Hernán Cortés frente al emperador
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Hernán Cortés frente al emperador

En algún momento de 1528, en Toledo, reino de Castilla, dos hombres que hasta entonces habían vivido en mundos inconcebiblemente distintos estuvieron frente a frente.

Hernán Cortés frente al emperador

Hernán Cortés frente al emperador

Carlos de Habsburgo y Hernán Cortés estaban vivos todavía cuando la historia ya había comenzado a convertirlos en gigantes.

Carlos, con menos de treinta años, no era simplemente heredero de un imperio ya constituido como una unidad. Había heredado y reunido una pluralidad de reinos, territorios y títulos, con leyes e instituciones diferentes que se extendían por Europa y, con la Corona de Castilla, que más allá de los mares conocidos, iba extendiendo sus posesiones por todo un enorme continente desconocido y nuevo.  Cortés había cruzado el océano sin más fortuna que sus sueños y su inteligencia. Con solo unos cientos de hombres, había entrado en el corazón de un sorprendente imperio poniendo sus tierras, sus hombres y sus riquezas bajo la Corona de Castilla.

Primer encuentro -Toledo, 1528-

Carlos conocía los mapas, los informes, las cartas que llegaban de aquel mundo recién incorporado a sus dominios. Cortés conocía sus caminos, sus ciudades, sus pueblos, sus montañas y sus mares. Había visto Tenochtitlan y hablado con Moctezuma; había contemplado su caída. Había combatido, negociado, pactado y gobernado. Era un hombre que podía adquirir al otro lado del océano un poder inmenso. Cuando llegó a España, no llegaba solamente un conquistador que reclamaba recompensas, llegaba alguien que podía contar al emperador cómo era un mundo que él no había visto jamás.

Y quizá por eso aquel encuentro tuvo algo singular: Cortés se encontraba ante el hombre de quien dependía todo cuanto había hecho: sus títulos, sus tierras, sus privilegios, su autoridad y hasta la memoria oficial de sus servicios necesitaban el reconocimiento de la Corona y él así lo esperaba. Carlos vio delante de sí a alguien que le resultaba extraordinariamente útil, pero tal vez y al mismo tiempo, lo que vio fue un hombre que podía ser potencialmente peligroso, precisamente por ese poder que podía hacer suyo. El emperador no podía permitir que ese poder quedara fuera de su control. Entre ambos habría, desde entonces, una relación difícil de definir. 

Fueron, durante años, servidor y soberano; conquistador y emperador; súbdito y señor. Pero, por encima de todo, fueron dos hombres que se necesitaban de una manera que ninguno de los dos podía ignorar.

Para cuando Cortés se presentó en Toledo con las pruebas de su triunfo, los mecanismos burocráticos de la monarquía ya habían comenzado a ejercer sus funciones de control en los nuevos territorios. Cortés, llegaba lleno de gloria, pero desde 1526, estaba sometido a un juicio de residencia por el ejercicio de su gobernación, con muchas reclamaciones y tensiones pendientes por determinar. A pesar de todo, en 1529, Carlos V reconoció su gesta y concedió a Cortés el marquesado del Valle de Oaxaca y una enorme jurisdicción señorial. Le reconoció también como capitán general de Nueva España y del Mar del Sur. Pero hubo algo que no le devolvió: el gobierno de la Nueva España. Aquella ausencia decía tanto como todas las gracias y mercedes concedidas. Carlos V había reconocido la grandeza de Cortés, pero había decidido que el hombre que había conquistado, aquello que el mismo conquistador nombró como la Nueva España, no sería quien la gobernase.

Quizá fue ahí donde comenzó realmente la distancia entre ambos. Cortés podía aceptar que el emperador fuese su señor, pero lo que le resultaría mucho más difícil sería aceptar que otros hombres, que no habían estado allí, decidieran sobre aquello que él había construido.


Con los privilegios concedidos, Cortés regresó a la Nueva España. Construyó su casa, sus tierras, sus barcos, exploró el Pacífico, buscó nuevos territorios. Incansablemente, intentó conservar la posición que consideraba merecida por sus servicios. Mientras Carlos V gobernaba un mundo cada vez más vasto y difícil. Europa reclamaba su atención: Francia, los príncipes alemanes, la Reforma protestante, Italia, Flandes, los turcos… Y al otro lado del océano, las Indias comenzaban a convertirse en algo tan grande que ya no podía depender de un solo hombre.

