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Náufragos

Archivo de LHM

Carolina querida:

¿Recuerdas el día que murió tu padre?

No sé qué te pudo venir a la cabeza en esos momentos para pensar en ella pero, sentados los dos junto a su cama, mientras esperábamos el triste desenlace, me preguntaste que cómo era tu abuela. Sorprendido, te dije que algún día tendríamos tiempo para hablar con tranquilidad. 

Nunca volviste a preguntarme nada pero, meses más tarde, cuando mi animo fue recuperándose del dolor por la pérdida y fui encontrando un poco de calma, recordé tu interés y pensé que tú, más que nadie en este mundo,  tenías derecho a saber todo lo que había detrás de esa pregunta. Ha pasado el tiempo y ya no es posible esperar más. Creo que debo contártelo todo, por que siento como, poco a poco, los contornos de mis recuerdos se van desdibujando y puede que esta sea mi ultima oportunidad de ponerte en conocimiento de toda la verdad sobre tu familia.

¿Cómo era tu abuela? 

He de contestarte largamente a esa pregunta porque desconozco lo que sabes. Puede que lo ignores todo. Tu padre y yo nunca hablamos del pasado. Él, tal vez, tuvo la buena fortuna de olvidar o, tal vez, debido a la grandeza de su corazón, en agradecimiento a que yo siempre lo consideré mi  propio hijo, nunca mencionó que eso no fuera la absoluta verdad. 

Sé que tu sorpresa puede ser muy grande con lo que  voy a contarte, pero, por nada del mundo debes sentirte engañada. Tu padre era muy niño cuando ocurrieron aquellos hechos y lo que tuvo que vivir fue muy dramático. Es posible que su mente infantil lo desechara, porque siempre se consideró y se comportó como mi hijo y yo lo tuve como a tal, aunque no hubiera entre nosotros ningún vínculo de sangre.

Tú bien sabes que él había nacido en América y, hasta llegar a esta ciudad, que nos acogió a ambos las cosas sucedieron tal como ahora voy a contarte:

Empezaba el invierno de 1813 cuando ocho o nueve  familias nos vimos reunidas en el puerto de la Veracruz para regresar a España. Todos habíamos vivido en el viejo virreinato  que hoy se conoce como el país de Méjico, en donde las ciudades y los pueblos clamaban por la libertad y los caminos se habían convertido en regueros de pólvora.  

Fue una época de caos entre los que allí vivíamos. Había cundido el desconcierto y  muchos de nosotros éramos lo que entonces llamaban españolistas o realistas: odiados y temidos por vivir representando a un reino que lo ignoraba todo sobre sus súbditos. La guerra con Francia y la falta de un rey legítimo en la península alteró mucho la vida política en aquellas tierras. Ya, antes incluso de  que esto ocurriera, se palpaba la necesidad de un cambio que no llegaba nunca. Había  verdaderas  ansias contenidas de lucha y un gran descontento, sobre todo entre la población criolla, que no soportaba ese permanente segundo plano que debía aceptar. Y el nuevo mundo, desde la Patagonia hasta la Florida,  hervía en busca  de la ansiada libertad de la que ya se hablaba tanto, como consecuencia de la independencia de los estados americanos del norte. 

Con los franceses en España se desencadenó lo inevitable y para muchos de nosotros seguir allí se hizo insoportable. 

A pesar de todo,  los que marchábamos nos considerábamos a nosotros mismos exiliados. Sí, allí se quedaba toda nuestra vida y se esfumaba nuestro futuro que, en mi caso, como en el de tantos otros, de ninguna manera, habíamos imaginado lejos de aquellas tierras. 

Mi mujer y yo teníamos además otras razones no menos importantes para volver. Nuestro hijo había contraído una enfermedad para la que, después de visitar a los más eminentes doctores que allí estaban a nuestro alcance, no se encontraba remedio y los familiares de mi mujer, desde Madrid, nos animaron a volver para buscar una posible cura en España, donde los conocimientos médicos estaban más avanzados. Eso y el malestar que nos producía la situación política, acabó por decidir nuestro destino.

