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El gato de doña Aurora

Nadie, nadie, recordaría ya la existencia de este gato si no fuera porque su dueña era la comadrona del pueblo en el que nací, y que a mí, con el tiempo, me ha dado por escribir.

Pero para saber todo lo que se refiere a esta historia habría que remontarse mucho tiempo atrás, cuando la dueña del gato llegó a mi pueblo.

En su juventud había sido una hija de buena familia, en un pueblo de mar por las tierras de Valencia. Allí debía vivir una vida acomodada pero tuvo la desdicha de quedarse embarazada.

Archivo de LHM

En la época de la que estoy hablando, aquello era un asunto muy grave; un asunto en el que estaba en juego la honra de la familia, y un suceso así era la causa de la expulsión de la casa en la que se había nacido, como en este caso sucedió. Porque, a la pobre muchacha, cuando le preguntaron el nombre del padre —para solucionarlo como se hacía antes: con la boda—, Aurora no tuvo respuesta. Y es que ella tampoco sabía el nombre. El padre de la criatura había sido un viajante de comercio que pasaba por el pueblo con el que se había encontrado en el atardecer de un lunes del mes septiembre, en el zaguán de una vieja casa abandonada en donde los dos, sin conocerse de nada, fueron a refugiarse del fragor de una ruidosa tormenta de verano. La tormenta pasó sobre ellos entre truenos y relámpagos que asustaron a Aurora hasta el punto de echarse en los brazos del joven desconocido. Las nubes se fueron alejando en el horizonte mientras el sol se escondía lentamente al otro lado del mar dejando rastros inverosímiles ante su mirada. Los dos eran jóvenes, sensibles a la belleza y ocurrió que ella se abandonó al sofocante calor entre los brazos de aquel hombre moreno y resuelto.

Y esa fue la causa por la que, de la noche a la mañana, Aurora, ante la indiferencia de una madrastra egoísta y mal encarada se encontrara en la calle.

Sin saber qué hacer, llamó a la puerta de su abuela que se apiadó de ella y la acogió en su casa hasta que nació la pequeña. La buena mujer había sido comadrona y en esos meses enseñó el oficio a su nieta para que pudiera ganarse la vida. Cuando llegó la hora del parto, Aurora ya sabía como era todo, tuvo a su pequeña a la que puso su mismo nombre —tal vez para darse a sí misma una nueva oportunidad— y con el dinero que pudo darle la abuela, y con la niña entre los brazos cogió un tren hacia el interior de España.

Pasó por Madrid pero, sin dinero y sin relaciones, le resultó una ciudad demasiado grande e inhóspita para abrirse camino ella sola; después de un par de años de penalidades y miserias, alguien le habló de un pueblo, no muy lejano, en donde había muerto la comadrona.

Así fue como Aurora llegó al pueblo en el que nací. Alquiló una casita en la calle del Agua y dejó correr la voz de que era comadrona. Para hacerse respetar se colocó el “doña” delante del nombre y a partir de ese momento ya fue siempre y para todo el mundo, doña Aurora.

El primer parto al que asistió fue el de una campesina de escasos recursos, cuando acabó de limpiar al recién nacido en una palangana desconchada, recogió su material con la intención de cobrar por sus servicios y marcharse, su sorpresa fue que el padre de la nueva criatura, con sonrisa de compromiso y en la misma puerta en la que ella esperaba que le pagaran sus dos pesetas, le puso en las manos una bolita de seda blanca que resultó ser un gatito recién nacido. Y ella, mujer levantina y, por lo tanto supersticiosa, pensó que no podía despreciar a un ser vivo como pago de su primer trabajo y que bien podría ser un buen augurio para su futuro, después de todo, su trabajo era traer seres al mundo. Y se quedó con el gato al que llamaron Bufón, quien se convirtió en el testigo de sus silencios más amargos y en el juguete de su hija Aurorina.

Años después, yo nací entre las manos de esa mujer.

Y nací en ese pueblo de tierras llanas y calles polvorientas. Mi Madre, mujer educada y de gustos refinados a quien le gustaba disfrutar de la compañía de la gente, después de su primer parto, había depositado en doña Aurora su confianza y la buena mujer encontró en mi casa conversación, buen trato y refugio para su Aurorina, que cuando su madre tenía que salir de improviso o a horas intempestivas para atender algún parto, la mandaba a mi casa a hacer compañía a la niñera, con la ilusión de que empezara a ganarse la vida y se convirtiera en mi niñera y así ocurrió. Era muy jovencita por aquel entonces, pero resultó ser responsable y cuidadosa conmigo. La recuerdo vagamente como una muchacha risueña y alegre, pero a quien sí recuerdo a pesar de mis pocos años es a su madre. Todas las mañanas se la veía atravesar la plaza en dirección a la carnicería para comprar las vísceras del cordero con las que alimentaba a su gato. Todavía puedo describirla: era bajita, con las caderas anchas y los tobillos estrechos, se peinaba con un moño italiano que doblegaba su melena rubia teñida de canas. Tenía la piel muy pálida, los ojos claros y las manos delicadas. Su mayor aliado en la vida debió ser su abanico, lo blandía a diario, moviéndolo de un lado a otro con energía. Daba igual que fuera invierno o verano, aquel abanico era una prolongación de su brazo que, como una espada, espantaba moscas o achicaba los olores malditos de un pueblo que, harto de confiar en la agricultura, había empezado a transformarse en un pueblo ganadero. En un lugar como aquel, tan austero, tan seco y amarillo, huérfano de mares, la silueta delicada de aquella mujer siempre fue una nota discordante.

Pero todos fuimos creciendo, incluso el gato con quien aprendimos a convivir, aunque hablar de él no es fácil y es que la vida de los gatos es una vida muy seria, son como vigilantes de todo, que en nada se involucran ni se mezclan con nadie. Sencillamente… pasan. Sí, porque los gatos siempre pasan y si eres tú quien les alimenta se te aproximan cuando más tranquilo estás y sin exigencias pero con persistencia se arriman a tu espalda o a tus piernas mientras te sientas y fingen dormir, como si nada les importara, solo sentir el calorcito de tu cuerpo para que les trasmitas vida y no te olvides de que ellos están ahí.

Durante bastantes años el trabajo de comadrona para doña Aurora fue muy agradecido, las mujeres podían dar a luz en las casas con la asistencia de aquella sabia mujer, avezada y diestra en las lides de atender a las sufridas campesinas, y así doña Aurora gozaba de una vida tranquila y acomodada. Pero los tiempos iban cambiando, los niños empezaron a nacer en los hospitales porque era más seguro y doña Aurora se fue quedando sin trabajo. Su hija encontró pronto un buen muchacho que se llamaba Valeriano y se casó con él. Pero el buen mozo encontró trabajo en un pueblo muy alejado por aquel entonces. Ella se iba haciendo mayor y tuvo que trazarse un camino diferente para sus años venideros. Decidió que había que marchar, y para empezar, iría a su lugar de origen para reconciliarse con su familia y para que, mientras tanto, el matrimonio de su hija se consolidara con una descendencia que hiciera lógica su presencia en el hogar de su querida Aurorina. Y el gato, que ya era viejo por aquel entonces no era compañía para el viaje. Los trenes no aceptaban gatos y su hija estaba lejos. Recuerdo el drama

Archivo de LHM

escrito en la cara de doña Aurora, ideó mil maneras de hacerle desaparecer, habló de envenenarle, de encerrarle en un saco para que se ahogara… se le partía el corazón y se deshacía en lágrimas delante de mi madre y, al fin, el gato, como una herencia blanca y peluda aún vivió por una corta temporada en nuestra casa. 

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