La Escuela Quiteña: La cumbre del Barroco
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La Escuela Quiteña: La cumbre del Barroco

En Quito, la fe no solo se predicó, se esculpió. De los talleres de sus escuelas surgió una forma de arte en la que lo europeo y lo indígena se entrelazaron hasta volverse indistinguibles, dando lugar a una de las expresiones más singulares del mundo virreinal: la llamada Escuela Quiteña.

El comienzo es muy temprano, cuando se funda la ciudad por Sebastián de Belalcázar en 1534, se ve la necesidad de enseñar a leer y escribir a indígenas y mestizos, así como el uso de los arados, las técnicas de siembra y recolección, pero sobre todo se impulsó el horneado de ladrillos para la construcción de casas y edificios en la naciente ciudad.

La tradición popular, sin base historiográfica, ni cronistas que lo mencionen, señala a un profesor, al que llaman Juan Griego, como la persona que inició esa labor de enseñanza. Pero es con la llegada de los franciscanos en torno a 1551 y en el contexto de la evangelización cuando la sencilla escuela da un gran paso en su crecimiento. En esa etapa destacan dos nombres: Fray Jodoco Ricke y Fray Pedro Gocial. Gracias a ellos se consolida la Escuela de Artes y Oficios de San Juan Evangelista.

Años más tarde, en 1565, el rey Felipe II recibe la petición de oficializar la escuela por parte del Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza. Con ese motivo, se dictó la Cédula Real que confería a la escuela el título de Colegio de Patronazgo Real. A partir de ese momento, queda bajo el patronazgo directo del rey quien asume su financiación. En dicha cédula quedó establecido que la escuela estaba destinada preferentemente para la formación de indígenas y mestizos. El patrocinio sostenido en el tiempo favoreció el crecimiento de los talleres y permitió que la actividad artística alcanzara un notable grado de especialización y continuidad.

Desde ese momento pasó a llamarse Colegio de San Andrés,
en reconocimiento al impulso del virrey del mismo nombre.

Escuela Quiteña: La cumbre del Barroco
Escuela Quiteña: La cumbre del Barroco

Su ubicación fue un recinto adyacente a la iglesia convento de los franciscanos. El colegio aportó buena parte de los oficiales y artistas que trabajaron en las grandes obras religiosas de Quito, entre ellas la iglesia de San Francisco, de enormes proporciones y de extraordinaria belleza tanto en el exterior como por el conjunto de obras que reúne en su interior. Se comenzó su edificación en 1535, ampliándose hasta el año 1650. Hoy en día constituye uno de los templos más grandes construidos en los territorios hispanoamericanos.


La Escuela Quiteña: La cumbre del Barroco
Iglesia de la Compañía de Jesús

Sobre aquellos talleres de enseñanza, entre los siglos XVI y XVII, fue desarrollándose, de manera casi natural, una de las expresiones artísticas más originales del mundo hispanoamericano: la Escuela Quiteña. No fue una institución en sentido estricto, sino una tradición nacida en talleres, conventos y centros de enseñanza, donde se formaron generaciones de artistas bajo la dirección de las órdenes religiosas.

La fusión cultural que se produjo es fundamental. A través de los profesores que traían desde Europa las técnicas pertenecientes a los movimientos culturales del renacimiento y el barroco, la sensibilidad propia de los pueblos indígenas crea un estilo propio de gran expresividad. Con el tiempo, los artistas quiteños desarrollaron una producción abundante en pintura, escultura y arquitectura religiosa. Sin embargo, su rasgo más distintivo no fue la mera repetición de modelos europeos, sino su reinterpretación.

Los maestros llegados de España introdujeron las técnicas del Renacimiento y del Barroco. Sobre esa base, artesanos indígenas y mestizos incorporaron su propia sensibilidad estética, dando lugar a un lenguaje artístico nuevo. Esto se traduce en un realismo emocional que se hace evidente en los rostros intensos de dolor, devoción o dramatismo. Especialmente en imágenes religiosas. Otro rasgo que la caracteriza es el uso de materiales locales como madera policromada, el pan de oro y los pigmentos americanos, provocando lo que se denomina: naturalismo “americano”. Las figuras religiosas tienen rasgos indígenas y la fauna y flora que se incorpora es local.


Escuela Quiteña
El Cristo Expirante -B. Legarda-

Muchas figuras brillaron con luz propia, reflejando el alto nivel alcanzado por esta tradición, cuyo prestigio se extendió por los territorios americanos y muy reconocido en toda Europa. Entre ellos, destacaron:

  • Bernardo de Legarda  autor de la famosa Virgen de Quito
  • Manuel Chili, conocido como Caspicara,  uno de los grandes escultores coloniales
  • Miguel de Santiago  referente en pintura religiosa

Durante el siglo XVIII, la Escuela Quiteña alcanzó su momento de mayor desarrollo, en paralelo a la consolidación del orden virreinal. Sin embargo, este impulso comenzó a debilitarse con las transformaciones políticas y económicas de finales de ese siglo y, sobre todo, con los procesos de independencia del siglo XIX. La ruptura del sistema virreinal supuso también el fin de las estructuras que habían sostenido aquella producción artística. La desaparición del patrocinio institucional, junto con los cambios en las formas de poder y en las necesidades sociales, provocó el progresivo declive de los talleres y de la tradición que los había alimentado.

La Escuela Quiteña no solo fue una manifestación artística, sino también el reflejo de un tiempo y de un orden. Su desarrollo estuvo ligado al mundo virreinal que la hizo posible, y su desaparición acompañó la transformación profunda de aquel sistema, dejando tras de sí una huella duradera en la memoria y en la imagen de la ciudad de Quito. Representa uno de los fenómenos culturales más interesantes de la América Hispana y muestra algo fundamental: el mundo virreinal no fue solo imposición, fue también creación nueva a partir del intercambio cultural.


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