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La casa de Felicidad

Esto que voy a contar, parece que hubiera  ocurrido hace muchísimo tiempo, pero no, no creo que hayan transcurrido más de cuarenta o cincuenta años. En realidad, las cosas han ido tan deprisa que parecería que estamos hablando de una época muy lejana. Y es que, cuando yo era niña vivía con mi familia en un pequeño pueblo de Castilla, era el pueblo en donde nací. Viviamos en una casa situada en una pequeña plaza a la que llamaban la plazuela. En ella había una ferretería, la casa del señor Bartolomé que, con su coche de alquiler, hacía viajes a Madrid; también estaban la pescadería y un bar; entre los meses de junio a septiembre, en uno de los patios que se asomaba con un gran portalón a la plaza, se instalaba el cine de verano y más tarde, en una esquina, pusieron una farmacia. Era, por lo tanto, un lugar muy concurrido.

Nuestra casa estaba pegada a la que siempre conocimos como la casa de Felicidad. Ese era el nombre de la dueña y con ella compartíamos la fachada. Realmente parecía una sola casa con dos puertas, pero dentro, en el patio, había una pared muy alta que nos separaba.

Felicidad era una mujer siempre vestida de negro y sorda, tremendamente sorda, tan sorda que tenías que gritar muy fuerte para que te oyera y, aún así, había veces que te contestaba: “¿en misa?, si, sí, estuve esta mañana a las ocho”, cuando tú le habías preguntado si había visto pasar el gato por su patio.

Durante los primeros años que recuerdo, Felicidad  vivía con su hermano Mariano, un hombre inválido de las dos piernas que tenía un burro blanco con los ojos azules. En este burro se encaramaba Mariano, ayudándose de una silla y de su hermana, y así se iba para su huerta todas las mañanas. Allí debía esperarle alguien, seguramente un hortelano, por que él regresaba cada tarde cargado con hortalizas, garbanzos, habas y todo tipo de frutas y productos del campo dependiendo de la temporada.

Felicidad se había casado en su día, pero el marido le duró muy poco. Pocos días después de la boda, la vieron salir corriendo de la casa de su marido para no volver nunca más. Nadie supo si el matrimonio volvió a intentar una reconciliación pero lo que sí se supo fue que, enseguida y a la chita callando, el marido se marchó a América y los dos hermanos pudieron vivir tranquilos y es que, lo que estuvo en boca de todos, fue que al buen hombre no le gustaban las mujeres y, mientras Felicidad estuvo en su casa, la tuvo amenazada de muerte por si se le ocurría contar lo que pasaba en su alcoba. Al parecer dormía con una pistola bajo la almohada.

El pequeño acontecimiento debió de ser lo que en los pueblos llaman un campanazo, pero Mariano, con su buen hacer, se encargó de propagar que sí, que se habían equivocado con la elección del mozo para la boda de su hermana, pero que, por fortuna, habían estado a tiempo de corregir el entuerto y ella, condenada ya para siempre a vivir en soledad, no iba a necesitar gran cosa. Después de todo, la vida en el pueblo era muy sencilla, no había lujos, se trataba de ir a entierros y misas y, en la época de la feria, de dar una vuelta por la plaza acompañada de alguna vecina para gastarse un duro en la tómbola.

Y así transcurría la vida de Felicidad, en invierno se envolvía en una toquilla de punto y en verano se quitaba las gruesas medias, mostrando unas piernas blanquísimas llenas de pecas de color canela.

Y ocurrió que un día el burro blanco de los ojos azules murió de viejo y Mariano no quiso comprarse otro porque iba perdiendo agilidad y fuerza en aquellos brazos delgados que le hacían las veces de piernas y un burro nuevo podía ser un peligro para él. Entonces se sentó en una silla bajita, se compró una de las primeras televisiones que hubo en el pueblo y allí recibía a mucha gente los días que había corrida de toros. Durante una larga temporada, Mariano se sintió importante, venían hombres desde la otra punta del pueblo a sentarse con él y a echarse un cigarro mientras veían la corrida. Mariano, que nunca había sido huraño, disfrutaba compartiendo su cuarto de estar y hablando con todo el mundo. 

