Los papeles de Colón en el descubrimiento
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Los papeles de Colón en el descubrimiento

De los papeles de Colón solo ha llegado hasta nosotros una parte de lo mucho que escribió. Pero es una parte extraordinariamente reveladora: a través de esos diarios incompletos, cartas, relaciones, memoriales y anotaciones no solo podemos seguir sus viajes; podemos seguir también al hombre que los vivió y que necesitó dejar constancia de ellos.

Cristóbal Colón no fue solamente navegante y descubridor: fue también un observador atento y un cronista de sus propios viajes. Escribió mucho. Escribió mientras navegaba, cuando desembarcaba, cuando describía las nuevas tierras y cuando tenía que dar cuenta de sus descubrimientos ante los Reyes. Escribió sobre lo que veía y sobre lo que esperaba encontrar. Muchos de aquellos papeles se han perdido; otros sobrevivieron de manera fragmentaria, copiados, resumidos o utilizados por quienes tuvieron acceso a ellos. Gracias a esos testimonios podemos conocer hoy no solo una parte de lo que Colón vio durante sus viajes, sino también la mirada con la que contempló aquel mundo.

Aunque con todas las precauciones que exige leerlo, sus escritos constituyen uno de los testimonios fundacionales de la escritura europea sobre América. Su importancia es enorme porque muchas de sus observaciones fueron realizadas durante los propios viajes, en contacto directo con las tierras y los pueblos que iba encontrando.


Entre los documentos conservados ocupa un lugar fundamental el Diario del primer viaje (1492-1493), que ha llegado hasta nosotros principalmente a través del resumen que realizó Bartolomé de las Casas, y que permite seguir casi día a día la navegación, las tierras descubiertas y los primeros contactos con sus habitantes. Del segundo viaje proceden también diversas relaciones y cartas, algunas de ellas recuperadas gracias al Libro copiador de Colón, conservado en el Archivo General de Indias. Este manuscrito contiene nueve documentos, entre ellos siete cartas-relación relacionadas con sus cuatro viajes y dos cartas de carácter más personal, dirigidas a los Reyes Católicos.

Del tercer viaje, realizado en 1498, conocemos la llamada Relación del tercer viaje, dirigida a los Reyes Católicos y conservada a través de distintas tradiciones manuscritas. Del cuarto viaje, entre 1502 y 1504, ha llegado la extensa Carta de Jamaica, escrita el 7 de julio de 1503, uno de los documentos más personales y conmovedores de Colón.

Los papeles de Colón en el descubrimiento

Además se suman las cartas, memoriales e instrucciones que Colón escribió a lo largo de su vida: las cartas que anunciaron en Europa el descubrimiento, entre ellas las dirigidas a Luis de Santángel y Gabriel Sánchez; las enviadas a los Reyes; las relacionadas con la administración de La Española y los conflictos con Francisco Roldán; y la correspondencia mantenida con personas de su entorno, entre ellas Nicolás de Ovando, Juan Rodríguez de Fonseca, Juana de la Torre, Nicolás Oderigo, sus hermanos Bartolomé y Diego y, de manera muy especial, su hijo Diego.

No todos estos documentos han llegado de la misma manera. Algunos son originales autógrafos; otros son copias antiguas, transcripciones o fragmentos conservados por quienes tuvieron acceso a los escritos de Colón. También existen documentos considerados muy dudosos por algunos especialistas, como el llamado Memorial de la Mejorada, por lo que el corpus debe manejarse con las cautelas propias de una documentación transmitida de forma desigual.

Entre los manuscritos originales destaca el Libro de las profecías, comenzado hacia 1502 con la colaboración de fray Gaspar Gorricio y conservado en la Biblioteca Capitular y Colombina de Sevilla. En sus páginas Colón reunió textos bíblicos y patrísticos que le permitían interpretar su empresa como parte de un designio providencial. Junto a él, las apostillas y anotaciones manuscritas que dejó en los libros que leyó —entre ellos obras de Marco Polo y Pierre d’Ailly— permiten acercarse a sus lecturas, a sus cálculos y a las ideas geográficas y religiosas que guiaron su pensamiento.

Y existen, finalmente, cartas y otros documentos conservados en su propia escritura, entre ellos correspondencia dirigida a su hijo Diego y documentos relacionados con sus derechos y su familia, además de la institución de mayorazgo, el testamento y el codicilo.


