Francisco Pizarro -El encuentro con un imperio-
|

Francisco Pizarro -El encuentro con un imperio-

Cuando Francisco Pizarro partió hacia el sur en 1524, no sabía que estaba a punto de enfrentarse al mayor imperio que jamás habían conocido los españoles en las Indias. Lo que buscaba no era aún el Perú, sino la confirmación de unos rumores persistentes: tierras ricas, organizadas, gobernadas por un poder central fuerte. A partir de ese momento, la experiencia que Pizarro había acumulado durante más de veinte años en las Indias dejó de ser aprendizaje y se convirtió en instrumento de conquista. La biografía de los primeros años de Francisco de Pizarro en el Nuevo Mundo fueron el depósito de su larga experiencia. 

A mediados del año 1523, Francisco Pizarro vive en Panamá. Tiene unos cincuenta años. No es noble, no es letrado, no tiene una gran fortuna y su trayectoria militar es modesta. No hay ascensos por delante ni cargos esperándole. El tiempo de la generación a la que pertenece (Balboa, Pedrarias) ya ha pasado. Los repartos están hechos y el sistema se ha cerrado. Él ha quedado fuera del reparto bueno. Pero Panamá está llena de veteranos sin recompensa, saturada de pleitos y expectativas frustradas. Ese es el momento en que Pascual de Andagoya regresa de un viaje explorador por las tierras del sur del golfo. El recién llegado habla de unas tierras ricas y de un gran señorío llamado Virú, Pirú o Perú.

Las autoridades panameñas no confían en la empresa. No hay pruebas claras de riqueza y la costa es inhóspita. Pizarro, sin embargo, ve en ello su última oportunidad, sabe que lo único que tiene es experiencia de frontera, resistencia física y mental, capacidad para aguantar el fracaso sin retirarse. No es estratega brillante ni un político fino. La idea de ir “hacia el sur” no es prestigiosa ni segura, todo lo contrario, pero él es un superviviente.

Y empieza para Pizarro una búsqueda desesperada de salida vital. Él no sale a conquistar un imperio: sale a encontrar un lugar donde todavía pueda pasar algo. El Perú no es un objetivo político inicial, sino una posibilidad abierta. 
Se asocia con Diego de Almagro, un hombre de frontera como él mismo, que puede aportar dinero y hombres, a ellos se añadió Hernando de Luque, quien prestará el respaldo financiero e institucional necesario. Pero incluso así, la expedición es precaria, mal armada y mal vista.

Entre los años 1524 y 1527, con un puñado de hombres, Pizarro realizó los dos primeros viajes descendiendo por la costa, entre tierras e islas salpicadas frente a unas costas inhóspitas, llenas de peligros y de indígenas que les atacaban o huían al verlos llegar. Todos sentían que estaban viviendo un rotundo fracaso, hasta que comenzaron a ver un atisbo de esperanza. Bartolomé Ruiz que navegaba adelantado, explorando hacia el sur, interceptó una balsa de grandes proporciones. La nave, tripulada por nativos de la región se desplazaban por la costa comerciando, portaban velas de algodón como las carabelas españolas y viajaba llena de artículos valiosos y sofisticados que mostraba la existencia de orden y cultura. Aquel hallazgo comenzó a dar sentido a la expedición: el sur ya no era un rumor, y la búsqueda del Perú se volvió inevitable.

Con estas buenas nuevas, siguieron navegando hasta llegar a la Isla del Gallo. Era mayo de 1527 cuando Pizarro y su gente deciden quedarse en esa inhóspita isla, mientras Almagro regresaba a Panamá en busca de refuerzos, a la par que se llevaba a los soldados que ya no deseaban continuar en lo que, a pesar de todo, seguía pareciendo una desafortunada expedición. Entre ellos viajó un descontento resentido que entre el equipaje deslizó un aviso acusando a Pizarro y a su socio, Diego de Almagro, de malas mañas en el trato.

La estadía de Pizarro y su pequeña hueste en la Isla del Gallo fue una etapa durísima, la mayoría de los hombres habían vuelto a dejarse vencer por la desmoralización y deseaban regresar a Panamá. Mientras tanto, el recado enviado con los que marcharon a Panamá llegó a oídos del nuevo gobernador, Pedro de los Ríos. Este al tener noticia de las adversas circunstancias, envió a Juan de Tafur con una carabela y con el encargo de recoger a Pizarro y a todos sus hombres para hacerlos regresar.


Los trece de la Fama -Isla del Gallo-
Los trece de la Fama -Isla del Gallo-

 La llegada de Tafur a la isla fue el momento que dio lugar al famoso episodio que consagraría para la historia a los Trece de la Fama. Pizarro, según se cuenta, trazó con su puñal una raya en la húmeda arena de la playa pidiendo que los que quisieran acompañarle hacia un mundo lleno de riquezas la cruzaran para ponerse a su lado; los que desearan seguir en la pobreza podían volver a Panamá. Solo trece de sus hombres decidieron seguir su suerte.

