Lima -La Ciudad de los Reyes-
Los siglos han convertido a Lima en un corazón antiguo que palpita entre el Pacífico y los Andes. Un lugar donde sus calles guardan el eco de los siglos, aromas de mercados y patios virreinales. Es un encuentro de luces y sombras, de historia y presente, de piedra tallada y parques que respiran. Un lugar donde cada rincón susurra secretos de conquistadores, poetas, navegantes y pueblos originarios que la hicieron viva. Lima no se limita a un mapa; es un latido urbano, un reflejo de mundos que se cruzan y perduran, un instante perpetuo entre el pasado y lo que está por venir.
Un año después de haber instalado la primera capital del Perú en la ciudad de Jauja, Francisco Pizarro se encontraba la mañana del lunes 18 de enero de 1535 en el centro del antiguo poblado en el valle del río Rimac. Alrededor de la mesa del escribano real se reunía una docena de españoles. Junto a ellos, los oficiales reales y los testigos, además de algunos pocos religiosos y los curacas indígenas locales, formando un grupo de alrededor de un centenar de personas.
El cronista, Pedro Cieza de León, señala las ventajas naturales del valle del Rímac —su fertilidad, su clima templado y su proximidad al mar—, pero la elección iba más allá de lo geográfico. Francisco Pizarro, al establecer la nueva capital lejos del Cuzco, consolidaba un orden político distinto, desvinculado del antiguo centro imperial y más conectado con las rutas marítimas hacia Panamá y España.
La fundación de la nueva ciudad terminó de consagrar el desplazamiento del poder, inaugurando una estructura administrativa que ya no dependía del prestigio del Cuzco, sino de la autoridad de la Corona y del control del litoral.
Eran las 11 de la mañana cuando Francisco Pizarro le preguntaba con voz potente a Taulichusco —curaca del Valle del río Rímac— si esta fundación le producía algún daño o perjuicio, y Taulichusco quedó callado. Retó también a cualquier español que conociera un motivo que impidiera el acto, a que lo mencionara; y al no encontrar más que silencio y conformidad, limó algunos trozos del madero con la punta de su espada y pronunció el nombre que tendría la nueva población: Ciudad de los Reyes, dijo, desde entonces “y para siempre jamás”. Así se firmaba el Acta de Fundación de la nueva capital de la Gobernación del Perú.

Sin embargo, el nombre indígena de Lima, que ya se usaba desde el principio, fue el que realmente adoptaron los habitantes. Venía derivado del río Rímac (río hablador), pronunciado Limac en lengua quechua. No hubo un decreto concreto ni una fecha específica que cambiara oficialmente el nombre: simplemente, “Lima” se fue imponiendo de forma progresiva durante el siglo XVI, hasta que desplazó por completo a “Ciudad de los Reyes” en el uso común y también en los documentos.
Según varias crónicas, durante la ceremonia de fundación, el propio Pizarro clavó el primer poste simbólico de la ciudad, marcando el centro del nuevo asentamiento.
Más tarde, participó directamente en el diseño inicial de la ciudad que, siguiendo el modelo urbano español de la época, ordenó fuese construida con un plano en cuadrícula. Este modelo se usaba en las muchas ciudades de Indias que se fueron fundando. El trazado facilitaba la organización del territorio, la defensa, la administración y el reparto de tierras. Hay quienes destacan que la rectitud de sus calles y su apertura permitía que corriera el aire con facilidad, con ello se intentaba paliar la propagación de las frecuentes epidemias y enfermedades.

Pizarro marcó el lugar de la Plaza Mayor de Lima (actual plaza central) como el corazón de la ciudad, que no se conformaba con ser un espacio urbano, sino el punto desde el cual todo debía organizarse: la justicia, la fe y el gobierno. Y esa intención se confirmó pocos años después, cuando se convirtió en capital del virreinato y comenzó a concentrar instituciones, decisiones y autoridad. Alrededor de esa plaza se habían reservado los edificios más importantes para las más sagradas funciones: la catedral, la casa del gobernador y el cabildo o ayuntamiento. Después de trazar las calles, se repartieron los solares. El propio Pizarro se quedó con un terreno junto a la plaza, donde más tarde se levantaría el actual Palacio de Gobierno del Perú. Para su desgracia, ese sería el escenario de su muerte, el 26 de junio de 1541, durante las guerras civiles entre almagristas y pizarristas.
Muy pronto, Lima se convirtió en el corazón del poder español en Sudamérica. En 1542, con la creación del Virreinato del Perú, la ciudad pasó a ser su capital, concentrando instituciones fundamentales como la Real Audiencia y el Arzobispado. Desde allí se administraban vastos territorios que se extendían por buena parte del continente.
Su vocación de ser un punto de integración social se evidenció en la creación de centros que atendían las necesidades de la vida cotidiana. Desde los primeros años de su fundación, junto a instituciones de gobierno y de fe, surgieron también espacios dedicados al cuidado de sus habitantes. Se crearon hospitales como San Andrés, Santa Ana, San Bartolomé o el Hospital de Caridad, destinado a la beneficencia, que daban forma a una red asistencial que reflejaba, al mismo tiempo, la preocupación por la salud y la estructura jerárquica de la sociedad virreinal.


