Sebastián de Belalcázar – Inagotable conquistador-
Vendió todas sus pertenencias, compró dos bergantines y reclutó a setenta hombres, caballos y pertrechos. Partió de Nicaragua en mayo de 1532 y llegó a Puerto Viejo, donde se unió a la hueste de Pizarro, quien le confió el mando de la caballería, junto con su hermano Hernando y con Hernando de Soto. Fue así uno de los grandes conquistadores del Perú.
Sebastián de Belalcázar —o Benalcázar, como también aparece en numerosas fuentes— nació hacia 1490 en el seno de una familia humilde de campesinos. Su lugar de origen no está del todo claro: algunas crónicas lo sitúan en la villa castellana de Benalcázar, mientras que otras, como las recogidas por el Inca Garcilaso, lo vinculan con la población cordobesa de Belalcázar.
De sus primeros años apenas se conservan noticias seguras. Las crónicas hablan de una infancia dura, marcada por la muerte temprana de sus padres y por la necesidad de trabajar desde niño. Algunos relatos, transmitidos por Juan de Castellanos, cuentan que abandonó su hogar siendo aún joven, tras una disputa doméstica que le empujó a buscar fortuna lejos de su tierra.
Antes de unirse a la empresa del Perú, Sebastián de Belalcázar había recorrido casi todo el primer ciclo de la llegada española al Nuevo Mundo. Todo se inició hacia 1507 cuando emprendió viaje desde los puertos andaluces y llegó a la isla La Española, donde permaneció varios años. Aquel primer contacto con las Indias fue para él una etapa de aprendizaje y adaptación, antes de incorporarse plenamente a la empresa conquistadora.
En 1513 se trasladó a Tierra Firme, desembarcando en Santa María la Antigua del Darién, en el istmo de Panamá, en los años en que la región vivía la expansión de la gobernación de Castilla del Oro. Allí comenzó su verdadera formación militar y política bajo la influencia de Pedrarias Dávila, una de las figuras más poderosas y temidas de la primera conquista.

Belalcázar participó en diversas campañas de exploración y sometimiento del territorio, asistiendo al proceso de consolidación del dominio español en Panamá. En este periodo debió de presenciar también la pugna entre Pedrarias y Vasco Núñez de Balboa, que culminó con la ejecución de este último en Acla.
Su fidelidad a Pedrarias fue constante, lo que le permitió integrarse en las expediciones más relevantes de la gobernación.
Tomó parte en la fundación de Ciudad de Panamá en 1519 y en la expedición de Gaspar de Espinosa a la península de Azuero, donde obtuvo una encomienda en la recién fundada Natá de los Caballeros. Fue allí donde nacieron sus primeros hijos, fruto de su unión con mujeres indígenas de la región, y donde comenzó a tejer relaciones con Francisco Pizarro y Diego de Almagro, quienes marcarían profundamente su destino.
Su trayectoria continuó en Nicaragua, adonde fue enviado en 1523 dentro de la expedición de Francisco Hernández de Córdoba para asegurar el control de los nuevos territorios descubiertos. Participó en las fundaciones de León y Granada, y permaneció en la región durante varios años desempeñando cargos públicos, acumulando encomiendas y consolidando una posición de cierta relevancia dentro de los territorios de Centroamérica. Sin embargo, tras la muerte de Pedrarias en 1531, sus aspiraciones políticas se vieron frustradas. Al no obtener el gobierno interino de Nicaragua, comprendió que su horizonte se había estrechado de manera definitiva. Fue entonces cuando la llamada de Pizarro y las noticias sobre las riquezas del Perú le ofrecieron un nuevo destino.
A comienzos de la década de 1530, Belalcázar abandonó Nicaragua y se encaminó hacia el sur, iniciando la etapa que lo convertiría en uno de los protagonistas de la conquista andina.
El viernes 15 de noviembre de 1532, llegaba a Cajamarca. Al día siguiente de su llegada tuvo lugar la famosa batalla relámpago, en la que Atahualpa quedó prisionero y el imperio incaico amenazado de muerte. Atahualpa ofreció un gran rescate por su persona, que se repartió entre los españoles que habían participado en su captura. Sebastián de Belalcázar se convirtió en un hombre rico con una posición envidiable en Perú, donde contaba con la confianza de Pizarro y de Almagro. Solo le restaba disfrutar cómodamente de lo que había conseguido con tanto esfuerzo, pero se había transformado en un incansable conquistador y perseguidor de mitos afamados.
Fue por aquel entonces cuando su ambición le llevó al norte del imperio Inca, en territorios que hoy corresponden a Ecuador y Colombia. Francisco Pizarro le había enviado a San Miguel de Tangarará con el fin de asegurar el puente con Panamá, de donde podían llegar los refuerzos necesarios para continuar su conquista.

