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En Palmira

De cómo una atrevida y osada turista occidental habría de ser rescatada por la policía secreta de Siria, a quien puso en jaque, cuando visitaba las ruinas de Palmira durante su viaje por ese país soberano del Medio Oriente, tristemente sumido en una terrible guerra civil hace ya nueve años.

Archivo personal C.A.

Los misterios de Agatha Christie eran sus lecturas preferidas, pero lo que le atraía era el Oriente con su exotismo. Conoció las historias de la condesa aventurera, Marga D´Andurain, quien se casó con un beduino e incluso se convirtió al islam. Soñaba con aventuras en el desierto, acampando en jaimas lujosas con sirvientes dispuestos a sus caprichos y demandas. Imaginaba un harén de hombres, beduinos jóvenes de ojos profundos y negros, única parte de la cara que dejan ver sus turbantes, cubierto el resto y ocultando igualmente sus robustos cuerpos bajo sus chilabas, largas y anchas túnicas. Hombres fuertes, de brazos cálidos, acogedores, reconfortantes. Dormir en la misma cama donde lo habría hecho la famosa escritora, quien pasaba temporadas trabajando en sus misterios, le excitaba de manera extraordinaria e imaginaba intrigas que ocurrirían en el hotel Zenobia de Palmira, a sabiendas de que, en sus tiempos, lo regentaba la condesa francesa con su esposo europeo.
Asimismo sabía que la famosa escritora de intrigas y asesinatos conoció en el desierto de la Ruta de la Seda a un famoso arqueólogo, con quien también contrajo matrimonio. Su mente recorría los viajes de Marco Polo trayendo y llevando todos esos maravillosos tejidos, brillantes y suaves que adornaban los sensuales cuerpos de las mujeres orientales más pudientes, atrayendo las miradas de esos ojos profundos, sensuales y libidinosos de los hombres del desierto.
Su visión recorría las dunas de arena de color dorado, cambiantes en sus formas, con un sol abrasador durante el día y de bajas y heladoras temperaturas durante la noche, percibiendo el calor de los brazos del fogoso y apasionado amante que la llevaría a vivir nuevas y mágicas culturas.
La imaginación se le desbordó cuando al pie de las ruinas del Templo Bel, un guapo y joven beduino le ofrecía un paseo en camello sobre el que el apuesto sirio descansaba a la espera de conseguir un turista que aceptara su oferta a cambio de algunas monedas.
La osada y fantasiosa turista sucumbió ante las maneras del camellero, soñando regresar a los tiempos lejanos del Imperio de Palmira y de la Reina Zenobia, a lomos de un camello gobernado por un fiel siervo, en busca quizá de un faquir o un sabio y portentoso jefe de los desiertos, emulando a sus aventureras heroínas.
Ante la expectación del resto, la osada turista alcanzó el lomo del camello, ayudada por el joven y guapo camellero e invitando a uno de los presentes a acompañarla en el paseo.

No duró su fantasía, rápidamente tuvo que descender a la realidad porque, ante su sorprendida vista y con movimientos apresurados, descendieron de un Land Rover cuatro hombres vestidos de paisano y con chaquetas marrones atrapando al joven por un brazo y bajándole los pantalones para evitar su huida, que no fue óbice porque el joven camellero, supuestamente experimentado en situaciones de desacato, salió corriendo colina arriba, dejando al camello y sus jinetes al albur de la reacción del pacífico animal. 

La escena que siguió al suceso era de lo más estrambótica, el dueño del camello gritaba en árabe, en  arameo o vaya usted a saber en qué idioma. Los hombres de las chaquetas marrones trataban de que el animal doblara las patas delanteras para poder liberar a los turistas y bajar de las alturas de la joroba; para lograrlo, con un palo, fustigaban al camello que, ignorante de toda la movida, con sus inquietos movimientos provocaba el terror de los que estaban encaramados que temían que el animal se encabritara y echara a correr sin control, obedeciendo a la supuesta llamada de su amo que no cesaba en sus gritos.
La expectación era tensa, el guía que acompañaba al grupo de turistas, al que pertenecía la aventurera, temeroso de que pudiera ocurrir un incidente, observaba atentamente, mientras se tomaban las mejores instantáneas desde las cámaras fotográficas de los allí presentes.
Finalmente, los de la secreta consiguieron acercar al camello hasta una de las monumentales y múltiples piedras de los restos de ruinas históricas. Esto permitió a los jinetes descender sobre la histórica ruina, ayudados por un musculoso policía en camiseta, evitando así un temido percance, como al parecer había ocurrido el día anterior en semejante situación. De ahí la preocupación del guía y, por supuesto, de la policía.
Tras la visita de las impactantes ruinas, Patrimonio de la Humanidad desde 1980 y, ya a pie, hizo aparición el joven del turbante, dueño del camello ignorante de su protagonismo, ofreciendo las explicaciones pertinentes para ganarse así una compensación económica a su ajetreado y corto servicio.
La turista le hizo entrega de una generosa cantidad, dejando muy satisfecho al desenfadado sirio y quedando así zanjado este curioso episodio, que dio lugar a toda clase de divertidos y jocosos comentarios, amenizando así el resto del viaje.
Sin embargo, no acabó ahí la presencia del camellero, quien volvió a hacer su aparición al día siguiente en el particular hotel Zenobia Cham Palace de la bella Palmira, ciudad clave en la Ruta de la Seda que en la Antigüedad unía Oriente y Occidente y que, al parecer, albergaba el único oasis natural del desierto sirio. Montado en su camello, con porte majestuoso, se dirigió hacia el Zenobia para despedirse de la turista que había dejado un especial impacto en su todavía escasa vida de comerciante avispado. Al encontrarse, en primer lugar, con el caballero que acompañó en la cabalgadura a la turista, le preguntó por «su señora», a lo que el acompañante, siguiendo la presunción del visitante, desconocedor de la relación, mejor dicho, de la no relación existente entre los jinetes, avisaba a la compañera de viaje, quien se vio gratamente sorprendida y halagada por la deferencia del comerciante sirio.
Así fue como la osada turista finalmente tuvo que asumir que fracasaba en sus sueños de reyes beduinos y harén masculino con siervos y esclavos asumiendo que el turista, compañero de viaje, en chándal por cierto, era, por el momento, su máxima posible aspiración.
A veces, los sueños no se convierten en realidad, pero soñar es imprescindible porque, en ocasiones, la realidad es muy dura y no hay duda, hay sueños realizables.

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