Americo Vespucio: El nombre de un Mundo Nuevo
Américo Vespucio ha sido durante siglos uno de los personajes más discutidos de los primeros tiempos americanos. El hombre que nunca descubrió América —se decía— había conseguido, sin embargo, que el continente llevara su nombre.
La acusación es antigua: Vespucio habría aprovechado los descubrimientos de otros para atribuirse una gloria que no le correspondía. Pero cuando se examinan sus viajes y, sobre todo, sus escritos, la historia resulta bastante más compleja.

Vespucio nació en Florencia a mediados del siglo XV y llegó a Sevilla en 1492. Allí entró en contacto con el mundo comercial y marítimo que estaba haciendo posible las expediciones atlánticas y quedó relacionado con Juanoto Berardi, uno de los principales colaboradores de Cristóbal Colón. No fue un navegante que apareciera de repente en América. Formaba parte de aquel ambiente sevillano en el que se preparaban barcos, se reunían mercancías y circulaban las noticias de las nuevas tierras. Su relación con los viajes de exploración es, sin embargo, uno de los aspectos más complicados de su biografía. Durante mucho tiempo se aceptó que había realizado cuatro viajes a América: dos bajo bandera castellana y otros dos al servicio de Portugal. Pero no todos están igualmente documentados. El supuesto viaje de 1497-1498 ha sido objeto de una larga controversia y no puede considerarse con la misma seguridad que los viajes de 1499-1500 y 1501-1502.
El hombre que escribe.
No conservamos una crónica original de Vespucio. Su voz nos ha llegado a través de cartas y relatos transmitidos en copias, cuya autenticidad no presenta siempre el mismo grado de seguridad. Ninguna de las cartas conservadas es autógrafa y algunas han sido objeto de dudas sobre su autoría. Entre los testimonios más importantes se encuentra una carta fechada en Sevilla el 18 de julio de 1500 y dirigida a Lorenzo di Pierfrancesco de Médici. En ella relata el viaje realizado entre 1499 y 1500 y describe las tierras, los habitantes y las costumbres que encontró. No conservamos el original, sino una copia manuscrita. Vespucio observa y describe. Habla de las tierras, de los hombres y mujeres que encuentra, de sus costumbres, de los animales y de aquello que le resulta desconocido. Su mirada sigue siendo la de un europeo del Renacimiento que intenta interpretar una realidad que no encaja fácilmente en los conocimientos heredados.
Pero hay una cuestión mucho más importante. ¿Qué eran aquellas tierras? Cristóbal Colón había muerto convencido de haber alcanzado las proximidades de Asia. La gran dificultad de los primeros años no consistía únicamente en recorrer aquellas costas, sino en entender dónde estaban. Las experiencias de Vespucio, especialmente durante el viaje portugués de 1501-1502, contribuyeron a difundir una interpretación decisiva: aquellas tierras podían no formar parte de Asia, sino constituir una realidad geográfica desconocida para los europeos.
Es aquí donde aparece uno de los textos más famosos relacionados con su nombre: Mundus Novus. El texto se difundió a comienzos del siglo XVI bajo el nombre de Vespucio y tuvo una enorme repercusión. Pero su historia textual obliga a ser prudentes. La versión que conocemos procede de una traducción latina de una carta italiana que no se conserva, y la transmisión del texto ha sido objeto de discusión. No obstante, la idea que difundió fue decisiva: aquellas tierras podían ser consideradas un Nuevo Mundo.
La expresión tendría una fortuna extraordinaria. Vespucio había contribuido así a cambiar la pregunta. Ya no se trataba solamente de saber qué parte de Asia había encontrado Colón. Había que preguntarse si, al otro lado del océano, existía algo que los europeos desconocían por completo.
En 1504 apareció otro de los textos fundamentales atribuidos a Vespucio: la llamada Carta Soderini, dirigida a Piero Soderini y conservada también en copias. En ella se narran cuatro viajes y aparecen episodios que alimentaron durante siglos la imagen de Vespucio como gran descubridor. Pero precisamente este texto es uno de los que más problemas ha planteado a los historiadores por su transmisión y por la dificultad de comprobar algunos de sus contenidos.
Y entonces sucede algo que Vespucio probablemente no pudo imaginar.
En 1507, en la pequeña abadía de Saint-Dié-des-Vosges, en Lorena, un grupo de humanistas preparaba una obra destinada a explicar la nueva geografía del mundo. Jean Basin de Saudaucourt, poeta, tradujo la carta de Américo al latín; Matías Rigmann preparó la introducción Martín Waldseemüller confeccionó el mapa.
La «Cosmographie Introductio», salió de las prensas el 25 de abril de 1507 después de un largo trabajo en equipo. El libro se compone de un prólogo, un epílogo y nueve breves capítulos. En el capítulo noveno se halla la célebre frase, que se considera como el acto de bautismo del Nuevo Continente:“Más ahora que esas partes del mundo (Europa, Asia, África) han sido ampliamente exploradas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vesputio (como se verá por lo que sigue), no veo razón para que no se le llame América, es decir, la tierra de Américo, por Américo su descubridor, hombre de sagaz ingenio, de la misma manera que Europa y Asia han recibido ya sus nombres de mujeres”.

