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Seis euros de soledad

Michael Kauer -Pixabay-

Era pleno mes de agosto, el calor insoportable parecía no querer cesar nunca a pesar de la hora. Miré el reloj: las nueve de la noche y estaba cansada. Paré un taxi y le di la dirección de mi casa, el taxista me miró desde el espejo y pregunté:

—¿Por dónde vamos a ir?

Había pasado el día en el hospital sola junto a mi padre, demasiado agotado por la enfermedad para prestar atención a nada, y tenía necesidad de hablar. Agradecí por un instante que los taxistas de Madrid sean tan dados a la charla. El hombre no contestó y volvió a mirarme desde el espejo. Me pareció extraño y levantando un poco la voz insistí:

—Perdone, ¿por dónde vamos?

Sus ojos eran grandes y expresivos, llenaban la estrecha franja del espejo situada sobre el cristal, pero seguía sin contestar. Le observé como tragaba saliva mientras me pasaba por la cabeza que, tal vez, era sordomudo. Era imposible que la segunda vez no me hubiera oído. Mantuve su mirada a través del espejo que seguía fija en la mía como si esperase una señal. Me puse en disposición de entender un gesto, una leve indicación. Nada más lejos de mi ánimo que molestar a aquel hombre pero tampoco tenía intención de renunciar a aquella exigua conversación. Pasaron unos segundos y susurró:

—Vamos por dónde tú quieras.

Pensé que el hombre debía estar afónico.

—Podríamos ir a buscar Alcalá, ¿no?

—Si quieres un camino más largo, me lo dices, me los conozco todos.

Sentí que algo no iba bien. Volví a mirar la estrecha franja del espejo. Esta vez su mirada persistente me pareció lasciva y me sentí incómoda. Seguía observándome. Rehuí la mirada y busqué situarme en la esquina del asiento, pegada a la ventanilla, de esa manera quedaba fuera del alcance de su vista. 

Miré a través del cristal de la ventanilla, el coche discurría por la calle a un ritmo lento. Estábamos rodeados de vehículos y la acera no quedaba lejos. Comprobé que no había ningún seguro puesto en mi puerta para, llegado el caso, abrir y saltar. Pero era absurdo, tal vez había sido mi actitud desenvuelta la que habia provocado aquel raro comportamiento y, simplemente, debía adueñarme de la situación.

Con la disculpa de haber olvidado las calles de Madrid, le hablé de lo despistada que a veces me encontraba en la gran ciudad. A pesar de haber nacido en ella, hacía más de 20 años que vivía en un pueblo, venía solo de vez en cuando a visitar a mi padre; era un anciano de más de ochenta años que hacía tiempo que enviudó y había vuelto a casarse.

—¿Ligó?— Preguntó con picardía.

—No puedo imaginarlo así, más bien creo que los hombre no saben estar solos.

—¿De verdad? Pues aquí estoy yo, ¡solo!

No contesté a lo que había sido casi un grito y le observé desde mi cómoda posición: parecía un hombre atlético, primitivo e inquieto, aparentaba algo más de cuarenta años. Me pareció que la conversación había ido relajando sus músculos y la mirada inquietante se había perdido definitivamente entre el tráfico de la calle.

El trayecto duró unos quince minutos, en ese escaso tiempo supe que estaba separado, que tenía tres hijos varones que vivían con su mujer que solo le llamaban para pedir dinero, que iba al gimnasio y que escuchaba música.

Llegamos a la puerta de mi casa.

—¿Cuánto le debo?

—Seis euros, señorita.

Mientras pagaba, el hombre se volvió en su asiento, tenía la mirada de un perro abandonado.

—Gracias, mujer.

—¿Por qué?

—Por dejarme hablar…

Al entrar en mi portal con un extraño sabor en la boca, lo imaginé solo, sentado en un desordenado salón al acabar su jornada de trabajo. Con el mando del televisor en la mano, lo vi manipular buscando un programa con el que olvidarse de una soledad que le era insoportable y que, tarde o temprano, acabaría por estallar.

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