Gonzalo Jiménez de Quesada -Nuevo Reino de Granada-
Gonzalo Jiménez de Quesada no salió de España con la intención de conquistar un reino. Llegó a América como jurista, con papeles, no con gestas, y acabó internándose en selvas y montañas porque el mundo en el que había sido formado dejó de existir en cuanto puso un pie en esa Tierra Firme del Nuevo Mundo. Su vida no es la historia de un héroe, sino la de un hombre que intentó dar forma legal a un territorio que todavía no sabía cómo ser gobernado.
Desde esa clave conviene leer su trayectoria: no como epopeya, sino como desajuste entre un hombre y su tiempo, y como parte de un proceso mayor en el que la conquista empieza a dejar de ser solo espada para convertirse, lentamente, en Estado. Ahí surge el primer conflicto: la ley existe, pero no hay estructuras sólidas que la hagan operativa. Los letrados, formados para un orden que presupone estabilidad, se encuentran descolocados en un espacio donde la supervivencia diaria condiciona cualquier proyecto político.
La conquista ya no es solo espada, pero todavía no es administración.
Gonzalo Jiménez de Quesada nació en Córdoba, en torno a 1506. Con pocos años, se trasladó a Granada con su familia. Más tarde, para seguir la profesión de su padre, fue enviado a estudiar en Salamanca y en esa universidad se formó como abogado. Al terminar sus estudios, debió tener acceso a algún tipo de formación militar entre los tercios españoles —en torno a ello, se ha llegado a especular con la posibilidad de que participara en el Saco de Roma, formando parte de los ejércitos de Carlos I—. Otra característica de su biografía es que nunca llegó a casarse ni tampoco tuvo hijos. A pesar de que desde la Corte se le instase a ello, nunca lo hizo; tal vez por eso la sombra de la misoginia le acompañó siempre.

Sus primeros contactos con el Nuevo Mundo se producen con motivo de la capitulación obtenida por Pedro Fernández de Lugo, adelantado de Canarias, para la región de la Samaria en la actual Colombia que, una vez obtenida, le fue confiada a su hijo, Alonso Luis Fernández de Lugo. Dicha capitulación incluía el descubrimiento de las cabeceras del río Magdalena. Cuando todo estuvo dispuesto, tres naves zarparon de la península ibérica a finales de 1535. En ellas viajaban mil hombres que, el 2 de enero de 1536, arribaban a Santa Marta en las costas caribeñas de Tierra Firme. Su llegada se produce dentro de un sistema colonial aún precario, mal asentado y lleno de contradicciones. América sigue siendo frontera, pero el Derecho ha llegado antes que las instituciones capaces de sostenerlo, y eso hace necesario continuar con el avance, un avance que no responde a una pura ambición, sino a la urgencia de mantener viva una empresa colonial que amenaza con desmoronarse.
Apenas desembarcaron, Jiménez de Quesada recibió el nombramiento de teniente general para una expedición hacia el interior y las instrucciones para su comisión. ¿Qué debía buscar? “Una provincia poderosa y rica que se llama Meta que, por la derrota que los indios mostraban, venía a ser hacia el nacimiento del Río Grande”.
Partió de Santa Marta el 5 de abril de 1536. Llevaba seiscientos infantes y setenta caballeros. En una durísima incursión, entre montañas y manglares, plagada de peligros, se dirigió a Sompallón, siguió hasta San Pablo y continuó luego por el Magdalena hasta la actual Barrancabermeja, lugar que los indios llamaban La Tora. Desde allí realizaron otras exploraciones por el cercano río Opón donde encontraron unos curiosos panes de sal de mina. Fueron las primeras noticias sobre los habitantes del territorio de los muiscas, con los que enseguida se encontró.
Aparte de otras tribus, los muiscas se agrupaban en dos grandes confederaciones tribales, la de Bacatá o Bogotá, dirigida por el Zipa, y la de Hunzá o Tunja, mandada por el Zaque.

