Francisco del Puerto -Entre dos Mundos-
El ataque no fue solo traición; fue el estallido de un conflicto imposible de resolver: un joven español que había aprendido a vivir como indígena, y que al enfrentarse a ambos mundos, ya no podía pertenecer a ninguno.
Francisco del Puerto apenas tenía edad para sostener un remo cuando se embarcó como grumete en una de las tres naves que el 8 de octubre de 1515 partieron de Sanlúcar de Barrameda bajo el mando de Juan Díaz de Solís. Buscaban un paso entre los océanos, un atajo que los condujera a las islas de las especias. Para Francisco, el mar era un horizonte de aventura y peligro que palpitaba bajo sus pies jóvenes, mientras las velas se hinchaban con viento y promesas.
Meses después, las naves llegaron a un estuario colosal donde los ríos Paraná y Uruguay se abrazaban como serpientes plateadas. Los navegantes creyeron ver en él un brazo de mar que los conectaría con el otro océano. Díaz de Solís lo bautizó Mar Dulce; más tarde sería el río de Solís y, finalmente, Río de la Plata.
El capitán avanzó con la embarcación menor. En una isla a la que llamaron Martín García —allí quedó para siempre el cuerpo del despensero del barco fallecido durante la travesía–. Continuaron río arriba, y desde la costa oriental, divisaron figuras humanas que los observaban. Los indígenas les saludaban con gestos amistosos, y Díaz de Solís, confiado, decidió acercarse. Francisco, con el corazón latiendo como un tambor, descendió con él y seis marineros más.
La bienvenida se tornó terror en un instante. Flechas surcaron el aire, oscuras y certeras. La emboscada fue inmediata: los nativos atacaron sin piedad, descuartizando a los españoles ante los ojos de sus compañeros embarcados. Los cuerpos fueron devorados. Solo Francisco quedó con vida. Quizá su juventud lo salvó; los rituales reservaban solo la carne de los guerreros a la mesa de la venganza, dejando con vida a niños y mujeres.
La embarcación regresó, sin poder salvar a Francisco, quien quedó a merced de los indígenas. Más tarde, las naves sobrevivientes retornaron a España bajo el mando de Torres, dejando naufragados en la isla de Santa Catalina a varios marineros, entre ellos Melchor Ramírez y Enrique Montes.
Francisco permaneció con los pueblos locales más de una década. Aprendió sus lenguas, sus costumbres, sus maneras de vivir. Supo en ese tiempo de las expediciones portuguesas de Cristóvão Jacques, pero nunca se unió a ellas, temeroso de caer en cautiverio.
En 1527, la expedición española de Sebastián Caboto llegó a la región. Al fondear en Santa Catalina, los náufragos hablaron a Caboto de las fabulosas riquezas ocultas en las sierras aguas arriba del Paraná. El veneciano decidió abandonar su misión original y remontar el río.
Francisco se convirtió en su guía e intérprete. La travesía fue un infierno: hambre, enfermedades, deserciones, y resistencia indígena. Los españoles abusaban de las comunidades locales, tomando alimentos por la fuerza, rompiendo alianzas y sembrando resentimiento. Aun así, Francisco siguió con Caboto en la fundación del fuerte Sancti Spiritus, y acompañó la expedición hasta el Pilcomayo, donde empezó a temer por la vida de quienes habían sido sus amigos.
Quizá no fue traición lo que ocurrió. Francisco había compartido la vida de esos pueblos, los comprendía, y al ver la violencia de Caboto, eligió defender lo que consideraba justo. La emboscada que siguió fue devastadora: muchos españoles murieron, Caboto apenas sobrevivió, poco tiempo después abandonó la búsqueda de tesoros y regresó a España.

El rastro de Francisco del Puerto se perdió para siempre, llevándose consigo la sombra de su lealtad dividida y el secreto de un corazón que ya no podía pertenecer a dos mundos.
No se conoce documentación que lo vuelva a mencionar, ignorándose si regresó a España o si permaneció en América para siempre.

En torno a esta fascinante historia, se han barajado diversas teorías. Sobre la atroz muerte de Díaz de Solís, el cronista de la época, Antonio de Herrera y Tordesillas, en su, Historia General de los Hechos de los Castellanos…, narró la escena así:
“… Juan Díaz de Solís quiso en todo caso ver qué gente era esta y tomar algún hombre para traer a Castilla. Salió a tierra con los que podían caber en la barca; los indios que tenían emboscados muchos flecheros, cuando vieron a los castellanos, algo desviados de la Mar, dieron en ellos y rodeando los mataron sin que aprovechase el socorro de la artillería de la carabela, y tomando a cuestas los muertos y apartándolos de la ribera hasta donde los del navío los podían ver, cortando las cabezas, brazos, y pies asaban los cuerpos enteros y se los comían”
Otras versiones contaban que se trató de un motín por parte de los marinos que lo acompañaban, quienes lo mataron. Diversos historiadores descartaron esta posibilidad puesto que todos los implicados contaron la misma versión de los hechos y por lo tanto había pocas posibilidades de que fuera inventado. En cuanto a quienes realizaron la fechoría, no se ha sabido nunca de que etnia se trataba. Se atribuyó a gentes de la etnia charrúa pero, dado que el canibalismo no figuraba entre sus costumbres, es posible que fuesen guaraníes-chandules que habitaban en la costa occidental o navegaban por las islas cercanas.
Sobre el destino final De Francisco del Puerto, algunos cronistas dicen que fue ejecutado por los mismos indígenas al ser considerado traidor; otros, que volvió a vivir entre ellos y murió en el anonimato. Pocos años más tarde, Ruy Díaz de Guzmán, escritor criollo nacido en Asunción, en torno a 1602, en su obra La Argentina manuscrita, relata la historia con más detalle. Pero nadie ha podido dar muestras ciertas sobre su destino final.
Datos y referencias, tomadas de wikipedia