El barco iba a partir del puerto y fue en los días que esperábamos para embarcar rumbo a España, donde supe que viajaba con nosotros Don Andrés Molero Buendía. Era persona muy conocida y estaba considerado como un hombre sabio, un intelectual que dedicaba su vida al estudio. No poseía cátedra por no pertenecer a la carrera eclesiástica, pero sus informes y sus conocimientos eran tenidos en alta consideración en las políticas de las colonias. Regresaba, a petición propia, para ponerse al servicio de las Juntas de Gobierno  ocupando un cargo importante en la administración de las tierras americanas.

Antes de embarcar, nuestras preocupaciones sobre los equipajes y objetos de la mudanzas, las cartas de despedida  o de presentación nos mantuvieron entretenidos haciendo que los días transcurrieran sin tiempo para muchos pensamientos. Sin embargo,  durante los larguísimos días de nuestra navegación, el tiempo era lento y pesado. Buscábamos la compañía de los otros viajeros que nos proporcionara una manera de distraer nuestro infortunio: se palpaba la amargura. Aunque no queríamos reconocerlo públicamente en un ejercicio de lealtad, todos los que nos íbamos sabíamos que el destino de aquellas tierras era su libertad. Estoy seguro de que muchos  hubiésemos querido participar de ella, pero nos estaba vedado al no querer pagar el alto precio de una traición a nuestra propia conciencia.

Esa era la razón por la que solíamos reunirnos para jugar largas partidas de cartas, evitando así enfrascarnos en ásperas y estériles discusiones políticas.

Fue en una de aquellas tardes en torno  a las mesas de juego, en las que la mayoría de las veces me limitaba a observar a los jugadores, cuando trabé amistad con Don Andrés Molero. Desde el momento en que cruzamos las primeras palabras, nos unió una corriente de simpatía y tuve la suerte de que él me distinguiera con un trato personal e intimo que yo agradecí de todo corazón, pues nunca me consideré a su altura, pues yo era lo que he sido siempre: un avispado negociante, que llegó muy joven a America para enriquecerse y aprovechando mi condición de peninsular y una facilidad innata para las relaciones, me había situado entre las elites de los que allí vivían. Mi formación por  lo tanto era escasa y mi ambición muy grande, lo confieso. Pero el bueno de Don Andrés debía estar lleno de nostalgias, de tristes presagios para las oscuras revoluciones que se avecinaban en las tierras que dejábamos y debió encontrar en mí un interlocutor paciente  y apasionado haciéndome participe de sus inquietudes. 

El amaba America y la sentía como propia. No en vano, había nacido allí  en donde tenía hondas raíces y no conocía otras tierras mas allá del viejo virreinato. Hubiera podido participar de los proyectos de revolución, pues era admirado y querido en ambos bandos por su imparcialidad y su buen criterio, pero decidió  regresar para servir a su país, poniendo a su servicio todo cuanto sabía, para salvar lo que aún se pudiera salvar y así no tener que renunciar a sus principios aunque sí lo hiciera a sus auténticas convicciones. 

Así fue como, en los paseos que muchas tardes compartimos en cubierta, me hizo partícipe de la  historia de su familia. Me habló de su padre: un jesuita nacido en la ciudad castellana de Toledo destinado en America desde muy joven que, cuando la Compañía de Jesús  fue definitivamente disuelta por el Papa,  se hallaba en Roma cumpliendo una misión que le había llevado desde el viejo continente. En vez de buscar cobijo en otros países que acogieron a los insignes profesores y hombres eruditos, debió sentirse profundamente decepcionado por la  iglesia que los sometió al más absoluto desprecio y  abandonó la carrera religiosa para volver a América, sin que ello significara su renuncia a su auténtica y firme fe cristiana. Eligió para su regreso el lugar más alejado de cuantos se conocieran por aquel entonces: los desiertos de  Sonora, en el limite de las conquistas. 

Allí se sumó a alguna de las expediciones que tuvieron lugar en aquellos años y en una de ellas, contrajo matrimonio con la hija de un jefe tribal de uno de los pueblos que habitaban en esos lejanos lugares. Se trataba de una mujer que, a diferencia de las gentes de su etnia, se convirtió a la fe católica, a pesar de que su pueblo repudiaba totalmente las enseñanzas que trataban de implantar los misioneros franciscanos que, por aquel entonces, eran los encargados de la evangelización en aquellos enormes desiertos. 

