Francisco de Orellana y el río de las Amazonas
La figura de Orellana no es la del conquistador clásico que domina un territorio, sino la del explorador arrastrado por una geografía que supera cualquier cálculo humano.
Se sabe muy poco de los primeros años acerca de Francisco de Orellana. Nació en torno a 1511 en Extremadura. De esta región partían numerosos hombres a la búsqueda de un esplendoroso destino. Era pariente de la familia Pizarro, originarios de la localidad de Trujillo y, con ellos, siendo muy joven, se embarcó rumbo al Nuevo Mundo.

Francisco de Orellana aparece en la historia de la conquista como una figura intermedia entre la empresa militar del Perú y el descubrimiento geográfico más importante del siglo XVI en América del Sur: el curso completo del inmenso río Amazonas.
Pero antes de que esto sucediera, Orellana había participado en la conquista del Tahuantinsuyo, recibo encomiendas en la región de Guayaquil y Puerto Viejo y combatió en las guerras civiles del Perú, donde perdió un ojo. Fiel a Francisco Pizarro, tomó parte en la batalla de Las Salinas frente a Diego de Almagro. Sin embargo, su destino cambiaría cuando decidió unirse a la expedición de Gonzalo Pizarro hacia el este andino, en busca de lo que ya se había convertido en un mito: El Dorado y el País de la Canela que se suponía escondido en las selvas de las tierras orientales.

En 1541, junto a la expedición de Gonzalo Pizarro se internó en la Amazonía partiendo desde Quito. Pronto, hambrientos, exhaustos y acosados por continuos ataques indígenas, la empresa comenzó a deshacerse. El viaje fue extremadamente duro y difícil. Atravesaron la región de los Quijos sufriendo todo tipo de penalidades, una climatología adversa, y un territorio intrincado que impedía desplazarse con agilidad. El posterior descenso de las montañas hacia la cuenca del Amazonas no fue más fácil. El calor era asfixiante, envueltos en una atmósfera permanentemente húmeda, la fatiga se acentuaba. Finalmente, hallaron un arbusto semejante a la canela, del género Cinnamomum (la llamada «canela de Quito»), pero no era la canela de Ceilán, que era la apreciada en Europa. Además de su menor calidad, el aislamiento geográfico hacía inviable cualquier explotación comercial. La decepción por la supuesta «tierra de la canela» fue uno de los factores que empujó a Gonzalo Pizarro a seguir adelante.
En las proximidades del río Coca se hallaban agotados y sin alimentos, la única perspectiva en aquellos parajes parecía ser la muerte. Hambrientos, agotados y hostigados por los indígenas, construyeron una barcaza a la que llamaron, bergantín San Pedro, en que transportar a los heridos y los escasos pertrechos. Al cabo de mes y medio solamente habían avanzado medio centenar de leguas.
En este punto ocurre el giro decisivo: Orellana es enviado río abajo con un pequeño grupo de hombres para buscar alimentos y regresar. Pero el río no permitía el retorno. El curso del agua —enorme, poderoso, desconocido— les fue arrastrando hacia el este hasta convertir su misión temporal en un viaje irreversible. Ninguno de aquellos hombres podía imaginar que estaban descendiendo el mayor sistema fluvial conocido del planeta, una inmensa red de aguas que atravesaba el continente sudamericano de oeste a este.

