

En pocos años la soberanía se extendió a los estados de Mysore, Travancore, Hayderabad, Barola y Gwalior, conquistaron casi todo el Decan, Bengala y el valle del Ganges. Poco después cayeron los estados del Rajput y la provincia de Sind. Para conquistar Punjab, les tocó librar guerras feroces contra los sikhs, pero al fin, consiguieron la conquista de toda la India. Con estos hechos, una compañía mercantil se transformaba en potencia soberana. Gran Bretaña, sin saberlo, era la sucesora del imperio mogol que, apenas un siglo y medio atrás, le abriera ingenuamente sus puertas.

De boca de sus protagonistas sobre cuál fue el espíritu de la estancia de los británicos en la India el propio general inglés Charles James Napier (1782-1853) confesó en sus memorias: «En la India los ingleses siempre han sido los agresores. Nuestro objetivo al conquistar la India, el objeto de todas nuestras crueldades, no fue otro que el dinero». 

Atrás ya quedaban miles de muertos cuando en 1857 se produjo un violento amotinamiento militar en lo que se denominó la Guerra de los Cipayos, el detonante fue el desprecio de los ingleses por las costumbres y creencias religiosas de los nativos y solo la ayuda de los maharajaes evitó el derrumbamiento del edificio británico.

Como consecuencia de esta guerra, el 12 de agosto de 1858, mediante un decreto, se transfería la responsabilidad del gobierno de toda la India a las manos de la reina Victoria.

Lo esencial de cuál fue la filosofía de la autoridad imperial sobre el subcontinente la recogen, solo a título de ejemplo, las manifestaciones hechas por un administrador del Indian Civil Service en el curso de un debate parlamentario y citado por D. Lapierre y L. Collins: «existía una convicción compartida por todos los ingleses que vivían en la India, desde el más poderoso hasta el más humilde, y arraigada en lo más profundo de cada uno, de pertenecer a una raza que Dios había elegido para gobernar y someter. Su política, ejercida sobre un pueblo cuya mayor característica ha sido siempre la mansedumbre, se basó en mantenerse en el poder dividiendo y para ello utilizaron el eje de las vidas de los habitantes de aquellas tierras: la religión».

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Pocos años después de que la enseña del Imperio Británico luciera entre sus galas la perla más preciada: la India, el 2 de octubre de 1869 nacía Mohandas Karamchand Gandhi en Porbandar, en la región de Gujarat, al noroeste del subcontinente indio. Con los años, y tras una permanente lucha personal por la búsqueda de la perfección, se convertiría en el paradigma de la más exquisita mezcla que ha dado el mundo de política y religión.

Pero nada mejor que usar sus propias palabras para entender al Mahatma Gandhi, él mismo, en el mes de noviembre de 1925, se decide, a través de una serie de artículos en el semanario Navajivan a escribir su autobiografía. Representan los cincuenta y seis primeros años de su vida. Durante ellos va descubriendo, una a una, todas las armas que emplearía en su búsqueda de la perfección espiritual entregada a la lucha por la igualdad y la justicia de su pueblo, hasta llegar a convertirse en una fuerza imparable. La filosofía queda recogida en estas palabras:

Para contemplar cara a cara el espíritu de la verdad uno debe ser capaz de amar la menor expresión de la creación como a uno mismo. Y un hombre que aspira a eso, no puede permanecer fuera de cualquier expresión de la vida. Por ello, mi devoción a la verdad me llevó al campo de la política y puedo afirmar, sin el menor asomo de duda y por supuesto con toda la humildad, que aquellos que sostienen que la religión nada tiene que ver con la política, no conocen el significado de la religión.

Cuenta Ghandi que de su infancia le quedaban recuerdos que lo marcaron hondamente y uno de esos recuerdos y especialmente hermoso era su madre: una mujer profundamente religiosa capaz de los mayores sacrificios. Ella solía formular los votos más duros y mantenerlos sin que le flaqueara el ánimo. Ayunar durante dos o tres días seguidos no era nada para ella y vivir con una sola comida durante todo el periodo de Chaturmas –ayuno que se practica durante la época de las lluvias−, era una norma inquebrantable. Hubo un Chaturmas que prometió comer solo a cada aparición del sol. Y nosotros, que éramos niños por aquellas fechas, pasábamos horas contemplando el cielo, deseosos de que apareciera el sol para nuestra madre. Recuerdo cuando al cabo de algunos días de cielo encapotado, al verlo aparecer, salíamos corriendo para anunciárselo a ella, que se asomaba para comprobarlo con sus propios ojos, pero con frecuencia, el sol se había vuelto a ocultar de nuevo, privándola así de todo alimento. «No importa, Dios no quiere que hoy coma» y volvía de nuevo a sus quehaceres.

