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Un breve paréntesis

Subo a mi coche y enciendo el contacto. A mi alrededor ruge el sonido acompasado y tembloroso de aquella enorme máquina gris; la observo desde dentro y las aristas redondeadas del contorno voluminoso me sitúan alta y poderosa sobre el asfalto del aparcamiento.

Hay una sensación inquietante que me acompaña mientras busco el camino de la autopista. Antes de meterme en el ritmo acelerado de los coches, aprieto el botón del CD buscando serenidad para mí corazón que late desacompasadamente y suena una melodía a la que precede el sonido, dulce y armonioso, de unos pájaros revoloteando al amanecer  en el silencio de unas cumbres solitarias. El tono musical se hace monótono y el cantante entra a formar parte de la sinfonía, con frases en otro idioma que vagamente puedo comprender, pero su voz es un bálsamo que por un instante distrae a mi dolorido corazón.

Entorno brevemente los párpados, una imagen como en un eco que se aleja, me golpea la mente: es mi padre, un viejecito de ochenta y tres años que se gira desde el otro lado del cristal que nos separa y, en la lejana sala de puertas de salida del aeropuerto, sin saber si realmente llega a verme, levanta la mano y la agita despidiéndose.

Le miró caminar lentamente y con torpeza, agacha la cabeza para no perder el paso. Hace sólo un año, aún cabalgaba cruzando las calles, sorteando los coches con la seguridad de un hombre joven y, sin embargo, ahora, las fuerzas le van abandonando y su mirada parece perderse en una atonía que yo he tenido la oportunidad de ver en los viejos depositados en los asilos, ausente, sin esperanza, solos consigo mismos.

La música sigue derramando su magia a mi alrededor, lo miro todo detrás de  los cristales y me siento en una urna. No pertenezco a este tiempo y a esta tierra, las casas, los árboles me resultan ajenos, van quedando atrás y no reconozco nada, solo el color verde oscuro de los árboles me conduce como en un túnel hacia algún lugar al que me dirijo y ahora no recuerdo a dónde voy.

De mi estómago surge salvaje un rugido interior desgarrado de rebeldía, de rabia, hago que el pasado retorne, buscando hermosas sensaciones a las que aferrarme para que mis pies encuentren una razón para seguir deseando pisar la tierra y no la encuentro.

La mirada de mi padre me persigue, hay tristeza, soledad, desencanto. Yo soy su desencanto, no soy lo que esperaba, no soy nada, un grano más de arena en un absurdo arenal de personas vulgares. Mis manos están vacías, nada puedo entregar de lo que él me dio y que yo haya sabido multiplicar ni siquiera por dos. Siempre le oí sabias palabras, mensajes que intentaba captar y que procuré aplicarlos a mi vida, pero nada parece haber cuajado y la siembra se secó en este desierto en que se ha convertido mi vida. No habrá más oportunidades, las piernas flaquearán para mi igual que ahora para él y solo me llevaré una inmensa soledad, la que he ido recolectando hora a hora, día a día. Mis obras imperfectas, mi deambular por caminos desconocidos  no me han conducido al éxito, al éxito de la vida, ese que se esconde detrás de la sonrisa de satisfacción por lo bien hecho.

¡Cómo lamentó no poder dedicarle esa clase de sonrisa!

El coche, obedeciendo su propia costumbre, ha girado a la derecha y serpentea bajando una montaña que se entreabre en casas de colores imperdonables y ventanas estúpidamente simétricas. En las aceras flotan las escasas personas moviéndose al ritmo de la música que me acompaña tan alta como puedo soportar. En el interior de mi cabeza, las notas chocan sobre las paredes de mi cerebro y se entrecruzan como pelotas de tenis produciéndome un extraño mareo, flotamos todos, ellos y yo, los transeúntes y yo.

Traduzco las palabras del cantante: “incluso en los momentos más tranquilos…, desearía saber qué debo hacer”. La armonia de la música perfecta me afloja los músculos y deseo pertenece al grupo de los elegidos: de esa gente que siempre sabe lo que quiere. Mis hombros se encoge en un gesto de impotencia, la lucha ha acabado, a partir de ahora solo hay tiempo para la aceptación de ser una mota de polvo que el soplido del viento hace corretear sin sentido en torno a un vacío, se eleva, se hincha, se contonea, vuelve a elevarse y al final cae inerte sobre el áspero suelo con el que se funde y desaparece.

Cierro los ojos un instante, detrás de mis pupilas hay un torrente de lágrimas que debo contener y nuevamente la mano de mi padre, con su lánguido adiós, aparece siguiendo el ritmo de las notas delicadas de un instrumento que no puedo identificar y que lentamente la transforma en una mano gigantesca que se extiende ante mí con un gesto generoso y me recibe. Solo puedo abandonarme sobre ella buscando un sueño reparador. Veo burbujas transparentes que se deslizan desde detrás de su mano. “Papá, nunca te lo he podido decir, pero te quiero, viejo y gastado, sabio y callado y más que nada, ahora, decepcionado y ausente. Nunca antes hubo tiempo en nuestras vidas para que nos sentáramos un momento frente a frente a contarnos qué solos y llenos de dolor nos sentimos algún amanecer, ya muy lejano, en que descubrimos la pérdida de mamá y a partir de ahí, las tristezas han sido tantas y tantas las ausencias, pero ¿qué podría contarte ahora? A ti y a mí siempre nos ha faltado tiempo ¡Había tanto que hacer y tan poco que decir!”.

El tono musical se eleva estruendoso, acabando con las frases que hablan de la lluvia y de un sol que brilla y que nunca debe desaparecer…

Bajo el volumen, ya nadie flota a mi alrededor, las personas son seres reales de mirada escrutadora que se giran buscando su momento para cruzar la calle.

Archivo de LHM

Reconozco el lugar, estoy aquí, acercándome a casa. La letra de la canción se repite “incluso en los momentos más tranquilos, desearía saber qué debo hacer…”. Sí, desearía saber qué debo hacer y mi hijo está esperando una respuesta ¿debe marcharse? La duda me embarga… Sé que no podré evitarlo…, ceder, no sé si debo ceder. Mi corazón solo puede trasmitir cariño. No sé lo que él recibe de mí ¡ojalá que sea todo mi cariño!

La melodía se ha acabado y al final de la carretera, ante un paisaje que siempre me sorprende, mi casa se abre al mar en las horas en que el sol lo transforma en un mar recubierto de plata.

 

El relato está inspirado en la canción de Supertramp “even in de quietest moments” y fue escrito en junio de 2011

 

2 comentarios en “Un breve paréntesis”

  1. Qué bonito. Qué tierno, qué auténtico. Si, es una pena que no seamos capaces de sincerarnos y aprovechar el tiempo para decirnos. “Te quiero”.

    1. Tresa B

      Perdona, Cristina que he tardado en contestar. Tendría que entrar más en mi página favorita, pero lo haré con más frecuencia a partir de ahora.
      Gracias por tu agradable comentario.
      Besos

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