Pizarro, junto a los que quedaron en la isla, improvisaron una balsa para dirigirse a la Isla de la Gorgona, donde fueron recogidos por la carabela de Bartolomé Ruiz. A bordo de ella siguieron costeando hacia el Sur. Lo sorprendente fue encontrarse con una población como Tumbes. Todo cuanto había ante sus ojos no dejaba lugar a dudas de que se encontraban en los linderos de un gran reino, cuyas riquezas podrían ser extraordinarias. Pizarro ya no necesitaba esforzarse para convencer a los incrédulos del éxito que se podía alcanzar y regresaron para planear como enfrentarse a lo nuevo.

En Panamá, y ante las trabas del gobernador para continuar la búsqueda, los tres socios decidieron que Francisco Pizarro viajara a España para obtener una capitulación de conquista directamente de la Corona. Pizarro partió rumbo a España entre septiembre y diciembre de 1528. Una vez en Castilla, Pizarro viajó a Toledo en donde, el 26 de julio de 1529, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, por poderes otorgados por su marido y por la reina Juana I de Castilla, estamparía la firma en el documento de la concesión real. 

Capitulación de Toledo -26 de julio de 1529-

Mediante ella se autorizaba la conquista de la llamada Nueva Castilla —nombre burocrático hispano que tendría desde entonces el Perú—. En el documento, Francisco Pizarro recibía el nombramiento de gobernador, adelantado y alguacil mayor de las tierras conquistadas. Su socio, Diego de Almagro era reconocido como hidalgo y nombrado alcalde de la Fortaleza de Tumbes, la ciudad incaica que tanto había impresionado a los conquistadores. Hernando de Luque obtenía el obispado de esa ciudad todavía no conquistada y, además, el título de Protector de los Indios. Por su parte los Trece de la Isla del Gallo recibieron hidalguías. 

Desde Toledo, Pizarro viajó a Trujillo, su pueblo natal, con las deslumbrantes noticias que animaron a muchos trujillanos a engancharse en su banderín. Entre ellos estaban sus tres hermanos de padre: Hernando (hijo legítimo del capitán Gonzalo Pizarro), Juan y Gonzalo Pizarro, bastardos como él. Igualmente, se enteró de que tenía un hermano materno: Francisco Martín de Alcántara. Todos ellos viajaron a Sevilla para embarcarse, partiendo tres meses más tarde desde Sanlúcar de Barrameda.


A su vuelta, les esperaba ansiosamente su socio, Diego de Almagro que no estuvo de acuerdo con el tenor de la Capitulación. Todos los honores e incluso el hábito de la Orden de Santiago eran para Pizarro, que además llevó consigo otro elemento de crispación: la presencia de sus hermanos. Sobre todo le incomodaba la presencia de Hernando, quien asumió el papel de vocero de la familia. Para remediar las diferencias entre Pizarro y Almagro mediaron Hernando de Luque y otros castellanos de buena voluntad. Por entonces, se pudo salvar la situación, pero la desconfianza ya no desaparecería nunca entre los dos socios.  

El 20 de enero de 1531, la nueva expedición partía desde Panamá. A principios de abril Pizarro y sus hombres pasaron por diversas poblaciones del territorio que hoy es Ecuador: Atacamez, Cancebí,  Coaque y finalmente la isla de Puná, donde fueron enfrentados por los nativos. Finalmente, desembarcaron en Tumbes, encontrándose con que la ciudad estaba asolada por los enfrentamientos en una guerra civil que partía del corazón del imperio. Pizarro tomó plenamente conciencia de a qué mundo acababa de llegar cuando supo que dos hijos del último inca, jefe supremo de aquellos reinos, se disputaban el poder. Uno de ellos era Huáscar, legítimo sucesor y el otro Atahualpa. La pugna entre ambos, había terminado en una guerra en la cual Huáscar había resultado vencido y prisionero.

Pizarro comprendió que el viaje hacia el sur había terminado.
La historia, en cambio, apenas comenzaba.

Salieron de Tumbes y, el 15 de agosto de 1531, se fundaba la primera ciudad hispana en el Perú, San Miguel de Tangarará. De esta manera, los castellanos iban a disponer de un centro de operaciones. Ahora el gran interés de Pizarro era conocer al monarca indígena y sabía que para ello tendría que internarse en territorio desconocido. Desde San Miguel, el horizonte dejó de ser marino y se volvió interior.

Hasta entonces, la empresa había sido exploración, resistencia y obstinación; a partir de ese momento se transformaba en algo distinto: penetrar en el corazón de un mundo político organizado, desconocido y convulso. Pizarro ya no avanzaba hacia un rumor, sino hacia un poder real, desgarrado por su propia guerra civil.

Lecturas recomendadas

La conquista del Perú
La conquista del Perú

Amazon

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *