Nativos de Indias

En este relato de Hernán Pérez de Oliva sobre el segundo viaje de los españoles al Nuevo Mundo, se ponen de manifiesto las intenciones de quienes se embarcaban rumbo a lo desconocido y, con toda crudeza, se narran los encuentros con los habitantes de aquellas tierras y sus sorprendentes costumbres: «Y así todas aquellas gentes de occidente, o por hambre o por venganza, no aborrece en la carne humana» .

 

Historia de la invención de las Yndias

-Segunda narración-

 

Los reyes, agradeciendo el gran servicio que de Colón habían recebido, quisieron que fuese almirante de toda su navegación y mandaron adornalle tres naves y quince carabelas, y en ellas mil y doscientos peones armados y algunos a caballo, y con ellos todos los artífices que para el edificio y uso de una ciudad es menester. En aquellas naves iban todas las simientes de yerbas, plantas y animales que nosotros más usamos, para que en aquella tierra estraña se multiplicasen y fuesen codiciosa a nuestros navegantes, si en ella el oro algún tiempo hobiese fin. Colón entonces, con otros muchos hombres de autoridad -que le siguieron movidos de ver las novedades grandes que él en España había contado-, partió de España año siguiente de la primera navegación, a mezclar el mundo y a dar a aquellas tierras estrañas la forma de la nuestra.

Y llegado a la isla del Hierro, partiendo de ahí al occidente, más inclinado al mediodía que primero por descubrir las islas de los caribes, después de veinte y dos días con próspero viento que siempre tenían, vieron una isla poblada de árboles y desierta de gente, y tan poblada estaba de árboles, que muy poco el suelo era descubierto. Pusiéronle Dominica por nombre y, siguiendo su navegación, poco después vieron lejos un Montealto, do guiando su camino hallaron una isla, la cual por relación de los intérpretes que el Almirante tenía supieron que era morada de los caribes. Y en ella vieron muchos pueblos pequeños, entonces desiertos de sus moradores, que por miedo habían huido de los pueblos, sino treinta muchachos y mujeres que huyeron de los nuestros por ampararse, según decían, de aquellas gentes que los habían preso en otras islas, a los muchachos para comerlos y las mujeres para perpetua servidumbre. Por información de los cuales supieron que los caribes, con esta sed de la sangre humana, en sus barcas de un leño navegaban más de trescientas leguas.

Nativos de Indias
Ferrer Dalmau

 

Después que más los nuestros se acercaron a aquellos pueblos, vieron puestas las casas en cerco y el espacio del medio vacío, do era su ayuntamiento y conversación, como en la plaza. En medio de la comarca de todos había una casa más grande que las otras y más adornada, do solían ellos celebrar sus fiestas. Son todos sus edificios de madera, cubiertos de hojas de palma y de otros árboles que para esto son buenas. A una punta de arriba fenece el edificio. En las casas había poco ornamento. Las camas eran tejidas a manera de red y colgadas con cuerdas de algodón, de que tienen abundancia. En el lugar de acostarse había cosas blandas. Vasos de tierra cocidos tenían para todos usos. Las viandas que para comer en el fuego habían dejado eran ansares y papagayos y carne humana en asadores. En los lugares do guardaban sus cosas de más precio hallaron huesos de hombres muchos, cuyas pequeñas piezas aguzaban y enjerian por hierros en su saetas. Así que en los cuerpos de los hombres han mantenimiento y armas aquellas gentes, que se apacientan en la representación de su muerte, diferentes de las bestias solamente en ser a los de su naturaleza más crueles.

Estas cosas ya vistas, anduvieron parte de la isla, muchos ríos y hermosos campos y cosas otras de deleite. De do tornando, dio el Almirante muchos dones a las mujeres que del cautiverio de los caribes habían habido y mandóles ir a donde pensase hallarlos, para que a ellos fuesen muestras de la humanidad de los nuestros y su magnificencia, en cuya confianza osasen los caribes venir. Cumplieron ellas el mandato con diligencia, y el día siguiente muchos de ellos vinieron a vista de las naos, do, ayuntados un poco de reposo, huyeron todos a unos valles de boscajes que cerca había, conociendo bien que a todo el género humano tiene merecido odio y deseo de venganza, aunque, sin abundancia tenían de oro, todas sus culpas pudieran redemir.

Pues partiendo el almirante de esta isla, que antes se decía Caracueria, le puso por nombre Guadalupe, por semejanza que con el nombre nuestro de Guadalupe tiene. Y pasando por otras muchas islas, do no decendió por no alongar el deseo que sus compañeros pensaba que ternían de él en la isla Española, vieron una de ellas en grandeza que las otras, do los intérpretes les dijeron que moraban solas mujeres, a las cuales iban los caribes cierto tiempo del año que constituido tenían. Y si antes o después de hombres son acometidas, métense en cavernas que para esto hacen en tierra y defiéndense con saetas, que muy ciertas saben tirar. Los hijos crían hasta que convalecen, y después los envían a sus padres, y las hijas retienen consigo. A esta isla dicen Matininó.