A partir de ese momento, el relato de esta experiencia nos llega a través del dominico Gaspar de Carvajal, autor de la Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande. Es la fuente principal del viaje amazónico de Orellana. Describe toda la expedición desde dentro. La relación es compleja: Orellana y sus hombres entran en contacto con numerosos pueblos indígenas, a veces hostil, a veces comercial, siempre atravesada por la incomprensión cultural. Las vicisitudes, singladuras, distancias, accidentes, recepción de otras aguas, etc., pueden ser seguidas fácilmente por la lectura de lo que el dominico redactó poco después de concluir la expedición, probablemente a partir de apuntes tomados durante el viaje.
Cuenta fray Gaspar, que a ruego de sus hombres, Orellana accedió a proseguir, aguas abajo, hasta la desembocadura del gran río. Previamente, fue nombrado jefe por elección de los compañeros. Entre febrero y agosto de 1542, Orellana, con 57 hombres, descendieron el río. Para ello, tuvieron que construir una nueva barcaza hasta llegar al río Grande, Marañón o de Francisco de Orellana. El descenso fue fácil en cuanto a esfuerzo físico, pero lamentablemente hubo otros muchos inconvenientes a causa del calor, de la humedad, de los mosquitos y demás penalidades como la falta de alimentos, las zonas despobladas, las crecidas que les impedían desembarcar, así como al hostigamiento de los indígenas.
Durante su descenso atravesaron los territorios de numerosos pueblos indígenas. Pasaron por las tierras de los Irimaes, hábiles canoeros; por las del cacique Aparia; por las de los Omaguas y frente a las desembocaduras de grandes afluentes que iban aumentando el caudal del inmenso río.
El 12 de mayo llegaron a los dominios del cacique Machiparo. Tras un violento enfrentamiento lograron desembarcar y abastecerse de alimentos, pero los ataques no cesaron. A medida que avanzaban, nuevas canoas sustituían a las anteriores, manteniendo un incesante hostigamiento. La humedad había inutilizado la pólvora, por lo que los españoles apenas podían hacer uso de sus armas de fuego. En aquellos combates resultaron heridos dieciocho hombres y uno de ellos perdió la vida.
El 14 de junio tuvo lugar el episodio que acabaría dando nombre al mayor río del planeta. Según relata fray Gaspar de Carvajal, los expedicionarios combatieron contra un grupo de mujeres guerreras que luchaban junto a los indígenas con extraordinario valor y destreza. Aquella visión evocó las amazonas de la mitología clásica y terminó dando nombre al gran río. Durante el enfrentamiento varios españoles fueron heridos, entre ellos el propio Carvajal, que recibió una flecha que, según escribió, no le atravesó el cuerpo gracias a «las dobleces de los hábitos». En otro combate posterior estuvo a punto de perder un ojo y de morir.
Tras reparar de nuevo las embarcaciones y superar innumerables penalidades, Orellana y sus hombres alcanzaron finalmente el océano Atlántico el 26 de agosto de 1542, dejando al sur la isla de Marajó. Habían completado la primera navegación íntegra del río Amazonas, una hazaña que cambió para siempre el conocimiento geográfico de Sudamérica.
Habían transcurrido casi dos años desde que Orellana partió de Quito. El conquistador logró una hazaña irrepetible que, gracias a las notas recogidas y a los datos guardados por el dominico, proporcionaron una nueva dimensión de Sudamérica, situando toda la región amazónica en los mapas del mundo.
Su viaje marca un punto de inflexión: abre el conocimiento del Amazonas como sistema fluvial completo, revela la densidad poblacional de la selva, muy lejos del mito de vacío y muestra los límites reales del modelo de conquista del siglo XVI.
Pero la aventura aún no había terminado. Después de costear hasta la isla de Cubagua, en donde dejó a sus hombres, Orellana viajó a España y se presentó ante el Consejo de Indias para solicitar una encomienda de conquista con el fin de explorar y colonizar la región de la “Nueva Andalucía”.
Pero esta segunda empresa, compuesta por 4 barcos que, desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, partieron en 1544, estuvo mal preparada y atravesada por dificultades logísticas y políticas. Orellana muere de unas fiebres en 1546 en la desembocadura del Amazonas, sin haber podido consolidar su proyecto.
El nombre del río
Durante buena parte de su relato, fray Gaspar de Carvajal se refiere al río, simplemente, «el río Grande» o «el río de Orellana». De hecho, el propio título tradicional de la relación dice:
«…del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande que descubrió… Francisco de Orellana… y por el nombre del capitán que le descubrió se llamó el Río de Orellana«.
El origen del nombre, «río de las Amazonas» surgió a partir del episodio ocurrido en junio de 1542, cuando los expedicionarios afirmaron haber combatido contra mujeres guerreras que luchaban junto a los indígenas. Carvajal describe a estas mujeres como altas, valientes y hábiles con el arco. A partir de ese episodio comenzó a asociarse el gran río con las amazonas de la mitología clásica. Se trata de una interpretación discutida por la historiografía moderna, pero decisiva en la tradición posterior.
Lo interesante es que en la propia relación original el nombre no aparece todavía plenamente consolidado. Durante años coexistieron varias denominaciones: Río Grande. Río Marañón. Río de Orellana. Río de las Amazonas. Con el tiempo fue imponiéndose «Amazonas», precisamente por la enorme difusión de la narración de Carvajal y de los cronistas posteriores que recogieron la historia de aquellas guerreras.


