Portobelo -La joya imperial del Caribe-
|

Portobelo – Frontera entre dos mundos –

A orillas del mar Caribe, rodeada de selvas húmedas y montañas cubiertas de niebla, se alza Portobelo, uno de los enclaves más significativos de la América española. Su historia está hecha de riquezas y pólvora.

La bahía donde se asienta Portobelo fue avistada por Cristóbal Colón en su cuarto viaje, el 2 de noviembre de 1502. De incomparable belleza, el mismo inmortal marino la bautizó como «Porto Bello».

Oficialmente, la ciudad fue fundada en 1597 por Francisco Velarde y Mercado. Portobelo nació para sustituir a Nombre de Dios, el primer puerto del istmo que, asediado por enfermedades y piratas, pronto se volvió inhabitable. El nuevo emplazamiento, protegido por su bahía natural, ofrecía un refugio seguro para los galeones de la Flota de Indias.

Durante más de dos siglos, Portobelo fue el punto neurálgico por donde pasaban toneladas de plata extraída de las minas de Potosí. Desde Lima y Panamá la Vieja, las recuas de mulas cruzaban la selva del istmo para descargar metales y mercancías de toda índole en sus almacenes. Allí, cada año se celebraban las famosas Ferias de Portobelo, que reunían a mercaderes, funcionarios, aventureros y marineros. Durante semanas, la pequeña ciudad bullía con idiomas, contratos, cargamentos y fiestas.

Portobelo -Frontera entre dos mundo-
Fuerte de San Jerónimo

Para proteger semejante flujo de riqueza, España levantó un formidable cinturón de fortalezas: los castillos de San Felipe, San Jerónimo, Santiago de la Gloria y San Fernando, cuyas murallas aún miran al mar. Pese a todo, Portobelo no se libró de la codicia de los europeos: corsarios ingleses como Francis Drake —quien, según una conocida leyenda, murió frente a sus costas y fue enterrado en el mar— y Henry Morgan la saquearon más de una vez. Cada cañonazo, cada asalto pirata, forma parte de la leyenda.


La guerra del Asiento, un conflicto bélico que duró de 1739 a 1748, en el que se enfrentaron las flotas y tropas de Gran Bretaña y del Imperio español principalmente en el área del Caribe, fue la causa de la decadencia de la ciudad.

​Portobelo fue la primera plaza atacada en esa guerra por el almirante Vernon, que obtuvo una fácil victoria. Eufórico por ello o tal vez furioso porque no encontró ni rastro del oro que debía guardarse allí (pues había sido enviado de vuelta a Perú, en previsión de un ataque británico), Vernon ordenó entonces la destrucción sistemática de la ciudad. La labor se prolongó de forma impune durante meses. Los tres castillos fueron demolidos hasta los cimientos, los cañones desmontados y arrojados al mar, e incluso se destruyeron los baluartes del fuerte San Lorenzo junto al río Chagres. Tras esto, los buques ingleses levaron anclas y regresaron a Jamaica.

Como consecuencia se modificó la ruta de la Flota de Indias. A partir de entonces la mayoría de los cargamentos procedentes de Perú se dirigieron directamente a las actuales Colombia y Venezuela, sin recalar en Panamá. También hubo un cierto aumento del tráfico que partía de Lima y llegaba a España tras bordear el Cabo de Hornos y hacer escala en Buenos Aires.

Portobelo - Frontera entre dos mundos-
Ataque británico

Así fue como, con la decadencia del sistema de flotas y el auge de nuevas rutas comerciales en el siglo XVIII, la importancia de Portobelo se fue apagando. El tráfico se desplazó a otros puertos y la ciudad, poco a poco, quedó adormecida entre la jungla y la sal marina. Hoy, sus fortalezas, declaradas Patrimonio de la Humanidad, resisten la humedad y el musgo como testigos silenciosos de un tiempo de galeones y tesoros.

Pero Portobelo no es solo piedra y leyenda. Al llevar los españoles sus costumbres y tradiciones, trajeron con ellos su religiosidad popular, dejando grabada en las raíces de un pueblo que comenzaba a surgir la devoción a los santos y a la pasión de Cristo. Como muestra de ello, cada 21 de octubre, miles de devotos llegan a venerar al Cristo Negro, una talla milagrosa que, según la tradición, apareció flotando en sus aguas. Entre tambores y letanías, los peregrinos reavivan la memoria de un puerto que fue frontera entre dos mundos.


Portobelo -Frontera entre dos mundos-
El Cristo Negro de Portobelo

Y cuando cae la tarde y el sol se hunde tras las murallas, todavía parece posible escuchar, entre la bruma y el murmullo de las olas, el eco lejano de un cañón o el susurro de una vela al viento, recordándonos que Portobelo sigue vivo, y es todavía el guardián de un pasado que se resiste a morir.


Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *