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Del pueblo a la capital

Son las nueve de la mañana de un día de febrero de cualquier año. Un febrero especialmente frío y soleado. De los árboles prácticamente desnudos todavía cuelgan hojas doradas balanceándose al compás de la brisa norteña. Su contemplación, a través de los cristales, favorece una respiración sosegada y consciente. Al tiempo que la música acaricia la estancia con su lirismo y armonía, siente mecer sus pensamientos.

Podría permanecer contemplativa, no obstante, duda de que eso sea

Archivo de LHM

lo mejor que puede hacer, ¿debería mejor comenzar una tarea sosegada? o, por el contrario, ¿debería acometer frenéticamente varias tareas y atender a tantas propuestas o actividades como vienen a su mente?

Las voces del cuarteto interpretando Mir ist so wunderbar de la ópera Fidelio, del genial sordo, Ludwig Van Beethoven, le paralizan, le conmueven y transportan a un tiempo de vivencias especiales, de intensas vivencias que golpean su cerebro periódicamente. Revive miedos, ilusiones y contradicciones.

La señora desayuna pausadamente un frugal desayuno, en su cuarto de estar, perfectamente arreglada,  impecablemente servido por la fiel Socorro, quien de adolescente llegaba a casa de la señora, procedente de un pequeño pueblo donde vivía con sus pobres padres, quienes no disponían de medios para sustentar a sus seis hijos. Las monjas del Convento de las Hermanitas de los Pobres, donde la superiora es la hermana mayor de los Suárez, familia acaudalada de costumbres tradicionales y conservadora, recibe la petición de una sirvienta de confianza para atender los quehaceres diarios de la numerosa familia Santisteban.
Socorro asistía a diario al convento, a tres kilómetros de su austera vivienda, para ayudar a las monjitas atendiendo a los niños huérfanos que eran abandonados y entregados para su custodia. Socorro era amorosa, era dulce y silenciosa, no le faltaba alegría y siempre estaba dispuesta a acometer los quehaceres que le demandaban. Adoraba a los niños y los niños la adoraban. Las religiosas se sentían tranquilas sabiendo que Socorro estaba al cuidado de los pequeños.
Ella sabía qué labores había que llevar a cabo pues había visto a su madre, a quien ayudaba desde muy corta edad, atendiendo a sus cinco hermanos. Su padre nunca estaba en casa y cuando llegaba no era el momento más feliz. Gritaba y exigía todo con muy malos modos. Su madre temblaba y ella salía al patio a jugar con su hermano más pequeño, intentando disipar el horror que le causaba ver a su madre sufrir en silencio.
Sus padres no sabían leer ni escribir. La escuela estaba a diez kilómetros,  era imposible asistir. En el convento le enseñaron a Socorro el abecedario, pero ella no tenía con quién mejorar su aprendizaje, ni dónde ponerlo en práctica.
La situación familiar era muy precaria y necesitaban algún ingreso. Así que cuando la madre Superiora informa a su madre de que hay una familia que necesita una sirvienta, un mar de dudas acude a su ya bastante atormentada cabeza. Le supone un gran esfuerzo pensar en separarse de su hija y separarla de sus hermanos, pero si consiguen un salario podrá dar de comer a sus hijos.
Rota en llanto la madre de Socorro accede a que su hija inicie la aventura que supone ir a Madrid, la gran ciudad, a vivir con una familia desconocida pero con medios económicos que podrían sacarles de la sordidez que les atenaza.
Socorro con su alegría y entusiasmo, deseosa de conocer más, de salir de su miseria, con quince años, deja su humilde casa familiar y en un autobús cochambroso, repleto de hombres con cestos llenos de productos artesanos y de pequeños animales para vender en la capital, se sienta junto a un hombre grande, feo y descarado.
Es un día luminoso, el cielo muestra su mejor azul. Socorro contempla el campo seco y árido, pero a ella le parece muy bello. El hombre rudo sentado a su lado, la mira insistentemente, ella se siente incómoda y disimula mirando por la ventana evitando al descarado compañero de viaje. Finalmente, el hombre comenta en voz alta.