Después los bares empezaron a comprar televisiones y Mariano fue quedándose más solo. La televisión no bastaba para hacerle compañía, aunque había que ver las cosas que se veían por ese aparato y qué bien hablaban todos los que salían; pero claro, la televisión empezaba a la una y acababa a las cuatro y otra vez empezaba a las siete y acababa a las doce y en aquellos ratos el podía echar de comer a las gallinas, repasar su libreta de cuentas  de lo que le daba a las tierras pero no podía ver su huerta y no podía sentir el aire fresco del atardecer del otoño cuando regresaba sobre el burro blanco, ni sacudirse el polvo seco que se le pegaba a la chaqueta de pana en las calurosas tardes de verano, llenas de un silencio plagado del zumbidos cansino de las moscas y Mariano se fue haciendo cada vez más pequeñito, más insignificante. Se asomaba a la plazuela entreabriendo la puerta de su casa por si veía pasar a la gente, pero, que va, esa plazuela estaba cada vez más vacía, la gente se quedaba en casa sentados delante de las televisiones; los hombres ya no buscaban las horas de sol para salir a echarse un cigarro o a beber el chato de vino; todos los que pasaban parecían tener prisa y los días se iban haciendo cada vez más largos y más monótonos. Mariano fue escondiendo su cabeza bajo la boina negra y un día no volvió a levantarse de su cama. Murió lánguidamente y su hermana se quedó sola.

Ella que siempre vistió de negro no pudo llevar luto por su hermano, solo podía añadir a su indumentaria un velo negro, el mismo que se ponía cada vez que entraba en la iglesia, ahora lo dejaba caer sobre su cabeza apenas traspasaba el umbral de la puerta y aquella casa se volvió más oscura. La puerta entreabierta en la que Mariano se sentaba se convirtió en una estrecha rajita detrás de la cual se sentaba Felicidad. Nadie la veía, pero ella vigilaba las idas y venidas  de la gente, esperaba el paso de vendedores ambulantes o veía pasar a los que iban camino de la Iglesia y enterada de esta manera de las horas de las misas, de quién se había muerto o de quién era el aniversario, se sumaba a la comitiva como si oyese las campanas de la torre y se la veía, como una más del pueblo, atravesar la plaza encorvándose su figura cada día un poco más.

Ella solía venir a algunas tardes a sentarse con mi madre, sus visitas nunca eran muy largas, debía saber que el esfuerzo de tener que gritarla cansaba mucho y más cuando ya le venían diciendo hacía tiempo que había unos aparatos que se colocaban en el oído y que permitían oír perfectamente, “ya, ya lo sé”, decía, “pero es que esos aparatos son muy caros”.

Debió de ser por esta razón por la que, un día, se decidió a viajar a casa de una sobrina suya que vivía en Madrid y a su vuelta, sentada en el patio de mi casa la oí contar a mi madre su estancia en la capital. Estaba impresionada: “cuántos coches y qué calles tan anchas, qué gente tan bien vestida y qué edificios tan altos y tan modernos”. Contaba la buena mujer que, cerca de la casa de su sobrina, había una plaza con unas farolas que cambiaban de color… “cuando se ponían verdes paraba la gente y pasaban los coches y cuando se ponían rojas paraban los coches y pasaba la gente”. Puede que fuese un poco cruel por nuestra parte pero, en mi casa,  estuvimos riéndonos de su ingenuidad durante unos cuantos días. 

Poco tiempo después de lo que cuento mi casa de la plazuela se quedó vacía, empezaron nuestros cambios de casa, de pueblo, de ciudad. Sé que ella murió  hace ya algunos años y sé también que su casa pasó a ser propiedad de alguno de sus sobrinos, pero yo solo puedo recordarla como la casa de Felicidad, siempre llena del aire fresco de una hermosa infancia.

2 comentarios en “La casa de Felicidad”

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