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Sebastián Caboto -Tras el rumor del Río de la Plata –

Hubo un tiempo en que los mapas no eran certezas, sino promesas. Los hombres seguían las corrientes como quien sigue un presentimiento, y el rumor de un río podía cambiar el curso de una vida. Sebastián Caboto, navegante veneciano al servicio de España, oyó hablar de un río que arrastraba arenas de plata y secretos de reinos ocultos. Abandonó la ruta del Maluco para internarse por sus aguas, guiado más por el eco del misterio que por la voz de los reyes.


 

Sebastián Caboto -Tras el rumor del Río de la Plata -
Sebastián Caboto 1474-1557

No hay muchas certezas en torno al origen de Sebastián Caboto, pero si se sabe que era hijo de Juan Caboto, marino veneciano al servicio de la corona inglesa, quien dijo haber recorrido las costas de Terranova y la península de Labrador buscando un paso hacia Oriente sin mucho éxito. En todo caso, su hijo Sebastián durante unos años también estuvo al servicio de la corona inglesa, adquiriendo fama como buen marino y cartógrafo, por esta razón sería llamado por Fernando el Católico para asesorar al Consejo de Indias. Muerto Fernando, Caboto regresó a Inglaterra para intentar prestar sus servicios allí, pero fue rechazado por lo que se ofreció al joven Carlos I de España quien lo nombro Piloto Mayor de la casa de contratación en 1518.

En este cargo, fue en 1525 cuando Carlos I le encomienda una expedición hacia las Molucas, en la que primero debía auxiliar a los náufragos de Magallanes y después encontrar definitivamente el paso hacia el mar del Sur, para así contrarrestar el avance portugués en aquel océano. En estos términos, partió de Sevilla en 1526, llevando con él una pequeña flota de barcos y marineros.


En poco tiempo llegó a las costas de Brasil cerca del estuario del Río de la Plata. En su escala en la isla de Santa Catalina escucho las historias fabulosas sobre ciudades de oro y montañas de plata. Allí, los náufragos de la expedición de Juan Díaz de Solís, Melchor Ramírez y Enrique Montes, le relataron las aventuras vividas por Alejo García, un marino portugués de la expedición de Solís, muerto por los indígenas entre los ríos del Paraguay. Le mostraron objetos de metal que habían sido obtenidos en su travesía hacia el interior del continente. Estos relatos hablaban de un «Rey Blanco» y de una tierra rica en metales preciosos, conocida como la Sierra de la Plata. Caboto se dejó cautivar y olvidando su misión de auxilio a los náufragos de la expedición de Magallanes, se adentró por el Río de la Plata. 

Junto a Caboto, estuvo Francisco del Puerto, un muchacho sevillano que, al lado de Díaz de Solís, había sobrevivido a la tragedia de ser devorado por los indígenas y conocía las lenguas y los temores de la tierra. Entre ambos se tejió la historia de una búsqueda frustrada y, al mismo tiempo, reveladora: la del hombre que creyó escuchar el llamado del destino en el murmullo de un río.

Sebastián Caboto -Tras el rumor del Río de la Plata -
Restos arqueológicos actuales de Sancti Spiritus

En la primavera de 1527, en la costa oriental del Río de la Plata, frente a la desembocadura del Paraná, Caboto construyó un primer fortín, Puerto de San Lorenzo, que pronto sería abandonado. Poco después, el 9 de junio de 1527, cerca de la desembocadura del río Carcarañá en el río Paraná, levantó otro modesto fuerte al que llamó Sancti Spiritus, la primera fundación de un asentamiento en lo que hoy son tierras Argentinas. Tras unos meses de descanso, dejó en él una pequeña guarnición y continuó sus exploraciones.

Francisco del Puerto acompañó al veneciano como guía e intérprete y estuvo con él en la fundación del Sancti Spiritus. Según las crónicas, Francisco continuó su tarea como lengua hasta llegar a la región del Pilcomayo, río de la actual Bolivia, donde colaboró con los indígenas en un ataque por sorpresa contra los españoles. 