Puede que en este episodio de su infancia resuma lo que fue su vida, pues, intentar describir de alguna manera el camino de este hombre hacia la inmortalidad, releyendo sus palabras, es una tarea ardua, porque cualquier pequeño resquicio por el que se intenta atrapar el hilo conductor de su vida, resulta ser uno de los muchos  rayos de sol, a los que siempre estuvo alerta, con la ingenuidad y la ansiedad del alma de un niño y con el único deseo de liberar a los habitantes de su querida India del tormento de la muerte y del hambre.

Tal vez, la razón de la pervivencia de Gandhi fue, y es todavía, el hecho de haber encarnado todas y cada una de las virtudes que el hombre vulgar es capaz de poseer sobre la tierra, obtenidas, paso a paso, en la consciencia de sus imperfecciones, con el duro esfuerzo de su espíritu de lucha y sacrificio.

Él no fue un profeta, no provenía de ninguna excelsa morada ni su destino era salvar o redimir, su ejemplo consistió en enseñar un camino al más humilde de los seres para descubrirle que las fuerzas para el bien están en el interior de todos los corazones. Y que cada cual, en la estrechez de su insignificancia, debe emprender su propia guerra, pues todas son legítimas si nos conducen hacia el bien de la humanidad.

Yo había convertido el afán de servir en mi propia religión, pues sentía que solo se puede alcanzar a Dios sirviendo a los demás. Y servir, para mí, era servir a la India, porque ese servicio vino a mí sin yo buscarlo y porque tenía aptitudes para cumplirlo.

Siempre estuvo convencido de que el Imperio Británico existía para beneficio del mundo, y fue un leal servidor de la corona británica, a pesar de haber sufrido incontables humillaciones, a las que su respuesta puede resumirse en las pocas palabras vertidas en una conversación a cerca de los métodos de la civilización occidental, que, a diferencia de la oriental, descansa esencialmente en el empleo de la fuerza: «No experimento hacia ellos ningún rencor. Sólo siento piedad por su ignorancia y su estrechez mental. Sé que ellos creen sinceramente que tienen razón y que proceden con justicia. Por consiguiente, no tengo razón alguna para odiarlos».

Su cambio de criterio, en cuanto a la legitimidad del sistema impuesto por el Imperio Británico en su país, tuvo lugar en el año 1919 cuando, después los tremendos acontecimientos ocurridos en Amritsar, que produjeron la muerte a centenares de hindúes atrapados en una plaza por el ejército británico, se hizo cargo del informe sobre tales incidentes y sobre lo ocurrido escribió:

Este informe preparado nada más con el objeto de sacar a relucir la verdad, permite al lector comprender a qué cosas es capaz de llegar el gobierno británico y qué brutalidades y barbaridades es capaz de perpetrar con el objeto de mantener su poder.

La visión de lo allí ocurrido constituyó el preludio del movimiento de no cooperación encabezado por Gandhi contra el imperio británico. Su alma sensible y receptiva había ido encontrado en hombres como Tolstoi, Ruskin o Thoureau la pureza de las ideas de que existe una esperanza y de que existe un camino para todos: la naturaleza humana es más o menos la misma, cualquiera que sean los climas en donde florezca.

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Antes de iniciar la Marcha de la Sal, Gandhi escribió una carta al Virrey, planteando la opción del diálogo para no tener que tomar la determinación de llevar a cabo la campaña de desobediencia civil. Finalmente anunció: «Si no hay respuesta, el 11 de marzo de 1930 procederé, con los colaboradores del ashram que pueda llevar conmigo, a desconocer el impuesto establecido en las cláusulas de la Ley de la Sal que prohíbe su extracción y venta como derecho exclusivo de los ingleses». 

A primeras horas del 12 de marzo, un grupo de 79 voluntarios partió en una marcha con dirección a Dandi, en la costa del Índico. El grupo fue en aumento hasta convertirse en una muchedumbre de centenares de miles de personas, que representaban una minúscula muestra de lo que Gandhi había conseguido que fuera la India: un ejército de hombres vestidos de blanco.

Aquella Marcha de la Sal inmortalizada en bronce en un parque de Delhi, hizo explotar una enorme guerra y a pesar de la aparente insignificancia de quien la encabezó, esa guerra hace mucho tiempo que trascendió de la India y, gracias a los ecos de su mensaje, en el fondo de muchos corazones existe la convicción de que la mejor arma para combatir la guerra, no es otra que la paz.

 

De los cuentos India de Luz y de sombras 

Merche Braojos

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