Cristobal de Olea -Salvador de Cortés-
En medio del fragor de la guerra, cuando el destino de la conquista del imperio mexica pendía de un hilo, un nombre resuena con fuerza en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo: Cristóbal de Olea. No fue capitán ni caudillo, sino un soldado esforzado, de esos que la fortuna parece poner en el lugar exacto en el instante preciso. Dos veces —y no en lances menores, sino en el corazón mismo de la guerra contra México— arrebató de las manos de la muerte al mismísimo Hernán Cortés.
El primer suceso ocurrió en Xochimilco, entre canales, chinampas y calles flotantes que eran laberinto de agua y fango. Allí, en medio de un combate encarnizado, Cortés fue derribado de su caballo Romo y quedó atrapado por un escuadrón mexica que, con gritos de triunfo, intentaba conducirlo vivo al sacrificio. El pánico se extendió como un relámpago entre las tropas, pues la captura del general anunciaba el desastre.
Entonces, Cristóbal de Olea, viendo el peligro, reunió a un grupo de tlaxcaltecas y se lanzó de lleno contra los captores. Su acometida fue feroz, y con su espada abrió paso entre los guerreros, matando con sus propias manos a quienes oprimían al caído Cortés. Aquella furia desbordada devolvió la libertad al general. El enemigo retrocedió hacia las aguas, y los españoles pudieron tomar las calles. Cortés salió con dos heridas leves; Olea, en cambio, con tres cuchilladas hondas, cuyas cicatrices serían para siempre memoria de aquella jornada.
Pero el destino todavía le tenía guardada otra cita con la gloria y la muerte. Tiempo después, ya en Tlatelolco, cuando el cerco sobre México estaba próximo a su desenlace, la lucha se volvió a inclinar del lado mexica. En la estrecha calzada, los españoles fueron cercados y arrollados. Cortés, intentando contener la huida de los suyos, cayó prisionero otra vez. Lo tenían asido muchos guerreros, herido en una pierna, y lo arrastraban hacia el sacrificio. Con él fueron apresados más de setenta soldados.
Fue entonces cuando Cristóbal de Olea, pese a estar ya malherido, se abrió camino con un coraje sobrehumano. Espada en mano, dio estocadas y cuchilladas a los captores, uno tras otro, hasta obligarlos a soltar al caído Cortés. La vida del capitán fue salvada por segunda vez. Pero aquel día el precio fue más alto: Cristóbal de Olea quedó muerto allí mismo, consumido en el acto heroico que aseguraba la vida de su general y, con ella, la continuidad de la conquista.

Fue Bernal Díaz del Castillo, nacido en Medina del Campo —como su paisano Cristóbal de Olea—, quien lo recuerda en su inmortal Historia verdadera de la conquista de la Nueva España con un respeto que no se apaga con los años.
Olea, soldado valiente y leal, compartió el polvo de la batalla y el fervor del combate junto a Hernán Cortés, y en su memoria quedó como un nombre inseparable de la gesta misma. Su hazaña no fue menor: en dos ocasiones se interpuso entre Cortés y la muerte, arrancándolo de los brazos del sacrificio.
Entre gritos y acero, entre el caos de la lucha, Olea fue muralla y espada, sosteniendo la delgada línea entre la derrota y la victoria. Y en la última de esas contiendas, cuando la sombra de la muerte se cernía sobre su amigo y general, entregó su vida sin vacilar, como quien sabe que la historia necesita de su sacrificio para seguir adelante. Así, su nombre quedó grabado en la memoria de quienes vieron la gloria y la tragedia del Nuevo Mundo, un testimonio de valor que trasciende los siglos.
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