Cisneros – Un hombre de estado-

publicado en: Frailes, La Convivencia, La nueva higuera | 0

 

El reino no es del rey, sino de la comunidad

Francisco Jiménez de Cisneros

Cisneros -El Reformador-
Gaspar y Roig 1850
La enorme importancia que tienen los años en que Cisneros estuvo próximo al 
poder lo convirtieron en un hombre 
transcendental en la historia de España: 
Acababa de conquistarse el último reducto musulmán de la península; los reinos 
de Castilla y Aragón buscaban la 
unión y la fortaleza de la corona; la iglesia pedía a gritos 
una profunda reforma; El norte de África parecía ofrecerse como el terreno 
apropiado para una nueva cruzada, 
mientras Castilla empezaba a darse cuenta 
de la envergadura de lo ocurrido con el viaje de Colón 
a las Indias. 

Todos estos acontecimientos, plagados de vicisitudes, pasaron por el tamiz del firme criterio de Francisco Jiménez de Cisneros.

Había nacido en 1436, en el pueblo madrileño de Torrelaguna, dentro de una familia de pequeños comerciantes. A los 24 años de edad es ordenado sacerdote y como tal, viajó a Roma, donde obtuvo una bula para cubrir vacante en la diócesis de Toledo, que finalmente obtuvo. Enterado el arzobispo Alonso Carrillo de que Cisneros había accedido al cargo de arcipreste de Uceda, sin que fuera de su agrado, ordenó su prisión. Tras ser liberado quedó bajo la tutela del obispo Mendoza, en Sigüenza, quien le nombrará vicario general del obispado. A pesar de su próspero destino, en 1484, abandona la carrera eclesiástica, cambia su nombre por el de Francisco, e ingresa en la orden franciscana, dispuesto a llevar para siempre una vida de humildad y retiro en el convento de la Salceda.


Fue en 1492 cuando el cardenal Pedro González de Mendoza le propuso como confesor de la reina Isabel, momento en el que entra a formar parte de los estamentos de poder.

Será a partir de entonces consejero directo de las acciones y omisiones de una reina que siempre trató de adecuar el hecho de serlo a su profunda fe cristiana. Será la misma reina quien, en 1495, y a pesar de la oposición del propio Cisneros, le nombra arzobispo de Toledo, un cargo de la mayor relevancia en aquellos años.


 Dos veces, desde la muerte de la reina católica en 1504, hasta la suya propia en 1517, debió ejercer como regente de Castilla: a la muerte de Felipe el Hermoso, marido de la reina Juana, hija y heredera de los reyes católicos, y a la muerte del rey Fernando de Aragón, hasta la llegada de su nieto y sucesor Carlos I.

Entre el maremágnum de cuestiones estatales, los problemas en el Nuevo Mundo comienzan a cobrar protagonismo. Ya desde el segundo viaje, en 1493, la preocupación de los reyes fue enviar misioneros para la evangelización de los naturales, pero enseguida, los informes que les trajeron dejaban mucho que desear en cuanto al cumplimiento de dicho fin. Cisneros debió de estar al corriente de todo desde el principio y envió los primeros franciscanos, entre ellos su sempiterno compañero Francisco Ruiz, quien, de vuelta, declaró la urgencia de tomar ciertas medidas: liberar a la isla de La Española de la tiranía que ejercían Colón y sus familiares y enviar más misioneros a las Indias.

En el año 1500, Cisneros empieza a mandar franciscanos. La caída de la familia Colón y la llegada del primer gobernador, Nicolás de Ovando, no parece que mejore la situación de los indígenas, incluso fue el momento en que se empezaron a arbitrar los repartimientos de indios que tuvieron consecuencias muy poco deseadas por los abusos a los que eran sometidos los habitantes de las islas. Al mismo tiempo, los informes que se reciben de la actuación de los franciscanos son de gran bondad, pero de falta de eficacia en el fin último que es la conversión y la civilización de los naturales. 

Desde 1511, los dominicos que van llegando a las Indias, imbuidos por la doctrina iusnaturalista de Santo Tomás de Aquino, 
empiezan a pedir un cambio radical en la política que se sigue en lo que todavía eran 
unas pocas islas en las Antillas. Fray Antonio de Montesinos comienza una ardua batalla en favor de los 
indígenas que, ya en la península, da paso a la diversidad de criterios en cuanto a la manera de ejercer el dominio.  

Las discusiones en torno al problema por parte de teólogos, letrados y altos funcionarios dieron lugar a las leyes de Burgos de 1512 y con ellas a las encomiendas. Según estas, la Corona asignaba un número de aborígenes a un súbdito español, llamado encomendero, que se hacía responsable del sustento de los nativos puestos a su cargo, los evangelizaba y percibía el beneficio del trabajo realizado por ellos. Aun cuando la figura del encomendero no podía considerarse perfecta, siguió siendo una manera de esclavizar a los indios, pero parece ser que Cisneros no la rechazó, confiando en que el tiempo produjera una mezcla tal entre indios y colonos que hiciera posible la convivencia.

En 1515 hizo su aparición en la península, de regreso de las Indias, fray Bartolomé de Las Casas quien, junto al dominico Montesinos y al jurista Palacios Rubio, redactaron el Memorial de Abril de 1516, cuya finalidad era sacar a los indios del poder de los españoles. Para ello, Cisneros pensó que serían los frailes jerónimos quienes llevarían a buen término los nuevos planes. Estos, después de tomar informes de la población, se dieron cuenta de que la tarea resultaba ser una utopía: la pretendida libertad de los indios y la creación de poblaciones en las que poder civilizarlos resultaba imposible.

Las encomiendas continuaron sin apenas más cambios que el de despojar de ellas a quienes no residían en las islas.

Bartolomé de las Casas, insatisfecho, regresó a la península con el fin de entrevistarse de nuevo con Cisneros, quien, poco tiempo después de su llegada, moría en Roa, Burgos, mientras se dirigía al encuentro con Carlos I, que venía a tomar posesión de su reino. Él, junto con su madre, Juana I de Castilla, será a partir de entonces quien vaya a regir los destinos de los reinos bajo las coronas de Castilla y Aragón y con ellos los del Nuevo Mundo.

Francisco Jiménez de Cisneros dejaba en herencia la claridad y la fortaleza en una manera de gobernar, 
que resultó estar muy adelantada a su tiempo. Detrás de él, quedará  
un rastro inextinguible de su inquietud intelectual con la fundación 
de la Universidad de Alcalá de Henares y la confección de la Biblia Poliglota.

 

 

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