Salvador de Madariaga – El espíritu de la conquista –
En la década de 1940, Salvador de Madariaga inició la publicación de un conjunto de biografías que reflejan otra de sus preocupaciones permanentes: la proyección americana de España y su papel en la identidad nacional.
Fue un hombre plenamente cosmopolita, tanto por su formación como por su vida y su vocación. Nacido en La Coruña, en 1886, fue polígrafo, diplomático y político europeo. Todos estos adjetivos lo convirtieron en uno de los testigos más privilegiados de la historia de España y de la Europa del siglo XX.
Ya desde su infancia, fue enviado por su familia a estudiar en Francia. Ahí comenzaría un periplo que le llevaría a lo largo de su vida a residir en Inglaterra, España, EE.UU., Suiza, en un largo etcétera de ocupaciones y cargos, muchos de ellos de relevancia internacional, siendo protagonista de momentos cruciales como la fundación de la Sociedad de Naciones, la diplomacia de la Segunda República española o los orígenes de la Unión Europea, papeles en los que fue universalmente reconocido como el gran representante del liberalismo.
En España, donde residió de manera esporádica y escribió profusamente, compartió acuerdos y desacuerdos con la flor y nata de los intelectuales de su época: Unamuno, Ortega y Gasset o Ramiro de Maeztu. A pesar de que gozó de una enorme popularidad en su momento, generando admiración y hostilidad a partes iguales, hoy en día es una figura generalmente desconocida que merece la pena rescatar.
Existe un escueto documento salido de la pluma de Francisco Elías de Tejada que hace referencia a Salvador de Madariaga y al pensamiento sobre su idea de España en América.

Cuenta el que escribe que la experiencia que relata fue el resultado de uno de los encuentros entre ambos hombres, producido durante los años de la Segunda Guerra Mundial en una universidad inglesa.
Madariaga compartió con Elías de Tejada las conclusiones, que después quedarían plasmadas en el libro, Cuadro histórico de las Indias. Introducción a Bolívar.
En su conversación, se pusieron de manifiesto los íntimos pensamientos en torno a una certeza: había descubierto cuáles fueron los verdaderos aportes de la conquista de América.
Necesitaba sacar a la luz sobre qué se había fundamentado aquella necesidad de los españoles de compartir vida, cultura y religión con pueblos tan distintos y tan lejanos; rindiéndose al reconocimiento del humanismo profundo que hubo en aquel trasiego de personas, ideas y mercancías que duró varios siglos.
Porque tal vez, como afirma el autor del artículo, a muchos españoles les sucede que, vivir fuera de España, mirar con la perspectiva de la distancia a su patria de origen a la que se ama y se añora, permita una visión más cercana al corazón y al alma y, por lo tanto, más fácil de asumir y comprender.
Pero, el documento que transcribo parcialmente habla por sí mismo:

¿Éxito o fracaso? Todo depende del punto de vista con que se pregunte. Ábrase un atlas, véase a España en la posición estratégica más hermosa de la tierra, puerta de Levante para Poniente, puerta de poniente para Levante, dueña del África por naturaleza, de América por la suerte y la historia, de las islas del pacífico por su espíritu de empresa; véase ahora a Gibraltar inglés y a Panamá norteamericano y España expulsada del continente que descubrió, donde aún quedan afincadas otras potencias europeas, su progenie y ella misma reducidas al rango de potencias de segundo o de tercer orden y de colonias económicas de las dos naciones anglosajonas, y— ¿dónde hay en la historia mayor fracaso? Pero mídanse las cosas con criterio distinto del político y económico; recuérdese a todo un continente asimilado efectivamente a la civilización y vida europeas, sin sacrificar al indígena, ni dejarlo fuera de este proceso, en cuanto dependía de los descubridores; absorción a Europa, que permitió a las formas europeas, pasar a pueblos tan lejanos de espíritu como los aztecas de México, los incas del Perú y hasta los tagalos de las Filipinas (únicos asiáticos europeizados, dicho sea de paso); considérese que ya en el siglo XVI habían producido las Indias una escuela de pintura tan rica, como mestiza de espíritu en el Cuzco, y una danza, la chacona, que Bach creyó digna de su música; mídase la hondura, el color, la riqueza de tradición espiritual que ha dejado España desde Manila a Santo Domingo y desde California a Tierra de Fuego; téngase en cuenta que los Estados Unidos, los restos escasos de civilización española que han podido recogerse, un pórtico aquí y un arco allá y medio claustro acullá, se atesoran y rodean de verjas y se marcan con estrellas en las guías de viaje; que Nueva Orleans, se ufana de su aire español y que todo el continente está ennoblecido por los centenares de edificios españoles, que lo constelan; y que queda vivo en lenguaje, con los modos de pensar y sentir que cría en el ser, y que todo el pueblo que lo habla, aprende con él el valor del ocio y el sentido de la resistencia pasiva a ese insidioso enemigo del hombre que es el Estado moderno, sobre todo el buen Estado y— ¿es tanto fracaso?
Sigue el autor resaltando que tales afirmaciones están reflejadas en el libro Cuadro histórico de las Indias. Introducción a Bolívar. Este libro significa dos cosas: primero, el alegato más profundo, inteligente y documentado que hasta la fecha se halla compuesto en torno a la leyenda negra de las Españas en América; y segundo, la ley, la alineación mental de incorruptible e independiente Salvador de Madariaga.
Asístese el Salvador de Madariaga, como en tantos otros de nuestros liberales emigrados, al reencuentro con la España tradicional. Verdad es que saben que momentáneas realizaciones no coinciden las España de la tradición, y por ende, alían, su postura presente su amor por las espinas de hace tres siglos. Pasaron sus vidas pregonando ideas europeas, de libertad, de igualdad, de democracia de parlamentarismo, y demás morralla letal del 89; pero cuando llegaron al destierro, comprendieron unos en América, por senderos de cercanía y otros en Europa, por motivos de contraste, que aquello que venía a justificar sus puestos en el mundo, y en la historia eran los frailes, la inquisición, el heroísmo de los tercios, la intransigencia de Felipe II, los teólogos de Trento, los autos sacramentales de Calderón y los catedráticos de la Universidad de Salamanca.
Salvador de Madariaga, justifica y defiende todas estas cosas en este libro maravilloso, muchas veces, sin pretenderlo, arrastrado por su calidad inmensa de español. Por lo cual, desde las tiendas de la tradición quiero dar la bienvenida a quien vino hasta nosotros sin darse cuenta de que asimismo se encontraba. Siempre recordaré con honra haber asistido de cerca a la redacción de este libro.
Lecturas y documentos de interés
Documento transcrito: fundación Larramendi