La Cosmographiae Introductio, estaba acompañada por un gran mapa del mundo. Y en ese mapa aparece, por primera vez en un documento conocido, un nombre nuevo: America.
Waldseemüller explica la elección del nombre en reconocimiento a Américo Vespucio y a su comprensión de que las nuevas tierras constituían un continente distinto. El mapa de 1507 representa además, por primera vez de manera clara, un hemisferio occidental separado de Asia y el Pacífico como un océano independiente.
No fue Vespucio quien decidió llamar América al continente. Fue Waldseemüller.
Y tampoco fue una decisión tomada porque Vespucio hubiera sido necesariamente considerado el principal descubridor. La razón que los autores de Saint-Dié ofrecieron estaba relacionada con el papel que atribuían a sus escritos en la comprensión de la nueva geografía.
La historia, sin embargo, todavía guardaba una última ironía. Waldseemüller revisó posteriormente su posición y dejó de utilizar el nombre América en algunos de sus mapas de 1513 y 1516. Pero para entonces el nombre ya había comenzado a circular. El mapa de 1507 había hecho algo que resultaría irreversible: había puesto un nombre sobre una realidad geográfica que Europa todavía estaba aprendiendo a comprender.
Y aquí vuelve la pregunta inicial. ¿Fue Américo Vespucio un fraude?
Hay razones para desconfiar de algunos de los relatos que circularon bajo su nombre. Hay viajes cuya historicidad se discute y textos cuya transmisión plantea problemas. No podemos tratar todos sus escritos como si fueran igualmente seguros. Pero tampoco resulta razonable reducirlo a un impostor. Sus viajes documentados existieron. Sus cartas forman parte de los primeros testimonios europeos sobre las nuevas tierras. Y sus relatos contribuyeron a una transformación fundamental de la geografía europea: la comprensión de que aquello que estaba apareciendo al otro lado del Atlántico no podía explicarse simplemente como una prolongación de Asia.
La historia del nombre de América, por tanto, no es la historia de un hombre que se apropió de un descubrimiento. Es la historia de viajes, cartas, traducciones, mapas e interpretaciones.
Pero Vespucio no terminó su relación con la navegación americana en los viajes. En 1508 fue nombrado piloto mayor de la Casa de Contratación de Sevilla. Desde ese puesto tuvo que examinar y graduar pilotos, revisar cartas e instrumentos y trabajar en la elaboración del Padrón Real. El hombre cuyas cartas habían contribuido a cambiar la imagen del mundo pasó así a participar también, desde una posición oficial, en la construcción de la cartografía de la Monarquía.
Colón abrió el camino. Vespucio ayudó a comprender que aquellas tierras podían ser un mundo diferente. Y Waldseemüller les dio un nombre: América. Un nombre que Vespucio nunca eligió para sí mismo, pero que terminó convirtiéndolo, para siempre, en uno de los protagonistas de la historia del Nuevo Mundo.
Fuentes:
RAH: Amerigo Mateo Vespucci
Biblioteca del Congreso de EEUU
Lecturas recomendadas

Una investigación controvertida que plantea una interpretación muy crítica de la relación entre Américo Vespucio y Martin Waldseemüller y cuestiona el proceso por el que el continente terminó recibiendo el nombre de América.
Durante siglos, Vespucio cargó con la acusación de haberse apropiado de un descubrimiento que no le correspondía. La historia quiso convertirlo en el hombre que robó a Colón la gloria de haber descubierto América. Pero la realidad es bastante más complicada. Y, como tantas veces ocurre en la historia, son sus propios escritos los que terminaron complicándolo todo.
Existe, además, una curiosa teoría alternativa según la cual el nombre de América podría proceder de Amerrique o Amerique, una cordillera de Nicaragua. La hipótesis ha tenido defensores, pero nunca ha podido demostrarse. La explicación tradicional sigue vinculando el nombre a Américo Vespucio y, sobre todo, a la interpretación que de sus escritos hicieron en 1507 los hombres que trabajaban en la abadía de Saint-Dié, en Lorena.