Mientras tanto, por esas tierras se encontraba un avezado marino español, Diego García de Moguer, quien había navegado en la primera expedición de Díaz de Solís y en la primera vuelta al mundo junto a Juan Sebastian Elcano. Con su ya larga experiencia en el mar había partido desde La Coruña a la búsqueda del paso entre los océanos. Garcia de Moguer había arribado al estuario del Plata unos meses antes y andaba organizando hombres y barcos para remontar las aguas del río en busca de la Sierra de la Plata. El encuentro entre Caboto y García de Moguer hizo que ambos acordaran navegar juntos, pero su unión no duró mucho. Eran dos capitanes que se disputaban el mando, dos decretos que se contradecían. Apenas unos meses de alianza fueron suficientes para, finalmente, las malas condiciones, las luchas con los indígenas y la falta de entendimiento hizo que cada uno de ellos optara por recorrer su propio camino. 


En definitiva, durante más de tres años Caboto mandó, y dirigió él mismo, diversas expediciones en busca de tesoros, adentrándose por los ríos Paraguay, Paraná, donde alcanzó los rápidos de Apipé y Bermejo. La hostilidad de los indios, las dificultades del terreno y los nulos resultados le hicieron desistir. En su entorno surgió una leyenda, gracias al informe y, comentarios de una de las expediciónes comandada por uno de sus lugartenientes, Francisco César. Este, con catorce hombres bajo su mando, alcanzó Charcas y aderezó el relato de su aventura con fantasías salidas de la imaginación de los indios que lo acompañaban y de su propio deseo. De su relato nació la leyenda de la Ciudad de los Césares, un inexistente poblado donde todo era oro y plata.

En 1530, Caboto, decepcionado, regresó a España en donde fue juzgado por desobediencia y mala administración. Por ello se le condenó a prisión y destierro. Después de pasar cuatro años en Orán, finalmente, el rey Carlos lo indultó y le devolvió el cargo y el sueldo de piloto mayor. Vivió tres años más en Sevilla, examinando a jóvenes marinos y vendiendo mapas y cartas de navegación, mientras sus relatos expandían el mito de la Ciudad de los Césares. Mantuvo una agria polémica con el gran cosmógrafo Pedro de Medina, quien le denunció por prácticas irregulares en su cargo de piloto mayor de la Casa de Contratación.


 

Sebastián Caboto -Tras el rumor del Río de la Plata -

Caboto, en su actividad como cosmógrafo, dejó tras de sí un bonito planisferio que se dio a conocer en la ciudad de Amberes en 1544. En él dejaba muestras de su fértil fantasía con dibujos de una fauna real e imaginaria, así como de personajes fabulosos acompañados de relatos tomados de fuentes medievales.

Dice José María González Ochoa en su pequeña biografía para la RAH: «Sebastián Caboto señala en dicho mapa que su padre tocó tierra en Norteamérica unos cincuenta grados latitud norte, mientras que los demás cosmógrafos, entre ellos Juan de La Cosa y Diego Ribero, siempre lo situaron diez grados más al norte. Se ha especulado que quizá esto fue intencionado para apoyar las reclamaciones británicas sobre esta zona de Canadá frente a las pretensiones galas. También Caboto señala la presencia del navegante francés Jacobo Cartier en la zona en 1534. Para la parte sur de Norteamérica, el cosmógrafo se basó en las transcripciones de los exploradores de las expediciones de Francisco de Ulloa (1539) y de Coronado (1540-1542). Dibuja la baja California como una península, al igual que la desembocadura del río Colorado.
La parte mejor trazada es la del Río de la Plata, territorio explorado por él.
Por el contrario, y aunque parezca extraño, el continente con más errores en su diseño es Europa, pues la mayoría de sus delineaciones están equivocadas».

Cansado de pleitos y de inactividad, pues Diego García de Moguer le planteó pleito por haber entrado en lo que consideraba su jurisdicción, así como parientes y viudas de algunos de los marineros que jamás regresaron, en 1544, Sebastián Caboto marchó a Inglaterra, donde continuó sus actividades náuticas y comerciales al servicio del rey Eduardo VI. Murió en Londres en 1557 cuando preparaba un viaje a través del Ártico.

El viaje de Sebastián Caboto a través del Río de la Plata sirvió de inspiración de numerosas historias fabulosas que aún perduran en la memoria: Trapalanda, la Ciudad de los Césares, El Monte Blanco, Lucia Miranda.
En los mapas de aquella región del mundo siguió brillando un reflejo de plata durante mucho tiempo, un eco que empujó a otros a internarse una y otra vez por el Paraná y el Paraguay, convencidos de que la tierra escondía un secreto. Y quizá lo escondía. No el de los metales, sino el de la fascinación: esa fiebre de horizonte que hizo del Río de la Plata no un territorio, sino una promesa.

Fuentes: RAH, Sebastián Caboto

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