El caballo sagrado de Cortés en Tayasal
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El caballo sagrado de Cortés en Tayasal

En 1525, Hernán Cortés emprendió su penoso viaje a Honduras, dejando atrás tierras domadas y adelantándose a selvas desconocidas. En su camino, Cortés y sus hombres llegaron a la región de los itzaes, en Tayasal, junto al lago Petén Itzá, último refugio de mayas independientes. A ojos de aquellos indígenas, los animales sobre los que se subían los desconocidos eran bestias jamás vistas, de cuerpos grandes y fuertes, que parecían ciervos domados por el trueno. Allí, uno de los caballos de Cortés, reventado de fatiga y enfermedad, ya no pudo dar un paso más. Era animal valioso, casi prodigioso para aquellos ojos mayas que jamás habían visto bestia semejante: un corcel de guerra, con la fuerza del trueno en los cascos y la mirada altiva.

Cortés, necesitado de hombres y de paso ligero, lo dejó al cuidado de los itzaes, encargándoles que lo alimentaran y guardaran hasta su regreso. Pero los mayas, sin conocer la hierba ni la avena, creyeron mejor darle flores, tortillas y aves sacrificadas como ofrenda. El caballo, incapaz de digerir aquel tributo de buena voluntad, murió pronto.

Su muerte no fue olvido: los itzaes, asombrados por la grandeza de la bestia que cargaba hombres de hierro, lo elevaron a la categoría de dios. Tallaron su imagen en madera y, durante años, la adoraron con incienso, danzas y plegarias, convencidos de que aquel animal encerraba un poder venido del otro lado del mar. Así, sin saberlo, mantuvieron encendida una leyenda: la del caballo de Tayasal, mitad bestia y mitad altar.

Bernal Díaz del Castillo, testigo de la hazaña, dejó escrito:

“Y porque nuestros caballos estaban muy cansados y enfermos de andar por aquellos montes, acordó Cortés de dejar un caballo en poder de un cacique, porque estaba cojo y no podía andar…”
(Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, cap. CLVI)

Lo que siguió, sin que lo supiera Bernal, lo contó el historiador y poeta guatemalteco, Fuentes y Guzmán: cuando, casi dos siglos después, los españoles regresaron para someter la isla y apagar la última chispa maya, hallaron aquel culto intacto, el caballo muerto convertido en ídolo.

“…tomaron este caballo por cosa de admiración y lo tuvieron en tanta veneración que, muerto de mal alimento, lo embalsamaron y le hicieron casa de paja, y lo tuvieron por ídolo por muchos años, dándole ofrendas y sacrificios…”
Recordación Florida, Fuentes y Guzmán.

Los mayas, maravillados ante la bestia que relinchaba fuego en sus mitos, lo alimentaron mal, lo vieron morir, lo embalsamaron y le levantaron una choza sagrada. Y así permaneció por años, convertido en ídolo, recibiendo ofrendas y copal, síntesis perfecta de aquel encuentro donde un caballo español se volvió dios americano.


 

Entre la historia y la leyenda 
En torno a este histórico e insólito suceso, José María González Ochoa en un artículo publicado por la Real Academia de la Historia, recoge un bello relato en que se entrelaza  la crónica, la tradición oral y la leyenda. 
Al margen del dato romántico según la cual, Chichén Itzá fue abandonado por la guerra desencadenada como consecuencia del amor entre Canek  -título que, como gobernante, también ostentaba el último señor itzá de Tayasal-, y  la  princesa Sac-Nicté, los hechos  históricos nos dicen que Ah Kaan Ek —nombre itzá de Canek— recibió a Hernán Cortés en 1525 durante la expedición que el conquistador realizó hacia Honduras. Impactado por el esplendor de la misa que Cortés hizo celebrar, Canek destruyó los ídolos locales y mandó a su pueblo venerar al Dios de los extranjeros. Como muestra de gratitud, Cortés le regaló un caballo herido, animal que los itzáes nunca habían visto antes.
Cuando el caballo murió, Canek ordenó erigir una estatua del animal sentado como una persona, lo que dio origen a un culto insólito: el caballo fue adorado como Tzimin Chac, una deidad relacionada con la lluvia y el trueno. La adoración de esta figura continuó durante décadas y fue denunciada por los frailes franciscanos que llegaron a la región en 1618. Según González Ochoa, el fraile Urbieta, al descubrir el culto, intentó destruir la estatua a pedradas y casi fue linchado por la multitud, salvándose solo gracias a la intervención de otro religioso.

Fuentes como López Cogolludo, Historia de Yucatán; Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, junto a testimonios recogidos por los primeros misioneros, sustentan parte de esta tradición. Hoy la figura de Canek simboliza, para muchos, la resistencia y la persistencia de la identidad maya frente a la imposición cultural.

Referencia:
José María González Ochoa, entrada «Canek» en la Real Academia de la Historia.

 

 

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