Pronto, pues los indios de aquellas tierras eran poco amigables, y los americanos del norte las ambicionaban, fue bajando a través del continente hasta establecerse con su familia: su mujer y su único  hijo, en la ciudad de Méjico, en donde, debido a su formación y hasta su muerte, se dedicó a la enseñanza de manera particular ejerciendo ademas en ciertas cuestiones como funcionario de la corona. 

Andrés Molero Buendía era ese hijo del matrimonio y  la persona con quien tuve la fortuna de compartir el tiempo en aquel barco. 

Era un hombre sincero y nada afectado que no sentía reparo en hablar conmigo de sus sentimientos más personales. Así me confesó, que había profesado una gran admiración  y cariño hacia su padre, quien nunca renegó ni ocultó su condición de antiguo sacerdote  y a quien siempre había oído decir que tenía deudas pendientes en España, a la que hubiera querido regresar, pero la vida no le brindó la oportunidad de hacerlo. El antiguo jesuita murió dejando impregnada en el corazón de su hijo la nostalgia de la patria a la que ahora el regresaba con su familia: su mujer y dos hijos, un niño de seis años y una pequeña que apenas caminaba.

Pues bien, mi querida Carolina, esa era tu familia y, al terminar este pequeño relato, espero que hayan quedado convenientemente explicados los dramáticos acontecimientos que llevaron por tan extraños e inesperados caminos nuestras vidas.

Tu abuela, de quien no puedo decirte su nombre,  era   una mujer muy hermosa: no era muy alta pero con un porte que te hacia sentir respeto desde el momento en que la tenías delante. Recuerdo muy bien su rasgos exóticos y una elegancia natural que la distinguía como una mujer de carácter. Se peinaba como una española más, con el pelo recogido en un moño tirante sobre la nuca y su piel, como la de los nativos de América, era del color de la miel de palma. Sus ojos eran muy hermosos,  querida niña, tú has heredado su misma mirada. 

Ciertamente no tuve oportunidad de tener mucho trato con ella. Estuvimos frente a frente solo unos instantes cuando me fue presentada en  la cubierta del barco. Las  mujeres pasaban el tiempo de otra manera: solían reunirse para tomar el aire cuando el  mar y el cielo lo propiciaban. Ellas se sentaban formando corros animados, charlaban  mientras hacían labores de punto y jugaban con los niños. Cruzamos algunos saludos, la vi mezclada en los juegos y pasatiempos con las otras mujeres, con la pequeña en sus brazos y siempre pendiente de sus hijo. 

El niño, de unos seis años, era un  muchacho de gran parecido con su madre, sano y desenvuelto de pelo muy liso, negro y brillante. Había llamado mi atención al haberse acercado varías veces a mi hijo con gran deferencia. Gesto que, tanto mi mujer como yo  agradecíamos de todo corazón, pues resultaba evidente que él, viéndole distinto: pálido y débil por su enfermedad, se acercaba  para hacerle algunos ratos de compañía.

Pero aquel barco era un barco de exilados que nos sentíamos perseguidos por la fatalidad y la fatalidad nos vino a rondar. Tras diez días de navegación, nos vimos envueltos en una fuerte tormenta que se desencadenó en plena noche con inusitado vigor. Al sentir los primeros y fuertes bandazos, todos los hombres nos precipitamos  a cubierta, por si nuestra ayuda fuera necesaria. No hubo tiempo de nada, enseguida vimos atónitos como un golpe de mar hacía añicos el puente de mando, partido en pedazos, entre  olas y espumas.

A partir de ese momento, a mí alrededor, solo hubo agua embravecida y  furia  salvaje que arrastraba mi cuerpo incapaz de hacer frente  a  la fuerza que me rodeaba convertido en un guiñapo a merced de la naturaleza desatada.

Todavía sufro recordándolo por que, a pesar del ruido de las aguas que batían desesperadas contra  lo que entonces parecía un frágil cascarón, a pesar de los gritos desgarrados de la gente que, en los primeros momentos, se oían como un eco lejano, no he podido imaginar nunca un silencio más absoluto como el que sentí aquella noche en torno a una profunda y espesa oscuridad.