Américo Vespucio nació en Florencia en 1454, en el seno de una familia relacionada con los círculos mercantiles y políticos de la ciudad. Llegó a Sevilla en los años finales del siglo XV y allí entró en contacto con el mundo de la navegación atlántica. Su relación con el florentino Gianotto Berardi, dedicado al comercio y al apresto de expediciones, le permitió conocer de cerca la empresa colombina. Vespucio intervino en el apresto de la segunda expedición de Colón, que partió de Cádiz en septiembre de 1493. A partir de entonces quedó vinculado al mundo de las navegaciones atlánticas y, posteriormente, a las empresas de Castilla y Portugal.
Y aquí comienza el problema porque sabemos que Vespucio participó en viajes al Nuevo Mundo, pero cuántos hizo exactamente y qué ocurrió en cada uno de ellos ha sido durante siglos objeto de discusión.
La tradición de los cuatro viajes que se le atribuyen procede fundamentalmente de la llamada Carta Soderini, mientras que otras cartas ofrecen versiones diferentes y, en algunos casos, mucho más seguras documentalmente.
Además, los documentos originales de Vespucio no han llegado hasta nosotros en su totalidad. Las cartas manuscritas dirigidas a Lorenzo de’ Medici —las de Sevilla de 1500, Cabo Verde de 1501 y Lisboa de 1502— son consideradas generalmente auténticas y constituyen una de las bases más sólidas para reconstruir sus viajes. En cambio, otros textos, especialmente los impresos que difundieron su fama por Europa, han suscitado una larga controversia sobre su autoría, transmisión y contenido.
Y aquí es donde comienza la historia que nos interesa: las cartas. Dos textos impresos que tuvieron una importancia extraordinaria en la construcción de la imagen de Vespucio.
El primero fue el Mundus Novus, publicado a comienzos del siglo XVI y atribuido a Vespucio. El texto relata el viaje realizado bajo bandera portuguesa entre 1501 y 1502 y describe las tierras que había encontrado en la costa de Brasil. Pero hay algo mucho más importante: Vespucio afirma encontrarse ante un mundo nuevo. La expresión tenía una trascendencia enorme. Colón había muerto sin abandonar completamente la convicción de que las tierras que había encontrado pertenecían a Asia. Vespucio, en cambio, presenta aquellas tierras como algo diferente, como una realidad geográfica que no encajaba en el mundo conocido. No era solamente una nueva tierra, podía ser un nuevo mundo.
El segundo texto fue la llamada Carta Soderini, publicada posteriormente y atribuida a Vespucio. En ella aparece el relato de cuatro viajes al Nuevo Mundo: los dos primeros bajo la autoridad de los Reyes Católicos y los otros dos al servicio de Portugal. Pero precisamente esta carta es una de las piezas más discutidas de toda la tradición vespuciana. Algunos de los viajes que relata, especialmente el primero de 1497, han sido objeto de una larga controversia y no pueden aceptarse hoy sin reservas como una autobiografía fiable. Y, sin embargo, el texto tuvo una influencia extraordinaria. Porque las palabras de Vespucio empezaron a viajar por Europa.
Y entonces llegó América.
En 1507, en la pequeña abadía de Saint-Dié-des-Vosges, en Lorena, un grupo de humanistas preparaba una obra destinada a explicar la nueva geografía del mundo. Jean Basin de Saudaucourt, poeta, tradujo la carta de Américo al latín; Matías Rigmann preparó la introducción Martín Waldseemüller confeccionó el mapa.
La «Cosmographie Introductio», salió de las prensas el 25 de abril
de 1507 después de un largo trabajo en equipo. El libro se compone de un prólogo, un epílogo y nueve breves capítulos.
En el capítulo noveno se halla la célebre frase, que se considera como el acto de bautismo del Nuevo Continente:

“Más ahora que esas partes del mundo (Europa, Asia, África) han sido ampliamente exploradas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vesputio (como se verá por lo que sigue), no veo razón para que no se le llame América, es decir, la tierra de Américo, por Américo su descubridor, hombre de sagaz ingenio, de la misma manera que Europa y Asia han recibido ya sus nombres de mujeres”.
El mapa, recortado y pegado sobre una esfera, debía de dar la idea exacta del globo terrestre.
La divulgación del nombre de América se debió, más que al texto impreso de la carta de Soderini, al mapa que dibujó Waldseemüller. Y las voces corrieron como la pólvora…
Pero hay una ironía extraordinaria en esta historia. Vespucio no fue quien llamó América al continente. Fue Waldseemüller quien propuso el nombre, basándose en la imagen de Vespucio que le habían proporcionado sus escritos. Y tampoco Waldseemüller mantuvo siempre aquella opinión. Años después, al revisar sus conocimientos geográficos, retiró el nombre América de sus mapas, probablemente porque había comprendido que atribuir el descubrimiento de aquellas tierras a Vespucio era un error. Para entonces, sin embargo, el nombre ya había comenzado a difundirse y terminaría imponiéndose. El destino había hecho su trabajo. El hombre detrás del nombre ¿Fue Vespucio un impostor? La respuesta sencilla que durante mucho tiempo se dio por buena resulta hoy demasiado fácil.
Vespucio navegó. Estuvo en América. Escribió sobre lo que vio. Algunas de sus cartas son testimonios fundamentales de los primeros viajes europeos por las costas americanas. Y, sobre todo, sus escritos contribuyeron a que algunos europeos comprendieran que aquellas tierras no podían explicarse simplemente como una prolongación de Asia. Pero también es cierto que la tradición literaria construida alrededor de Vespucio contiene exageraciones, problemas de transmisión y relatos cuya autenticidad o exactitud siguen siendo discutidos.
La verdadera importancia de Vespucio no está en convertirlo en el descubridor que arrebató la gloria a Colón. Colón descubrió unas tierras que creyó pertenecientes a Asia. Vespucio contribuyó, a través de sus escritos, a formular la posibilidad de que aquellas tierras fueran algo distinto. Y Waldseemüller convirtió esa nueva interpretación en un nombre. Así, casi sin proponérselo, una cadena de escritos, mapas e interpretaciones terminó dando nombre a un continente: América.