–¡Qué pena! Tanto campo y tan poco fruto. Yo sabría cómo sembrar y mantener una tierra fértil–. Socorro se sobresalta, mira al hombre, éste le sonríe enseñando una lengua gorda, con una sucia e incompleta dentadura. Siente que las manos le sudan produciéndole una sensación de inseguridad. Traga saliva y piensa en su madre de quien consigue oír su voz:

–Socorrito, hija, tú vas a ser alguien importante. No temas nada, eres fuerte, tú sabes hacerlo.

–Socorro, por favor, falta el azúcar.

–Ahora mismo señora.
Socorro alcanza a la señora el azucarero de porcelana inglesa, en una bandeja de plata con su cucharita.

–Socorro, hoy comeremos patatas en salsa verde y croquetas de jamón.

–De acuerdo, señora.

–¿Tenemos patatas?

–No señora, he de ir a la compra.

La señora le entrega un billete de 100 pesetas y ella se pone una chaqueta encima del uniforme y con las zapatillas baja por la escalera de servicio y se dirige al colmado a comprar patatas, cebollas, pan y leche.
La señora permanece a la mesa, terminando su desayuno, absorta en sus rezos. Sueña recordando tantos momentos dulces, pero resuenan más fuerte aquellos recuerdos dolorosos. Piensa en sus seres queridos que ya se han ido, pero su sentido de la obligación y de la disciplina férrea que practica,  le hacen volver rápidamente a la realidad cuando la sirvienta regresa con la compra. Se levanta de la mesa, coge la bandeja del desayuno y la lleva a la cocina.
Se pone sus zapatos de tacón, a pesar de su avanzada edad, cierra las puertas del botero, se pone el abrigo y se despide:

–Socorro, me voy a misa.

–Adiós señora.

El viaje está resultando un tanto antipático en ese andrajoso autobús, con el compañero de viaje intentando iniciar una conversación con ella. Trata de dormirse, pero entre el traqueteo y los gruñidos, cacareos y maullidos de todos los animales que acompañan al pasaje de labriegos y ganaderos, no consigue conciliar el sueño. Ya llevan ocho horas de viaje y han parado dos veces, en breve se hará de noche y Socorro se agobia.

Por fin llegan a la estación Sur de autobuses de la capital y el viajero del asiento de al lado le pregunta si desea que la lleve a algún sitio, ella se incomoda y le dice que vendrán a buscarla. Rápidamente reacciona y señala a una señora que dice ser quien la está esperando. Sin embargo, no es ella pero una chica joven bien parecida se dirige a ella y le pregunta si es Socorro, de tal manera que una gran sonrisa ilumina su cara al tiempo que contesta afirmativamente, sintiéndose muy afortunada.
Socorro llevaba un gran cesto lleno de chorizos, morcillas y salchichón, preparado por su madre, procedentes de la matanza a la que un vecino la había invitado el año anterior y que ella dosificaba muy cuidadosamente para alargar su duración. A pesar de la pobreza en la que vivían eran generosos y compartían siempre lo poco que tenían, generosidad que ella siempre practicó obedeciendo las enseñanzas de su madre. En ese cesto también había galletas caseras y queso que su afanosa madre preparaba.
Quien la recibía era Hortensia, la doncella de la familia Santisteban. Cogieron el tranvía que les llevaría al domicilio en pleno centro de Madrid. Aunque en un principio se había sentido feliz por la novedad, de repente se sintió muy confundida y nerviosa, algo que Hortensia observó y trató de tranquilizarla.
Vino a su mente el recuerdo de sus hermanos, de su madre, siempre pendiente de todos, sabía que no estando ella el trabajo sería mayor, ya que su padre no participaba en nada de las obligaciones familiares y para evitar que se enfadara, su madre habría de esforzarse más todavía, lo que angustiaba a Socorro.
Llegaron al domicilio donde pasaría largos años sirviendo como cocinera, a pesar de que por el momento no tenía experiencia en la cocina, pero su entusiasmo y predisposición para aprender le dio valor para no acobardarse y poner de mil amores toda la voluntad de que era capaz.

No es más feliz el que más tiene, pues el miedo a perderlo le ata, mientras que quien más carencias sufre más disfruta de lo que dispone e incluso reparte más generosamente, sin miedos.

Las diferencias sociales incluso culturales siempre existirán, lo importante es saber respetar y aprender de lo que el otro, desde uno u otro lado, puede ofrecer.

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