No sé cómo ocurrió todo, pero me aferré a un madero que se me vino encima y después no recuerdo nada. Debía estar sumido en una  especie de semiconsciencia mientras  batía con desesperación mis piernas, pues  mis brazos, como garfios de hierro, se abrazaban a aquel  pedazo de madera. 

Aquella noche fue la más larga y oscura que un ser humano pueda imaginarse. 

Cuando el sol empezó a despuntar, el mar era una balsa y delante de mí solo había un horizonte profundo y vacío. El leve zumbido de un mar en calma, por momentos, me parecía un ruido ensordecedor y la boca me ardía por la sed. 

Fueron horas de enorme sufrimiento: me sentía miserable, mezquino, aferrado a aquella tabla que me había salvado la vida.  Yo era culpable por estar vivo. Sentía que la noche anterior, había debido buscar entre las olas, socorrer a mi familia: mi mujer y mi hijo. En el interior de mí mismo, mientras el sol me abrasaba, creía oír como gritaban  a  mi alrededor pidiendo socorro y oteaba el horizonte sin resultado alguno. 

!Que desesperación sentí!

Entenderás que no tengo palabras ni tampoco el valor necesario para ahondar en aquellos oscuros recuerdos.

Pasaron las horas, yo me había abandonado al infortunio, pero  no estaba de Dios que  perdiera la vida. Empezaba a caer la tarde, cuando, en la lejanía  creí oír voces entrecortadas. Recuerdo levantar la cabeza y ver contra el sol, que empezaba a ocultarse, gente que hacía ostensibles señales con los brazos sobre una pequeña barca. 

Fui recogido por la chalupa de un barco portugués, que tuvo la misericordia de seguir las corrientes durante un día más, para encontrar a cuantos supervivientes fuera posible. De los más de ciento veinte personas que, entre pasajeros y tripulación, viajábamos en aquel barco, fuimos recogidos siete. 

Solo cuando el barco abandono la  búsqueda perdí la esperanza. Fue terrible aceptar que mis seres queridos dormían para siempre en el fondo del Atlántico.

En las horas que siguieron a la certeza de aquellas muertes, mi ánimo estaba perdido, solo me hubiera restado tirarme por la borda de aquel barco. Pero existen los milagros, Carolina. Entre los supervivientes había un niño de seis o siete años. Le reconocí enseguida: era el hijo de Andres Molero Buendía. Al darme cuenta, sentí que mi cuerpo se estremecía de alegría. Cuando vi  como lo depositaban sobre la cubierta del barco, fui a abrazarlo como si hubiese sido mi  propio hijo. Se desvaneció en mis brazos. Lo arroparon con un manta y lo llevé conmigo. Tardó horas en despertar. Cuando lo hizo yo estaba a su lado. Como si lo supiera todo, nada preguntó. En silencio, le vi limpiarse las lagrimas  mezcladas con el salitre y se me partió el alma. 

¿Qué podía haber en el interior de su corazón en esos momentos? Nunca lo he sabido. Todavía no puedo explicarme como aquel niño pudo vencer la fuerza de las aguas, con su fragilidad, con sus pocos años… No se lo pregunté ni hablamos jamás de ello. 

Pasaron las horas, intenté hablar con él  pero no podía  responder a mis preguntas, temblaba sumido en un silencio lleno de estupor y para mi desesperación las Azores empezaban a avistarse en lontananza. Allí seríamos entregados a las autoridades portuguesas y corrían malos tiempos para los españoles. A saber qué sería de aquel niño que, probablemente, pues no tenia la edad ni el conocimiento suficiente para hacerse valer en una situación como aquella, quedaría abandonado a una suerte terrible de esclavitud o de miseria. Insistí y al fin pareció salir de su letargo, en un murmullo, dijo llamarse Andrés: llevaba el mismo nombre que su padre. Hice algunas preguntas más, pero el chico solo movía la cabeza negando consternado.  

Había que pensar deprisa, le dije: «Permanece callado, por lo que más quieras, no digas nada, solo tendrás que asentir a mis  palabras y hacer lo que yo te diga, muchacho –le dije–: Mírame bien.  Tú eres Andrés Cuesta Rodriguez. A partir de este momento eres mi hijo, ¿Me has entendido?» 

