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Ramon Pané: Un etnógrafo en el siglo XVI

La obra de Ramón Pané, «La Relación acerca de las antigüedades de los indios», demuestra que las primeras voces sobre América no fueron únicamente voces de conquistadores. Ramón Pané es alguien que intenta acercarse a la cultura indígena. Su voz es la de un hombre que puso su alma al servicio de algo que hasta entonces apenas se había intentado de aquella manera: escuchar a los habitantes del Nuevo Mundo para conocer cómo ellos mismos entendían su propio universo.

Ramón Pané, ermitaño de la orden de los Jerónimos, junto a Bernardo de Boyl y otros religiosos, en septiembre de 1493, viajó en la flota del segundo viaje a las Indias, que partió desde Cádiz hacia las nuevas tierras descubiertas. La flota la componían diecisiete barcos, mil quinientas personas y unas instrucciones reales muy precisas. 

Las instrucciones dadas a Colón el 29 de mayo de 1493 no dejaban dudas sobre uno de los objetivos de aquella nueva empresa: «por todas las vías y maneras que pudiere» debía procurar la conversión de los habitantes de las islas y Tierra Firme. Pero las mismas instrucciones ordenaban algo más: que los indígenas fueran tratados «muy bien e amorosamente», que hubiera entre ellos «mucha conversación e familiaridad» y que quienes los maltrataran fueran castigados.

En ese contexto llegó a La Española Ramón Pané. El propio Colón fue quien, viendo los muchos rituales y manifestaciones religiosas que poseían los indios de aquellas tierras, encargó al fraile que investigara sobre sus creencias y costumbres. Pané hizo algo que, para evangelizar, resultaba fundamental: intentó conocer primero aquello en lo que creían los hombres a los que debía enseñar. Aprendió su lengua, convivió con ellos y preguntó por sus dioses, sus relatos y sus ceremonias. 

Para poder realizar su cometido, Pané tuvo que aprender la lengua de los indígenas con quienes convivió durante largos períodos, en distintos cacicazgos, y llegó a entenderse con ellos lo suficiente como para recoger sus relatos sobre los dioses, el origen del mundo, los muertos y sus ceremonias religiosas. De aquella experiencia nació su obra: Relación acerca de las antigüedades de los indios.

Ramón Pané organizó su relato alrededor de sus mitos, sus dioses, sus ceremonias y sus explicaciones sobre el origen del mundo y de los hombres. Pero deja claro que habla principalmente de la isla de La Española, porque es la tierra que conoce directamente. En varios momentos reconoce las dificultades de su trabajo.

«Como los indios no tienen letras, ni escrituras, no saben contar bien estas fábulas, ni yo puedo escribirlas con exactitud. [...] todo lo que escribo es según me lo contaron, y por tanto, yo lo refiero como lo supe de los indios.» 

La obra comienza con las historias sobre el origen de los habitantes de La Española. Cuenta que la mayor parte de la población salió de una cueva llamada Cacibayagua, situada en la región de Caonao. Relata también cómo algunos personajes fueron transformados por el sol en piedra, árboles o animales. Después recoge el mito de Guaguyona, que abandona la cueva acompañada por las mujeres y deja atrás a los niños. Es un relato complejo, lleno de transformaciones: hombres convertidos en pájaros, niños convertidos en animales y seres sin sexo que finalmente se transforman en mujeres.
Pero Pané no selecciona únicamente aquello que le parece racional o comprensible. Conserva historias que para un europeo podían resultar extraordinarias o incomprensibles. Cuenta que el sol y la luna salieron de una cueva, situada en el territorio de un cacique llamado Maucia Tivuel.

Uno de los relatos más conocidos es el de Yaya y Yayael. «Hubo un hombre llamado Yaya [...] su padre lo mató, puso los huesos en una calabaza y la colgó en el techo de su casa [...] de ella salieron muchos peces grandes y pequeños...». Más adelante, la calabaza cae y se rompe, y el agua que contiene se extiende por la tierra: así explican los indígenas el origen del mar.
Ramón Pané: un etnógrafo en el siglo XVI
Ritual de la cohoba

Su investigación no se limita a «dioses y supersticiones»: intenta reconstruir una concepción completa de la existencia, incluyendo la muerte. Los muertos van a un lugar llamado Coaibai, situado en un extremo de La Española. Al mismo tiempo, recoge también las historias sobre su aspecto y sobre las apariciones de los muertos. 

Después entra en uno de los aspectos más importantes de la sociedad taína: los behiques, especialistas religiosos que ejercían funciones relacionadas con la curación, las ceremonias y la comunicación con el mundo sobrenatural. Describe sus prácticas, sus ayunos, sus ceremonias y el uso de la cohoba, un polvo que aspiraban mediante tubos y que tenía funciones rituales. Como observador directo: no solamente cuenta una creencia, sino que intenta explicar cómo se desarrolla una práctica religiosa. Aquí la Relación deja de ser simplemente una colección de mitos y empieza a convertirse en una descripción de un sistema religioso.

Pero hay otra parte fundamental de la obra a la que dedica capítulos específicos a los que él repetidamente llama «ídolos», porque está describiendo una realidad religiosa que trata de comprender desde su propia perspectiva cristiana. Se trata de los cemíes, objetos sagrados asociados a fenómenos atmosféricos y poderes sobrenaturales. Pané describe cómo se fabricaban, en madera o piedra, cómo se conservaban y qué historias los relacionaban. Pané no se limita a registrar sus nombres: deja constancia de la manera en que los taínos explicaban aquellas fuerzas de la naturaleza. Entre ellos está Guabancex , un cemí femenino relacionado con las tormentas: «Cuando Guabancex se encoleriza, dicen que hace correr el viento y el agua, echa por tierra todas las cosas y arranca los árboles». A su lado estaban Guatauva, su heraldo, y Coatrisquie, que gobernaba las aguas. 


El manuscrito original de Ramón Pané se ha perdido. La obra, sin embargo, no desapareció con él. Su contenido fue conocido por Pedro Mártir de Anglería y por Bartolomé de las Casas, que utilizaron partes del texto, y por Hernando Colón, que incorporó una versión extensa en la Historia del Almirante. Pero tampoco se conserva el manuscrito español de esta última obra: la Historia del Almirante fue publicada en Venecia en 1571, en traducción italiana de Alfonso de Ulloa. La Relación que hoy conocemos es, por tanto, el resultado de una compleja transmisión textual y de posteriores reconstrucciones.

La investigación actual considera «La Relación acerca de las antigüedades de los indios» la primera crónica monográfica disponible para el americanismo. Una especie de laboratorio temprano de los problemas que plantea conocer y transmitir culturas indígenas. La maravilla que representa este documento es que, por primera vez, una parte de la memoria indígena antillana entra en la escritura europea. Gracias a Pané, aquella memoria, que había vivido durante generaciones en la palabra, no desapareció. De algún modo, sigue viva.

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