Sancti Spiritus -Primer asentamiento en las tierras del Río de la Plata-
El fuerte de Sancti Spiritus supone el primer asentamiento español documentado en el actual territorio argentino. Es un ejemplo temprano del modelo de puesto avanzado fluvial; un caso único donde confluyen presencia europea, resistencia indígena y exploración del interior.
El marino veneciano al servicio de Carlos I de España, Sebastián Caboto, durante la expedición que debía llevarlo por el estrecho de Magallanes hasta las Molucas, se dejó seducir por los relatos fantásticos sobre tierras de riqueza incalculable que contaban los supervivientes de expediciones anteriores. Tras encontrar al grumete Francisco del Puerto, sobreviviente de una de ellas, quien se ofreció a señalarle el camino hacia la ambicionada Sierra de la Plata, Caboto decidió desviarse con cerca de doscientos hombres. Navegó por el Río Paraná de las Palmas hasta la desembocadura del río Carcarañá, donde decidió construir un fuerte al que llamó Sancti Spiritus. El nombre se debía a que los trabajos quedaron terminados el 9 de junio de 1527, festividad de Pentecostés.

Hoy día, gracias a los estudios arqueológicos realizados en la zona, se sabe que la elección del lugar por Sebastián Caboto no fue accidental. Se trataba de un punto elevado en relación con los humedales circundantes que ofrecía visibilidad estratégica hacia el río Paraná que permitía controlar las rutas fluviales clave para acceder al interior del continente. El paisaje habría sido una mezcla de albardones, esteros y pastizales bajos, con vegetación de ribera compuesta por timbó, sauce, ceibo y espinillo.
El fuerte era un cuadrilátero empalizado construido enteramente con maderas duras —urunday, timbó, quebracho—, sin emplear piedra. Contaba con dos torres de observación en esquinas opuestas, un barracón central, un oratorio sencillo, un depósito de víveres y munición y un área destinada a guardar canoas. La empalizada, de 2,5 a 3 metros de altura, estaba formada por postes reforzados con barro y ramas entretejidas. Sobre la barranca lo rodeaba un foso de tres metros de ancho por cuarenta de largo, formando un semicírculo con palos a pique. Había dos torreones y, en su interior, una casa de tapias de madera con techo de paja que servía de cuartel general. Caboto incluso se hizo construir una estancia decorada con cueros repujados. Se trataba de un diseño típico para puestos temporales en territorios inestables.

Las excavaciones realizadas desde mediados del siglo XX —y de manera sistemática desde 2006— han revelado restos que confirman la presencia española del siglo XVI: clavos, herrajes y tachuelas de hierro forjado; piezas de ballestas, estribos y proyectiles, incluso dados; cerámica tosca española de almacenaje y cocina; restos náuticos como remaches de embarcaciones; y cuentas de vidrio empleadas en el intercambio con los pueblos originarios.
La documentación referida a la época —especialmente las Probanzas de Caboto y los relatos posteriores— junto con la evidencia arqueológica, muestran la interacción con los pueblos originarios con evidencias de varios pueblos implicados: timbúes (grupo chaná), habitantes tradicionales de la zona; con posibles visitas o incursiones de guaraníes desde el norte y grupos de querandíes asociados a movimientos por la ribera.
Las fuentes señalan una relación inicialmente amistosa. Los indígenas carcarañáes colaboraron en la construcción del poblado y en la siembra de trigo y cebada, las primeras realizadas en Sudamérica. Sin embargo, la convivencia derivó en conflicto. Las crónicas narran que en junio de 1529 los indígenas, aprovechando la ausencia de parte de la guarnición, asaltaron el fuerte y lo incendiaron. Las excavaciones actuales confirman un amplio nivel de incendio, madera carbonizada y una capa de abandono sin señales de reconstrucción. La correlación es inequívoca: el fuerte no fue abandonado, sino arrasado.
El único vestigio que perduró durante años fue una torre que se mantuvo en pie y que sirvió como referencia para posteriores intentos de ocupación. En 1573, Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba, trató de establecer en ese punto un puerto llamado San Luis como salida al litoral. Allí se encontró con Juan de Garay, que descendía desde Asunción con idéntica intención de abrir “puertas de la tierra”. Ninguno tenía autorización real definitiva, y Cabrera hubo de regresar a Córdoba, quedando la zona bajo jurisdicción de Garay y después del cabildo de Santa Fe.
En el siglo XVII, los franciscanos establecieron en el paraje una reducción de indígenas calchaquíes. Con la Argentina independiente, en 1891 se creó oficialmente el Puerto Gaboto, recibiendo la zona una notable inmigración europea, principalmente italiana. Finalmente, el 4 de febrero de 1942, el gobierno argentino declaró Lugar Histórico Nacional el sitio donde se alzó el fuerte.
El fuerte de Sancti Spiritus no fue un asentamiento efímero sin consecuencias, sino el primer intento documentado de ocupar y comprender el complejo territorio del litoral argentino. Representa un punto de contacto temprano entre culturas, un ensayo de colonización fluvial y un episodio fundacional cuya memoria —arqueológica, documental y simbólica— sigue iluminando el origen de la presencia hispánica en el Río de la Plata.
Para saber más:
Urbipedia. Archivo de archivo de arquitectura