Asintió levemente. Le cogí de la mano, apreté cuanto pude  sus dedos entre los  míos y me dirigí al capitán, quien aceptó de buen grado lo que yo afirmaba sin preguntar nada. Al salir de nuevo a la cubierta del barco, un golpe de aire cálido me golpeó la cara y tuve la sensación de que aquella mano caliente entre las mías me había devuelto a la vida. 

Nos sentamos uno al lado del otro en un rincón de cubierta viendo la isla frente a nosotros que iba perdiendo los azules de la distancia. 

Recuerdo sentir  su cuerpo apretándose contra el mío, me emocionó y le miré. Él me devolvió la mirada con aquellos ojos que eran como dos ascuas encendidas y aquel pelo tan negro que le enmarcaba el rostro con ángulos rectos y precisos que mostraban cuál era su raza. No supe qué decirle, apreté los dientes y puse mi brazo sobre sus hombros. Con las lágrimas asomándome a las pupilas le susurré: «Confiemos en Dios, hijo mío. Él y el destino sabrán porque hemos sido unidos  de esta manera».

Ese era tu padre, Carolina. Ahora que ha pasado el tiempo, sin olvidarme nunca de lo que quedaba atrás, confieso que aquel día fui tratado por Dios como una persona afortunada: él fue un regalo de la vida para mí y esa familia a quien he descrito era tu auténtica familia. 

En los días que siguieron a nuestra llegada a tierras portuguesas, mientras esperábamos la  partida, dormíamos en  el puerto con la esperanza de la llegada de algún otro barco que hubiera encontrado más supervivientes de nuestro naufragio. Fue inútil, nadie trajo noticia alguna.

Desde allí escribí a quienes  nos esperaban  contándoles nuestra desgracia, pues mi familia  y yo volvíamos para instalarnos en Madrid, donde habíamos previsto abrir un comercio de telas con los hermanos de mi mujer y debían estar impacientes de nuestra llegada. 

A los pocos días tuvimos mucha suerte, nos añadieron al pasaje de un barco que, proveniente de la Florida, se dirigía a España. Al fin, partíamos hacia Cadiz y la vida continuaba.

Ya en España, el viaje hacia Madrid era muy largo. Lo  hicimos en una vieja diligencia oscura y cochambrosa. Cruzábamos ciudades, pueblos, campos y montes por caminos polvorientos y campos abandonados. Mi patria, la patria de mi alma, parecía un solar. La guerra con los franceses había dejado tierras yermas y abrasadas, desesperación y pobreza.

Pero Andrés parecía ir despertando. Yo le contaba cuanto sabía de Sevilla, de Cordoba, de tantos pueblos que atravesamos enclavados en tierras rojas de fértiles riveras y miles de olivares entre los que se perdía la vista. Era un muchacho que poseía gran curiosidad por las cosas, aprendía con rapidez y  a los pocos días, aunque, a veces, parecía quedarse ensimismado,  volvía a sonreír como un niño de su edad.

Al fin llegamos a Toledo. Era la última etapa antes de llegar a la 

capital. La diligencia tenía el eje en malas condiciones y tuvimos  que  buscar sitio en una posada, en donde quedarnos a pasar la noche con otros viajeros, pues la reparación requería su tiempo. 

Recordé que el padre de aquel niño que ahora me acompañaba añoraba aquella ciudad, que fuera de su padre, como si fuera la suya propia y esperaba algún día poder encontrarse con sus familiares con los que aun se mantenía en contacto.

Llegar a Toledo fue otra decepción. La ciudad había sido devastada. Los franceses: los hijos de la ilustración, aquellos  que eran tan ponderados y admirados en América como los que sembraban la semilla de la libertad, a su paso, habían intentado  que no quedara piedra sobre piedra.  Habían quemado conventos, iglesias, casas, destrozado obras de arte, maltratado a mujeres y a niños. En la posada nos contaron con desesperación que había sido quemado el mismo San Juan de los Reyes, una de sus joyas mas queridas de la ciudad, fue saqueada por las tropas después de ser usado como cuartel para la guarnición. Arrancaron cuantos  cuadros y obras de arte podían llevarse escondidos en las  sillas de sus caballos. !Qué vileza, Dios!, !qué vileza la suya!