Belalcázar había oído rumores de que en las regiones de Quito, había grandes riquezas. Escribió a su amigo el piloto Juan de Ladrillero, pidiéndole que enrolase hombres en Nicaragua a su costa, para iniciar esta nueva conquista. Debía enviarlos a San Miguel de Tangarará. Desde allí, en febrero de 1534, se dirigió hacia las regiones del norte, en la provincia incaica de Quito. Sabía que el gran ejército del imperio inca se encontraba concentrado en dicha provincia y estaba prácticamente intacto bajo los mejores generales del Tahuantinsuyo: Rumiñahui y Quizquiz.
Belalcázar emprendió así la que sería su gran conquista con doscientos hombres.
Contaba como aliados de los españoles a los Cañaris, que resultaron ser decisivos.Después de atravesar parajes imposibles, poblados, valles, lagos, desfilaron asombrados por el callejón de los volcanes, donde dejaron atrás el Chimborazo y el Cotopaxi, a punto de entrar en erupción. En su camino, soportaron encerronas y sostuvieron batallas encarnizadas con Rumiñahui y Zocozopahua, apoyados por miles de guerreros que les esperaban en cada encrucijada.
Al fin Belalcázar entraba en el asentamiento de Quito el 24 de mayo de 1534. La ciudad era una ruina. Rumiñahui la había incendiado, matado a numerosas mujeres, quemado los aposentos reales y se había llevado el oro, cuatro mil mujeres y once de los hijos de Atahualpa. A pesar de todo, Belalcázar asentó su real en la ciudad, pero aquella misma noche los caciques de Chillo y Latacunga hicieron una contraofensiva. Incendiaron los techos de paja de las casas. Los españoles al amanecer subieron a las cabalgaduras y derrotaron fácilmente a los naturales.
Al día siguiente, siete caciques se les presentaron a pedir la paz, mientras que el ejército inca huía. Belalcázar los persiguió para localizar los últimos focos de resistencia y tratar de averiguar dónde se había ocultado el tesoro de Atahualpa. Llegados al poblado de Quinche, vieron que los hombres se habían ido con Rumiñahui, solo quedaban mujeres y niños. Burlado e indignado, en represalia, hizo una de las acciones más crueles de toda su vida, como fue mandar matar a todos los que habían quedado abandonados. Pasó luego a Cayambe y Caranqui, donde saquearon un pequeño templo al sol.

Su intención era seguir hacia el norte, pero le detuvo un emisario enviado desde Riobamba por Diego de Almagro, pidiéndole reunirse con él en la recién fundada Santiago de Quito para hacer frente a Pedro de Alvarado, que había venido a conquistar el reino desde Guatemala.
Regresó y se unió con las fuerzas de Almagro que llegaban desde Jauja. Juntos, se dirigieron al encuentro de Alvarado. Al encontrarse, después de que Alvarado hubiese realizado una durísima travesía por la cordillera andina y les pidiera paso franco para sus hombres, Almagro solicitó que les mostrara las cédulas reales que les autorizaban para andar por aquellos parajes donde ellos ya habían fundado la ciudad de Santiago de Quito.
Los tres conquistadores tuvieron largos parlamentos hasta que Alvarado cedió y aceptó vender todos sus pertrechos por solo 100.000 pesos y regresar a Guatemala. El acuerdo se firmó el 26 de agosto de 1534. Este arreglo además de evitar una guerra entre españoles, legalizó la situación de Belalcázar, que quedó nombrado teniente de gobernador de Francisco Pizarro en la región de Quito, con la misión de pacificarlo y poblarlo. Alvarado regresó a Perú y Belalcázar continuó con la conquista que había interrumpido.
Antes de continuar, Belalcázar mandó despoblar Santiago de Quito, la ciudad fundada por Diego de Almagro con la finalidad de tener una posición de fuerza frente a Alvarado. Poco después, el 6 de diciembre de 1534 fundaba definitivamente la ciudad de San Francisco de Quito bajo dominio español, sobre el antiguo asentamiento indígena que había servido de refugio a las tropas del imperio inca. Para ello, destruyó los restos de las edificaciones de los nativos, fijó su perímetro urbano, repartió los solares a los conquistadores y eligió su Cabildo. Para contar con un puerto de apoyo, encargó al capitán Pedro de Puelles la fundación de uno en la región donde poco tiempo atrás había desembarcado Alvarado. Más tarde, continuó su persecución de los generales incas de los que se fue desembarazando uno a uno, acabando definitivamente con toda la resistencia inca.
Pero nada había terminado todavía para Belalcázar. Antes de emprender el regreso al corazón del mundo inca, en donde jugaría un papel muy relevante manifestando la adhesión a su rey en las guerras entre los conquistadores, viajó hacia el interior de los territorios del norte más allá del imperio inca, en pos del sueño de un mundo cubierto de oro. A su paso iría fundando nuevas ciudades que todavía perviven como Santiago de Cali y Popayán, consolidando su papel como uno de los grandes organizadores del dominio español en la región andina septentrional.
Juan de Castellanos en sus Elegidas retrata con palabras muy precisas al incansable conquistador:“Varón de gran valor y entendimiento, en hechos de la guerra señalado, de ánimo generoso y alto intento, en nuevas tierras siempre aventajado. No fue de los que esperan mandamiento, mas antes por sí mismo encaminado, ganó con diligencia y con cordura provincias donde puso su ventura.”
Fuentes: RAH, Moyano, Sebastián.