Aunque la voz que hoy leemos en sus escritos de los distintos viajes no siempre nos llega directamente de su pluma, sino a través de una compleja transmisión documental, aparece el Colón observador que describe costas, vegetación, animales, recursos, distancias, corrientes, vientos y posibilidades de navegación. Proporciona algunas de las primeras descripciones europeas de los pueblos del Caribe: sus viviendas, aspecto físico, formas de intercambio, navegación, agricultura, adornos, armas, relaciones entre grupos, etc. Pero no es la voz de un antropólogo. Observa desde sus categorías mentales. Busca oro, interpreta costumbres, compara continuamente lo que ve con aquello que conoce y, sobre todo, está tratando de determinar qué utilidad pueden tener aquellos territorios para la Corona y para su propia empresa. Incluso de manera fragmentaria, sus escritos constituyen uno de los testimonios fundamentales de los primeros encuentros entre Europa y América.

«A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador [...] los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción; a la tercera la Fernandina; a la cuarta la Isabela; a la quinta la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo.»

Los papeles de Colón en el descubrimiento

Colón no describe solamente un mundo para Europa; intenta explicárselo. Ese es su verdadero papel como cronista. Hay una tensión permanente entre: lo que ve → lo que cree que está viendo → lo que quiere que los Reyes sepan. Y esa tensión hace que sus escritos sean muchísimo más ricos que una simple relación de descubrimientos. Por ejemplo, cuando describe la naturaleza exuberante, los ríos, las islas o los habitantes, aparece un observador extraordinariamente atento. Pero cuando intenta identificar geográficamente aquello que encuentra; sus interpretaciones pueden estar condicionadas por su convicción de que está en las proximidades de Asia.

 

Lo que se hace evidente es que Colón necesitó contar lo que estaba viendo, pedir, justificar, informar y también defenderse. Su correspondencia es, en cierto modo, el diario paralelo de su vida. En sus numerosas cartas, relaciones, memoriales e instrucciones a lo largo de sus viajes y de sus años al servicio de los Reyes Católicos puede observarse la evolución de su pensamiento, sus dificultades y su relación con la Corona. Y el cambio de un hombre que comenzó su aventura escribiendo desde el asombro y la certeza del éxito y que terminaría, diez años después, aislado y enfermo en Jamaica, escribiendo envuelto en el desconcierto, el cansancio y la desolación.

En la Carta a Luis de Santángel, escrita tras el primer viaje y difundida en 1493, Colón escribía: «Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje…». Sus palabras son fundamentales para comprender cómo se presentó en Europa el descubrimiento. Pero no es una crónica neutral. Colón está comunicando a Europa el éxito de su empresa. Regresa con la certeza del éxito y convencido de haber alcanzado las tierras orientales de Asia, con el entusiasmo de quien cree haber encontrado la respuesta a aquello que buscaba. Quizá por encima del navegante y del almirante, podemos imaginar —esta vez ya como interpretación— al hombre fascinado ante lo que acaba de encontrar y, al mismo tiempo, situado ante la magnitud de aquello que ha puesto en marcha. La paradoja es que nosotros sabemos hoy que estaba ante algo que él todavía no comprendía en toda su dimensión.

Por contraste, en la Carta de Jamaica de 7 de julio de 1503, ya no está alguien que acaba de descubrir un mundo, sino un Colón enfermo, aislado, acosado por dificultades y reclamando reconocimiento y ayuda. Las tormentas, el deterioro de los barcos, la enfermedad, el aislamiento y las dificultades de aquella expedición han transformado el tono de su escritura. Ahí está el hombre detrás del descubridor. El mundo sigue siendo inmenso, pero ahora también resulta desconcertante y difícil de abarcar. Y Colón, que había regresado para contar la gloria del descubrimiento, escribe para pedir auxilio. «Yo estoy tan perdido como dije: yo he llorado fasta aquí a otros: haya misericordia agora el Cielo, y llore por mí la tierra. En el temporal no tengo solamente una blanca para el oferta; en el espiritual he parado aquí en las Indias de la forma que está dicho: aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte…»

Diez años separan estas dos frases. En la primera, Colón escribe desde el regreso con la victoria entre sus manos; en la segunda, desde el aislamiento y la enfermedad. Entre ambas queda la historia de sus cuatro viajes, pero también la transformación de la voz de un hombre que pasó de anunciar un triunfo a pedir que alguien acudiera en su auxilio.

 

Para saber más: Relaciones y cartas de Cristobal Colón

Fuentes: Biblioteca Nacional de España, «Viajes de Cristóbal Colón». Borello, Rodolfo A., «Los diarios de Colón y el padre Las Casas», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 512, 1993, pp. 7-22. PARES — Portal de Archivos Españoles, documentación relacionada con Cristóbal Colón y el Archivo General de Indias. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Universidad de Salamanca, documentación digitalizada relacionada con la Carta de Jamaica.

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