Bartolomé Ruiz -El otro lado de la Tierra-
La historia de la conquista del Perú no comenzó en tierra firme, sino mar adentro. Comenzó cuando un piloto, tras dejar atrás la línea equinoccial, supo leer en una balsa mercante el anuncio de un mundo organizado al sur de lo conocido hasta entonces.

Bartolomé Ruiz nació en Moguer (Huelva), en torno a 1482. Fue un marino experimentado, un piloto hábil que llegó a ser hombre de confianza de Francisco Pizarro en un momento crucial. No era un soldado impulsivo, sino un navegante técnico, prudente y observador. En una empresa donde la supervivencia era lo primordial y abundaban los hombres de espada, él era hombre de astrolabio y timón.
Entre 1524 y 1526, en el curso de las dos primeras expediciones organizadas desde Panamá hacia el sur, costeó con paciencia el litoral que hoy corresponde a Colombia y Ecuador. La navegación fue lenta y áspera: corrientes contrarias, temporales persistentes, escasez de víveres, encuentros con pueblos como los muisnes y enfrentamientos con otros que defendían su territorio con fiereza. En su descenso fue sembrando de nombres castellanos la abrupta costa: Punta de Manglares, el río Santiago, Puma Lagartos, Punta de Ostiones, islas del Corcovado, el cabo de San Francisco, el morro de Jama, la punta Pedernales.
En el segundo viaje, cuando la empresa empezaba a parecer una quimera más que un proyecto, Ruiz siguió explorando la costa mientras Pizarro permanecía en la Isla del Gallo.
Fue entonces, en el otoño de 1526, cuando el piloto comenzó a advertir un signo que solo un navegante atento podía comprender. Noche tras noche vio descender la Estrella Polar sobre el horizonte. Aquella luz era su medida y su norte, la cifra invisible que sostenía el rumbo. Hasta que llegó la noche en que la aguardó en vano. No apareció.
Al día siguiente midió la altura del Sol al mediodía. El cálculo confirmó lo que el cielo ya le había anunciado: habían cruzado la línea. Estaban en el otro lado del mundo. No dijo nada. No hacía falta. Sabía que habían dejado atrás el hemisferio conocido. Con él viajaba ahora la conciencia silenciosa de haber entrado en un ámbito distinto, donde ni siquiera el cielo era el mismo.
Ya al sur de la línea, pasó a la bahía de los indios Caráquez y a la de San Mateo, allí encontró a la población de Jocay, hoy Manta. Mar adentro, interceptó una gran balsa. En ella no encontró guerreros, sino comerciantes. No halló simples signos de subsistencia, sino tejidos finísimos, cerámica elaborada, metales trabajados con destreza y útiles propios de la navegación. Aquello no era el rastro de aldeas aisladas: era la señal inequívoca de una sociedad articulada, con redes comerciales, especialización artesanal y dominio técnico del mar.
Francisco de Xerez, en sus escritos, extractados en España por el Secretario del Emperador Carlos V, Juan de Sámano, describe con auténtica emoción tan sorprendente momento:
"Este navío -dice la relación-... tenía parecer de cabida de hasta treinta toneles; era hecho por el plan y quilla de unas cañas tan gruesas como postes, ligadas con sogas de uno que dicen henequén, que es como cáñamo, y los altos de otras cañas muy delgadas ligadas con las dichas sogas a do venían sus personas y la mercadería en enjuto, porque lo bajo se bañaba; traía sus mástiles y antenas de muy fina madera y velas de algodón... Traían muchas piezas de plata y de oro para el adorno de sus personas, para hacer rescate con aquellas con quien iban a contratar, en que intervenían coronas y diademas y cintos y puñetes y armaduras como piernas, y petos y tenazuelas y cascabeles y sartas y mazos de cuentas y rosicleres y espejos guarnecidos de la dicha plata, y tazas y otras vasijas para beber. Traían muchas mantas de lana y de algodón y camisas y al jubas y alcaceres y alaremes y otras muchas ropas, todo lo más de ello muy labrado de labores muy ricas, de colores de grana y carmesí y azul y amarillo y de todas otras colores, de diversas maneras de labores, y figuras de aves y animales y pescados y arboledas. Y traían unos pesos chiquitos de pesar oro, como hechura de romana, y otras muchas cosas; en algunas sartas de cuentas venían algunas piedras y pedazos de cristal y anime. Todo esto traían para rescatar por unas conchas de pescado de que ellos hacen cuentas coloradas como corales y blancas, que traían casi el navío cargado de ellas".

Este encuentro supuso el primer contacto documentado con el mundo andino desarrollado antes del desembarco formal. Ruiz no solo capturó la embarcación: tomó nota de todo, interrogó a los indígenas y comprendió que estaban ante algo mucho más grande. Delante de sus ojos había tecnología, comercio, arte, organización económica y navegación especializada.
Aquella información dio fundamento a la empresa. En ese momento el viaje dejó de ser una quimera para convertirse en la prueba de una realidad.
Más tarde, Ruiz siguió los pasos de los descubridores y ante ellos se fue abriendo la promesa del sorprendente reino del Perú. Por su esfuerzo recibió reconocimiento: fue nombrado piloto mayor del Mar del Sur y obtuvo un salario que quedó fijado en la Capitulación de Toledo, además del cargo de regidor perpetuo de Tumbes y el derecho de hidalguía. No partió con Pizarro en el tercer viaje inicial; aguardó en Nicaragua hasta reunir hombres y naves, y llegó después a Tumbes. Desde allí pasó a Cajamarca, donde realmente comenzó la conquista. Allí, con poco más de cincuenta años, le sorprendió la muerte, víctima de unas extrañas fiebres.

A pesar de ostentar reconocimientos por su valía como navegante, Bartolomé Ruiz nunca fue figura de gran protagonismo político. Su nombre quedó eclipsado por quienes firmaron capitulaciones o blandieron la espada, aunque sin su pericia marinera la empresa difícilmente habría prosperado.
En esa épica y violenta empresa que fue la conquista del Perú, Bartolomé Ruiz encarna otra dimensión: la científica y marítima. Observación, cálculo, orientación, paciencia. Sin aquel momento en el mar —sin la estrella perdida y sin la balsa interceptada— quizá la historia habría tomado otro rumbo.