Cerca de ella vieron otra, cercada de altos montes. Supieron de los intérpretes que era rica y muy poblada. Esta nombraron Monserrate. De ahí pasando por otras muchas islas, puso nombre a la Redonda y a Samartín y el Antigua. Decendió después para haber agua en Ayay, isla que él nombró Santa Cruz, do en la costa vieron cuatro mancebos y cuatro mujeres que por lágrimas y señas demandaban socorro a los nuestros, y, después entendidos de los intérpretes, supieron de ellos que aquella isla era de los caribes, cuyos eran prisióneros, los cuales con miedo de los nuestros habían huído. Pero después vieron de las gabias una barca venir por la mar, que, siendo más cercana, conocieron ser de caribes, do venían ocho varones y mujeres otras tantas. Una de ellas era señora a quien todos acataban, y uno de los mancebo su hijo. Todos mostraban bien en el gesto las costumbres que usaban, según eran feos y fieros. Los nuestros les acometieron en un esquife, y ellos todos se defendieron con saetas emponzoñadas de tal manera, que una mujer mató a uno de los nuestros e hirió otro. Viendo este peligro en su tardanza, fueron los nuestros con tal ímpetu a la barca de los enemigos, que del encuentro la anegaron. Mas no por eso ellos perdieron la voluntad y confianza que tenían de defenderse, antes nadando tiraban con sus arcos como si en firme estuviesen, y así todos se ayuntaron en una peña que las aguas cubrían, donde, combatidos de los nuestros con mucha fuerza y diligencia que para ello pusieron, murió uno de ellos y fueron los otros presos, y entre ellos el hijo de la señora, herido en dos lugares. Y después que fueron puestos en la nave del Almirante, estaban con más ferocidad en la prisión que en libertad tenían.

Luego los nuestros desampararon esta tierra, y después de poco camino vieron tan gran multitud de islas, que con dificultad se podía poner discrimen entre ellas. Algunas parecían estériles y otras hermosas y de otros muchas maneras variadas, en las cuales ni consideraron número, ni decendieron los nuestros, por el peligro que había de navegar entre ellas, principalmente conmovido el mar como entonces estaba. A esta causa ninguna nombraron, más al sitio de ella llamaron Archipiélago. Y de ahí navegando llegaron a Burinechia, Isla que llamaron San Juan, fértil y muy poblada, do era un rey que toda la gobernaba, muy obedecido de su gente. Son estos grandes enemigos de los caribes, de quién son muy perseguidos, más, si son alguna vez vencedores, toman de ellos conforme venganza a la injuria que reciben: matanlos uno a uno y cómelos, siendo los otros presentes, porque en vida vean lo que de ellos ha de ser después de muertos. Y así todas aquellas gentes de occidente, o por hambre o por venganza, no aborrece en la carne humana. De esta isla decían que eran muchos de los que los nuestros libraron del poder de los caribes. Y siendo de noche, dos mujeres y un mancebo huyeron de las naves y se fueron a su tierra, con amor de la cual quisieron más otra vez entrar en el peligro de ser presos y comidos que con los nuestros tener seguridad.

El día siguiente decendieron los nuestros por agua a la isla, y no hallaron sino una casa principal y doce menores que la cercaban, desiertas todas de muchos días antes. Creyeron que por miedo de los caribes, a cuyo primer acometimiento estaban estos. De ahí navegando al occidente llegaron a la Española, con gran deseo de recrear los compañeros en comunicación de sus amistades y nuevas de España, y con reparo de sus faltas y galardón de sus trabajos.

 

Fuente: Historia de la invención de las indias. Historia de la conquista de la Nueva España. Hernán Pérez de Oliva. 

Edición de Pedro Ruiz Pérez

 

La Historia de la invención de las Yndias puede considerarse un primer ensayo literario

escrito en castellano, basado en una adaptación del relato latino de las Décadas De Orbe Novo de

Pedro Mártir de Anglería.


Este documento ha tenido una vida muy singular, ya que fue el propio Hernando Colón, hijo y biógrafo del Almirante Cristóbal Colón y gran bibliófilo, quien anotó en la ciudad de Sevilla en el año 1528 la entrega del manuscrito Historia de la invención de las Yndias de la mano de su autor, Hernán Pérez de Oliva. A la muerte de este, su sobrino, Ambrosio Morales, como heredero del autor, descartó de la publicación de las obras completas de Pérez de Oliva las incluidas en la Historia de la invención de las Yndias, aquí mencionadas. Más tarde, el documento que las contenía desapareció, seguramente en el siglo XVI. Y dicen los estudiosos del tema que «la aparición en fecha reciente de otra copia, han dado ocasión a que surgiera, y al fin se haya resuelto, un problema bibliográfico tan complejo y apasionante que en ciertos momentos cobra visos de novela policial».

La versión presentada en el libro aquí descrito y que fue editada a finales del siglo XX por Pedro Ruiz Pérez, ofrece una versión actualizada de la edición paleográfica que José Juan Arrom dio a conocer en 1965 en Bogotá, Colombia.

 


 

 

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