El mito de la isla de California
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El mito de la isla de California

Los hombres que cruzaron el Atlántico en las primeras décadas del siglo XVI no solo llevaban consigo armas, herramientas y provisiones. También transportaban un imaginario alimentado por la tradición clásica, los relatos de Marco Polo, las leyendas medievales y las exitosas novelas de caballerías. En aquella época, los límites entre la geografía conocida, las noticias de los viajeros y la fantasía literaria no siempre estaban claramente definidos. Por ello, muchos exploradores creían posible encontrar islas fabulosas, ciudades ricas en oro o reinos gobernados por amazonas. Visto así, no resulta extraño, por tanto, que algunos nombres nacidos en la ficción acabaran incorporándose a la geografía real.


El mito de la isla de California
El mito de la isla de California

Para California todo comenzó con una novela de caballerías. En 1510, Garci Rodríguez de Montalvo publicó Las sergas de Esplandián, continuación del Amadís de Gaula. En ella aparecía una isla fabulosa llamada California: «…a la diestra mano de las Indias, muy llegada al Paraíso Terrenal…» .

Entre 1533 y 1535, cuando los españoles comenzaron a explorar el noroeste de Nueva España, ese nombre literario acabó aplicándose a la isla que Fortún Jiménez creyó haber descubierto, y esa impresión inicial favoreció la identificación con la California imaginaria de la novela.

Sin embargo, pocos años después, Francisco de Ulloa, enviado por Cortés en 1539, recorrió el golfo de California y demostró que aquellas tierras estaban unidas al continente. Durante varias décadas, la cartografía española reflejó correctamente esa realidad. 


Mapa de todas la Indias -Nicolás de Cardona-

Lo verdaderamente sorprendente es que, a comienzos del siglo XVII, volvió a difundirse la idea de que California era una isla, a pesar de que algunos autores españoles siguieron defendiendo correctamente que California era una península. Antonio de Herrera y Tordesillas la representó unida al continente en su Descripción de las Indias Occidentales (1601), siguiendo la información procedente de Francisco de Ulloa. Años después, el navegante Nicolás de Cardona volvió a sostener esa misma idea en el mapa que acompañó su obra de 1632. Su mapa es muy interesante porque intenta corregir la idea de la insularidad. Es muy ilustrativo a la hora de explicar que la cartografía española inicialmente no consideraba California una isla.

Pero el error continuaba propagándose. La explicación más aceptada combina varios factores: las exploraciones del norte seguían siendo incompletas y  algunos relatos fueron interpretados de forma errónea. Por su parte, el carmelita fray Antonio de la Ascensión, que participó en la expedición de Sebastián Vizcaíno (1602-1603), elaboró mapas y descripciones que favorecieron la hipótesis insular. Incluso algunos mapas impresos en España de aquella época, acabaron adoptando la imagen de California como isla.

Esta fue la causa por la que, a lo largo del siglo XVII seguían apareciendo mapas en los que California figuraba completamente separada del continente. No fue un simple descuido. Era una hipótesis geográfica aceptada por muchos cosmógrafos de la época. Por eso encontramos la isla de California en atlas de enorme prestigio publicados en Ámsterdam, París o Londres.


El mito de la isla de California
Mapa del padre Kino -1705-

 La solución definitiva llegó gracias al jesuita, Eusebio Francisco Kino, conocido como el padre Kino. Fue misionero, cartógrafo y explorador, cuyas expediciones por Sonora y el norte de la Baja California demostraron que no existía ningún estrecho que separara California del continente.

Entre 1698 y 1701 recorrió repetidamente la región y en 1705 publicó un mapa en el que representó correctamente California como una península. A partir de entonces el mito comenzó a desaparecer, aunque algunos cartógrafos siguieron copiando mapas antiguos durante varias décadas.


En aquellos tiempos, la cuestión iba mucho más allá de una simple curiosidad cartográfica. Saber si California era una isla o una península condicionaba las rutas de navegación, las posibilidades de colonización y la búsqueda de un paso hacia el norte del continente.

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