Se  palpaba la pena en el corazón  de la gente. 

Al despertar del día después de nuestra llegada, nos preparamos para partir hacia Madrid. Me  asomé a la ventana, tu padre se había puesto a mi  lado. Desde  allí se veían tantos edificios convertidos en ruinas, tantas casas de paredes derrumbadas y era tanto el silencio que, el niño, que debía haber oído hablar de  Toledo como una ciudad hermosa, en donde estaba el origen de su familia, me miró con tristeza y me preguntó: ¿Esto es Toledo, padre? 

Al oír como me llamaba padre por primera vez y como su corazón sufría por lo que  estaba viendo,  apreté los dientes con la mayor rabia que nunca he sentido, lo cogí de la mano y salimos a la calle. En el primer escombrado que encontré nos pusimos a colocar piedras, una sobre otra, levantando el muro de un viejo edificio abandonado. La diligencia se marchó y yo había tomado la decisión de quedarnos en la ciudad. Era mi tributo a ese regalo que la vida me entregaba, devolviendo aquel niño al  lugar al que se dirigía en nombre de su auténtico padre.

Los primeros días fueron días muy duros, pero la gente de Toledo es una gente abnegada y aman su vieja ciudad como a nada ni a nadie. Al vernos al  niño y a mí, empeñados en la reconstrucción, se nos fueron añadiendo. 

Un miembro de la familia de mi mujer en Madrid, me prestó un  dinero hasta que pude regularizar mi situación con los banqueros de aquí, que me fueron entregando las cantidades  que yo dejara depositadas en Méjico en una casa de cambio y de cuyos resguardos, con la perdida de todo lo mío en el naufragio, me hizo difícil de justificar. 

A las pocas semanas tenía una cuadrilla de hombres bajo mis ordenes y nos dedicamos a levantar viejas paredes. Al principio los organismos no nos hacían caso. Llamé a puertas, hice escritos, traté los precios mas baratos en los almacenes y, al fin, poco a poco me fueron llamando para reconstruir iglesias, conventos y casas particulares. 

Y así empezó todo: me hice con algunos de los viejos edificios que hubieron de derruirse por completo para rehacerlos. Algunos de ellos los convertimos en casas de vecinos,  vendiéndolos después a buenos precios, pues la gente buscaba una manera de vivir más simple que antiguamente. Había burócratas, empleados de comercio que necesitaban casas más sencillas y se vendieron bien. 

Toledo era una ciudad herida  pero no estaba del todo muerta. En  unos quince años había amasado una pequeña fortuna. Supe beneficiarme de la  venta de algunos edificios que en su día pertenecieron a la iglesia. Salieron a la venta y la depresión en la que vivía la ciudad impedía que alguien se interesara en su compra. En aquella época esta ciudad era una población en total abandono que dormía sobre los restos de su historia. 

Cuando tú te casaste, querida Carolina, compramos esa casa del cerro de Motrichel, que había pertenecido a los jesuitas y en la que ahora vives. Tu padre te la ofreció como regalo de boda. Desde que la viera por primera vez se empeñó en comprarla. Intenté disuadirle. A mí me parecía, que para el fin que él quería darle, estaba algo alejada del centro  y de  la que siempre había sido nuestra casa en la calle de la Plata, pero insistió. Como me ocurriera otras veces en las que tuve muy en cuenta su opinión, confié en  su buen criterio, así se hizo y compramos la casa para ti.

Y esta es la historia que te debía, ¿Por qué no antes? ¿Para qué? Siempre llega todo a su debido tiempo. No sé que impresión va a causarte cuanto te he contado. Pero si te sirve de algo, tu padre lo fue todo en mi vida. Desde su muerte, vivo invadido de la misma zozobra que un día sentí en la bodega de aquel barco portugués que nos trajo de regreso a España. Desde su muerte, todo ha perdido su sentido para mí.

Sea como sea, aún cuando la verdad te decepcione o te sorprenda, Carolina de mi alma, debes saber que viví para tu padre y tú has sido la nieta a la que siempre he llevado en el corazón. 

Qué Dios te bendiga, querida mía.

 

Fragmento de la novela: Terciopelo y seda de Merche Braojos

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