Pedrarias -El hombre sin miedo-

 

“Don Pedro Arias no teme a nada,

ya murió y a la misma muerte venció”.


 

La catalepsia empezó a reconocerse como un trastorno allá por 1475, en la Traducción de El Libro de Proprietatibus Rerum de Bartolomé Anglicus:

«Estado caracterizado por la pérdida momentánea de la sensibilidad y de la movilidad que ocurre a causa de algún trastorno neurológico o de un estado hipnótico».

Normalizarla como algo posible entre el pueblo común debió costar decenas y decenas de años, por lo que, en torno al año 1500, el que alguien después de muerto se levantara de su tumba y volviera a la vida, sin duda, un hecho escalofriante, debía ser considerado una señal del cielo y al renacido como un elegido.


Y cuentan que Pedro Arias Dávila, en una de las muchas batallas que tuvo que sostener en su larga vida de militar al servicio de los reyes de Castilla, fue gravemente herido, dándole por muerto y como tal fue colocado en su féretro dispuesto a ser enterrado. Mientras se velaba el cadáver, un criado se dio cuenta de que el cuerpo se movía y alertó de que el muerto estaba vivo.

Ese hecho, sin duda, marcó la vida del Pedrarias y de cuantos le conocieron, pues, como un verdadero elegido, en 1514, y ya con más de sesenta años, atravesaba el océano con el nombramiento de nuevo gobernador de la Castilla del Oro en el Nuevo Mundo. Viajaba al frente de una enorme flota de veintidós barcos y más de dos mil personas. Con él lo hicieron muchos de los hombres que iban a grabar a fuego su paso por la historia: Diego de Almagro, Hernando de Soto, Fernández de Oviedo, Francisco de Montejo, Sebastián de Belalcázar, Bernal Díaz del Castillo, Francisco de Pizarro, Diego de Almagro o Hernando de Soto…

En la nave capitana viajaba el nuevo gobernador y en la bodega, como si fuera un precioso talismán, fue cargado con extremo cuidado el féretro sobre el que había descansado como un fiel compañero capaz de devolverle a la vida cuantas veces fuera necesario.

Y cada año, en la fecha del aniversario de su segundo nacimiento, volvía ocupar el sitio en tan siniestro aposento para, inmóvil, escuchar su propia misa de réquiem. Acto seguido, se procedía al entierro, momento en que Pedrarias regresaba a la vida, seguramente enardecido y reafirmado en su convicción de ser un elegido por haber vencido a su propia muerte, para desesperación de muchos que tuvieron que sufrirle.

Pedrarias ha pasado a la historia de la conquista como un hombre sin alma, capaz de las mayores barbaridades que ejerció contra propios y extraños, siempre implacable enemigo de quienes se interponían en su camino. Hasta sus últimos años estuvo animado por una vitalidad y una fuerza casi inexplicable para atravesar territorios inexplorados, dirigir sus propias guerras, luchar por sus intereses comprando voluntades. Al fin, murió en la ciudad de León de Nicaragua a la avanzada edad de 90 o 91 años, habiendo dejado tras de sí muchos malos recuerdos, pero también grandes pasos dados sobre un mundo que se abría con visos de insondable del que quería ser dueño y para ello, un rosario de ciudades salpicadas sobre las hermosas tierras del nuevo continente.

 

 



 

 

 

 

 

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