Catalina Bustamente -Maestra de América-
Reconocer hoy a Catalina Bustamante es hacer justicia histórica a la mujer que sembró las primeras letras en tierras americanas, cuando apenas todo acababa de comenzar.
Nacida en el pueblo de Llerena, provincia española de Badajoz. En mayo de 1514 partió para las Indias desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, según consta en Libro de asientos de pasajeros del 5 de mayo de 1514 de la Casa de la Contratación de las Indias.

«Pedro Tinoco e su mujer Catalina de Bustamante, e sus hijas María y Francisca e sus sobrinas María e Juana. Este día se registraron Pedro Tinoco, hijo del comendador Diego Tinoco e de Francisca Mexía, su mujer, vecinos de Llerena, e Catalina de Bustamante, su mujer, e María e Francisca, sus hijas, los cuales pasaron en la nao de que es maestre Diego Rodríguez Pepino, e María e Juana, sus sobrinas del dicho Pedro Tinoco».
El día que partió hacia el nuevo Mundo, Catalina era una mujer joven, casada con un hombre de origen judío, que, en vista del mal ambiente existente en torno a los conversos, decidieron buscar una nueva vida más allá del Atlántico. Acompañada de su familia y con una buena formación, inició un viaje lleno de promesas; con ella, cruzó el océano algo más que un nombre: llevaba consigo libros, paciencia, fe y un propósito claro. A su llegada en la isla de La Española, ejerció de maestra para las mujeres de las élites hispanas. Con el paso de los años, Catalina quedó viuda y, acompañada de sus dos hijas, María y Francisca, se trasladó al virreinato de la Nueva España, donde pronto se ganó el respeto y reconocimiento de las autoridades religiosas. El obispo Juan de Zumárraga, empeñado en la evangelización y educación de los nativos, propuso a Catalina para dirigir en Texcoco un colegio para niñas. En palabras del propio obispo, era una persona «honrada, honesta, virtuosa, de muy buen ejemplo». Este proyecto fue idea del franciscano Toribio de Benavente, Motolinia, uno de los Doce Apóstoles de México que, a petición de Hernán Cortés, llegaron desde España con el fin de evangelizar las nuevas tierras conquistadas.
Catalina, acompaña de un grupo de mujeres elegidas, se dedicó a la formación religiosa, además de enseñar las costumbres y la lengua españolas. Más allá del aula, Catalina entendía la educación como una misión civilizadora, en el sentido más elevado del término: enseñar a leer, escribir, rezar y vivir en comunidad. No imponía, sino que transmitía con dulzura y firmeza. Unas cuatrocientas niñas indígenas se formaron en este colegio, entre las que estaban varias hijas del mismísimo Moctezuma.
Tuvo que afrontar difíciles problemas por el trato que se daba a las mujeres por aquel entonces. En mayo de 1529, en su propio colegio, dos niñas de catorce años fueron secuestradas por hombres al servicio de un alto cargo. Los esfuerzos de Catalina por liberar a las niñas toparon con los impedimentos de las autoridades virreinales, que llegaron a acusar a la maestra de proxeneta. Ella no dudó en mandar un escrito al rey Carlos I para ponerle al corriente de tales asuntos y pedir su protección. La protesta llegó a manos de la esposa del recién nombrado emperador, Isabel de Portugal, quien tomó cartas en el asunto y ordenó de forma inmediata la protección para las maestras bajo pena de diez mil maravedíes (unos dos mil euros) que serían entregados al colegio que dirigía Catalina. Desde entonces, la propia Isabel de Portugal se encargó de buscar nuevas maestras en España. Las elegidas gozaron de la protección de la emperatriz, quien además sufragó todos los gastos del viaje.
En su esfuerzo por proteger y educar a las niñas que seguían siendo insuficientes, Catalina viajó a España en 1535 para entrevistarse con la emperatriz Isabel. La propia Isabel de Portugal —esposa de Carlos V— organizó el envío de un grupo de maestras y beatas devotas desde conventos españoles, con el propósito de establecer escuelas y enseñar a niñas indígenas en la recién conquistada región del actual México, bajo la autoridad del obispo Zumárraga.
En este grupo de maestras pioneras figuraban nombres como Elena Medrano, Juana Graciano, Elvira Díaz de Olmedilla, María Ramírez, Juana Rodríguez, Magdalena de Urbina, Isabel Martínez, Gerónima Valmaseda, Juana Guerra, Elena de Loyola, Catalina de Muela, Isabel Pérez y Francisca de Velazco.
Se abrieron nuevos colegios en distintos territorios de Nueva España (Texcoco, Otumba, Xochimilco, Coyoacán, Tlamanalco, Cuautitlán…), donde hasta cuatro mil niñas nativas eran protegidas y educadas. No había distinción de clases sociales, ya que tanto jóvenes nativas como hijas de caciques eran atendidas en estos centros, que se mantenían de las donaciones aportadas por la nobleza india y por damas españolas.
En 1545 una terrible plaga, posiblemente de viruela, asoló los colegios, acabando con la vida de muchas niñas y maestras, incluida la propia Catalina de Bustamante. Podemos decir que el proyecto de las escuelas de Catalina finalizó con la muerte de esta en 1546, pero la semilla de la educación universal en tierras americanas quedó arraigada gracias a su generosa labor.

En la ciudad de Texcoco permanece viva su memoria. Una hermosa estatua la recuerda como «Maestra Catalina de Bustamante, primera educadora de América».
Catalina representa una de las tantas figuras olvidadas en la historia del Imperio español en América: mujeres que, sin buscar protagonismo, tejieron con paciencia la trama profunda del nuevo mundo mestizo que nacía. Su vida es testimonio del papel silencioso, pero fundamental que desempeñaron muchas españolas en la evangelización, la educación y la transmisión de valores durante la primera etapa de la colonización.