Año 1540: dos trayectorias vuelven a coincidir

Habían pasado más de diez años desde aquel primer encuentro. Carlos I y Cortés habían cambiado. El mundo también. Pero sus caminos volverían a cruzarse, aunque ya no con la misma cercanía ni con las mismas expectativas. Cortés regresó a Castilla a comienzos de 1540 acompañado de sus hijos. No volvía como el joven conquistador que había llegado a la corte en 1528. Era el marqués del Valle de Oaxaca, un hombre rico y famoso, pero también alguien que sentía que sus servicios no habían recibido la recompensa que merecían. Quería hablar con el emperador, defender sus derechos y reclamar por las decisiones tomadas en la Nueva España, especialmente por aquellas que afectaban a su autoridad y a sus intereses.

Carlos V tenía ante sí un imperio cada vez más complejo. Las Indias habían dejado de ser una empresa que pudiera descansar sobre la iniciativa de un solo hombre. La Corona necesitaba organizar, gobernar y controlar aquellos territorios mediante instituciones propias. Cortés, en cambio, seguía considerando que su experiencia y sus servicios le otorgaban un lugar que nadie podía ocupar de la misma manera. La distancia entre ambos no era solamente personal. Era también la distancia entre dos formas de entender el poder: la de quien había abierto aquellas tierras a la Corona y la de quien debía gobernarlas como parte de una monarquía inmensa.

En 1541, la expedición de Argel ofreció a Cortés una nueva ocasión de demostrar su fidelidad al emperador. Se incorporó a la empresa militar de Carlos I y cruzó el Mediterráneo acompañado de sus hijos. El hombre que había combatido en las tierras de México se encontraba ahora en una campaña contra una plaza del norte de África bajo dominio otomano.
Cortés frente al emperadorLas tormentas dispersaron la armada de Carlos I, las operaciones militares se vieron gravemente dificultadas y las tropas imperiales tuvieron que retirarse. Cortés, que había acudido esperando servir de nuevo a su soberano, no encontró allí el reconocimiento que buscaba. Según los relatos de la campaña, incluso intentó intervenir en algunas decisiones militares, pero su experiencia no fue aprovechada.

Hay algo profundamente revelador en aquella escena. El hombre que había dirigido una empresa extraordinaria al otro lado del océano se encontraba ahora en una expedición imperial en la que su voz apenas parecía contar. No sabemos si Carlos y Cortés llegaron a encontrarse personalmente durante aquellos días. Lo que sí sabemos es que, después de Argel, sus caminos dejaron de coincidir de manera significativa.


Cortés permaneció en Castilla. No tenemos constancia segura de que volviera a sentarse frente al emperador. Sí conservamos sus cartas, sus peticiones y sus reclamaciones. En ellas se percibe una relación que había comenzado con el reconocimiento de una empresa extraordinaria y que terminó marcada por la distancia y la decepción. 

El 18 de marzo de 1543, desde Madrid, volvió a escribir a su rey. En aquella carta solicitaba garantías para que sus reclamaciones fueran examinadas conforme a derecho y se respetaran las mercedes que le habían sido concedidas por sus servicios en Nueva España.

El 3 de febrero de 1544, desde Valladolid, escribía de nuevo. Sus palabras dejaban traslucir el cansancio de un hombre que había dedicado buena parte de su vida a la Corona y que se sentía desairado precisamente cuando esperaba recoger los frutos de tantos trabajos. Recordaba los servicios prestados, los peligros afrontados y la hacienda que había gastado. No era ya la voz del conquistador que anunciaba un mundo, sino la de un hombre que reclamaba que no se olvidara lo que había hecho.

Cortés ya nunca regresó vivo a la Nueva España, murió en Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547. Carlos V le sobrevivió más de una década. Para entonces, la obra de Cortés había adquirido una dimensión que ya no dependía únicamente de su relación con el emperador. El mundo que se había abierto al otro lado del océano era mucho mayor que cualquiera de los dos hombres.

Ellos habían abierto juntos, aunque desde lugares muy distintos, uno de los capítulos más extraordinarios de su tiempo. Después, cada uno tuvo que enfrentarse a las consecuencias de aquella empresa: Carlos, a la difícil tarea de gobernar un mundo inmenso; Cortés, a la amarga experiencia de comprobar que la gloria de sus hechos no le garantizaba el reconocimiento que esperaba. 
Los dos pertenecían ya a una historia mucho más grande que ellos mismos.

Para saber más
Cartas de Hernán Cortés al emperador Carlos:

*18 de marzo de 1543, Madrid: Archivo General de Indias, Patronato, 17, R. 25. Consultar en PARES.
*3 de febrero de 1544, Valladolid: Archivo General de Indias, Patronato, 16, N. 1, R. 19. Consultar en PARES.
Fuente historiográfica: Bartolomé Bennassar, «Carlos Quinto y Hernán Cortés».


 

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