José Cadalso -La Hipocresía Europea-
En el corazón del siglo XVIII, cuando Europa se miraba a sí misma con un entusiasmo casi embriagador, José Cadalso se atrevió a hacer un gesto incómodo: preguntar quién estaba realmente autorizado para dar lecciones de moral.
José Cadalso nació en Cádiz en 1741. Era una ciudad abierta al mundo y de la mano de su padre, recibió una formación deliberadamente cosmopolita. Estudió en el Colegio de Nobles de París y completó su educación en Londres y Berlín, lo que le permitió conocer de primera mano los principales centros de la Ilustración europea. Este itinerario le dio una mirada comparativa poco común: supo admirar la modernidad de Europa, pero también detectar sus contradicciones y su autocomplacencia.
De regreso a España, fue militar y escritor. Su obra más influyente fue póstuma, las Cartas Marruecas, refleja una perspectiva forjada entre fronteras. Murió en 1782, durante el sitio de Gibraltar, dejando la huella de un ilustrado español capaz de dialogar con Europa sin complejos, pero sobre todo sin ingenuidad.
La Ilustración se presentaba como la edad de la razón, del progreso y de la superación de las sombras del pasado. Desde París, Londres o Ámsterdam se proclamaba una nueva conciencia europea que juzgaba con severidad los siglos anteriores —y muy especialmente el pasado español—. En ese clima se consolidó lo que hoy llamamos Leyenda Negra, una interpretación de la presencia española en América centrada casi exclusivamente en la violencia, el fanatismo y la opresión (Julián Juderías, 1914; P.W.Powell, 1971).
Cadalso no negó los excesos ni idealizó la historia española. Su lucidez fue más incómoda: advirtió que detrás de muchas condenas morales se escondía una profunda hipocresía. En sus Cartas Marruecas, publicadas póstumamente en 1789, adoptó la mirada de un observador extranjero para analizar España y, por extensión, Europa. Este recurso literario le permitió ejercer una crítica oblicua tanto hacia su propio país como hacia los demás (J.A.Maravall, 1986).
En esa obra, Cadalso observa con ironía que los críticos más feroces de España eran, a menudo, súbditos de potencias que en su propio presente estaban construyendo imperios comerciales basados en la explotación sistemática de otros pueblos. Mientras se escribían elegantes tratados sobre la humanidad y el progreso, barcos europeos —especialmente británicos, franceses y holandeses— cruzaban el Atlántico cargados de hombres y mujeres africanos vendidos como mercancía (H. Thomas, 1997). Cadalso alude a esta contradicción con una dureza moral inusual para su tiempo:
"que los `pueblos que tanto vocean la crueldad de los españoles en América son precisamente los que van a las costas de África, compran animales racionales de ambos sexos a sus padres, hermanos, amigos o guerreros felices, sin más derecho que ser los compradores blancos y los comprados negros; los embarcan como brutos; los llevan millares de leguas desnudos, hambrientos y sedientos, los desembarcan en América; los venden en público mercado como jumentos, a más precio los mozos sanos y robustos, y a mucho más las infelices mujeres que se hallan con otro fruto de miseria dentro de sí mismas; toman el dinero; se lo llevan a sus humanísimos países, y con el producto de esta venta imprimen libros llenos de elegantes invectivas, retóricos insultos y elocuentes injurias contra Hernán Cortés por lo que hizo..." -Carta 10- Cartas marruecas-
No se trata de que Cadalso defendiera la violencia española; lo que cuestiona es la autoridad moral selectiva de quienes la denunciaban. Su intuición fue aguda: la Leyenda Negra no era solo un juicio histórico, sino un instrumento político en la rivalidad entre imperios (H.Kamen, 2003). Criticar a España servía para legitimar el ascenso británico, francés u holandés y para borrar sus propias sombras coloniales.
Pero su mirada va más allá de la geopolítica. Cadalso también desconfía del optimismo ciego de su tiempo. Le inquieta la autocomplacencia de ciertos ilustrados que creían haber dejado atrás los males del pasado por el mero hecho de vivir en el “Siglo de las Luces”. Frente a este triunfalismo, advierte que el progreso material no garantiza un progreso moral equivalente (Herrero García, 1966). En este sentido, su voz resulta sorprendentemente contemporánea.
Lo que hace a Cadalso especialmente valioso hoy no es que absolvió a España, sino que se negó a aceptar relatos simplistas. Su crítica atraviesa bandos y desmonta certezas cómodas. Nos obliga a mirar la historia sin complacencia y sin maniqueísmos: ni idealización del pasado español, ni demonización automática; ni celebración ingenua de la modernidad ilustrada, ni negación de sus contradicciones.
Para quienes estudiamos la presencia española en América, Cadalso ofrece una lección esencial: la historia no se resuelve con etiquetas morales prefabricadas. La conquista fue violencia y fundación, ruptura y creación, destrucción y orden nuevo (Elliott, 2006). Y la Ilustración, lejos de ser una luz pura, proyectó demasiadas sombras que aún, en pleno siglo XXI, se sienten confusas y demasiado pesadas.
En ese cruce de luces y sombras, Cadalso emerge como una conciencia crítica que, desde España, se atrevió a desenmascarar la hipocresía europea sin caer en la autojustificación. Su legado nos invita a pensar con rigor, sin servidumbres ideológicas y con una exigencia ética que sigue siendo profundamente actual.