En el territorio que ocupaban estaba la famosa laguna de Guatavita, cuyo cacique originó uno de los mitos más importantes y atractivos de El Dorado. Se trataba de una ceremonia de desagravio al dios de dicha laguna. El cacique surcaba sus aguas en una balsa, con el cuerpo cubierto de oro, para sumergirse luego en la misma. Al salir de las aguas, despojado del oro que lo cubría, se le consideraba preparado para enfrentarse a su destino al frente de su gente.
Quesada avanzó por toda la región. Durante los meses siguientes se sucedieron varias expediciones hacia los llanos y a lo largo del río Magdalena. Tras el reconocimiento del territorio y algunos enfrentamientos, hacia el 28 de noviembre de 1537 puede darse por concluida la conquista. Pero aquella conquista solo adquiría sentido si lograba inscribirse en un orden reconocible para la Corona. Para ello, cuando la expedición alcanzó el altiplano muisca, el gesto decisivo no fue el enfrentamiento militar, sino la fundación.
Jiménez de Quesada dio nombre a aquellas tierras como Nuevo Reino de Granada y, en 1538, se dispuso a asentar una ciudad, Santa Fe de Bogotá, antes de emprender el regreso a la costa, donde esperaba obtener el reconocimiento y la recompensa por sus servicios.
Pero aún quiso llegar más allá y obstinado en cerrar la empresa antes de partir, intentó redondearla con el hallazgo del supuesto tesoro que parecía esconderse tras la ceremonia del Zipa. Ordenó entonces el apresamiento del cacique Sagipa quien murió a consecuencia de las torturas sin poder revelar aquello que, con toda probabilidad, no existía. Este episodio constituye el acto de mayor crueldad atribuido a Jiménez de Quesada, quien, según las fuentes, no habría presenciado directamente el suplicio del cazique.
A principios de marzo de 1539 preparaba su salida a la costa, pero fue informado de que estaban llegando españoles con perros por el oeste de la sabana y otros con caballos y puercos que venía por el río Magdalena. Resultaron ser: unos, la hueste de Nicolás de Federmann que había partido de Coro a fines de 1537 tras el mismo mito del Meta, otros, Sebastián de Benalcázar y sus hombres. El encuentro de los tres conquistadores provocó la decisión de consolidar la ciudad de Santa Fe, dando cumplimiento a todos los requisitos y nombramientos para su fundación, y de regresar a la Corte en España para que allí se dilucidara sobre sus derechos en las nuevas tierras.
El viaje a España y la resolución real marcan un punto de inflexión: *La Corona comienza a retirar el protagonismo personal. *El poder ya no depende únicamente del mérito en el terreno, sino del encaje dentro de un proyecto político más amplio. *La conquista empieza a decidirse en despachos y consejos, no solo en caminos y selvas. Este es el corazón político de la figura de Jiménez de Quesada: el paso de la iniciativa individual a la administración imperial.
Jiménez de Quesada estuvo fuera de América casi doce años. Durante ellos tuvo que enfrentarse a pleitos e incluso la cárcel. Fueron años muy duros para los conquistadores, pues los frailes y juristas cuestionaron todo lo que habían hecho en América a causa del desastre de las encomiendas. Por aquellas fechas, el padre Las Casas redactó la Brevísima, Carlos I manda detener la conquista y se promulgan las Leyes Nuevas.
Jiménez vivió perseguido por los pleitos y litigios hasta que en febrero de 1547, fue absuelto de todos los cargos excepto el de haber pedido dinero a sus soldados antes de abandonar el reino y haber dado muerte a Sagipa. A fines de 1550, Jiménez pudo volver a Santa Fe de Bogotá. Fue nombrado mariscal del Nuevo Reino de Granada, se le otorgó escudo de armas, se le nombró regidor más antiguo de Santa Fe y se le prometió el título de adelantado, cuando lo dejase vacante su titular Alonso Luis de Lugo.
Pero, a partir de su vuelta a Santa Fe de Bogotá, El Dorado deja de ser exploración y se vuelve promesa personal. Sentía que no perseguía un mito nacido de su imaginación, sino que se internaba en un espacio donde los rumores geográficos, los ritos indígenas y las expectativas imperiales se confundían. Era una hipótesis que el propio territorio parecía confirmar —sal, esmeraldas, organización política—.
Consigue, después de mucho esfuerzo, capitular para la búsqueda del Dorado, que finalmente obtiene en julio en 1569 -tenía sesenta y cuatro años-. Tras intentar conquista y colonización, con una expedición compuesta por trescientos soldados, muchos de ellos antiguos conquistadores, mil quinientos indios, numerosas mujeres y muchos negros esclavos, además de mil cien caballos, seiscientas vacas, ochocientos puercos, regresó con las manos vacías después de dos años y con los pocos hombres que soportaron la dureza de las condiciones vividas.

A su vuelta, ya muy enfermo de asma, sigue sirviendo a la Corona y pacifica rebeliones (guailíes), pero sufre un importante declive económico: se produce el embargo de sus bienes por deudas con la Real Hacienda; se ve en la necesidad de solicitar ayuda a la Audiencia “por pobre”, al tiempo que presenta probanza de sus servicios a los 70 años.
En 1577 se instala en Mariquita. Insiste en el deseo es volver a El Dorado y organiza una última expedición, pero ya no puede acometerla personalmente, físicamente está agotado y la delega en Alonso de Olalla. Muere poco después, en 1579, a los 73 años.
La persistencia de Gonzalo Jiménez de Quesada en la búsqueda de El Dorado no puede leerse como simple codicia. Fue, más bien, la forma trágica de un hombre que había cumplido una gran obra en un tiempo que ya no sabía cómo recompensarla. Gonzalo Jiménez de Quesada sentía que había hecho algo grande y pasó el resto de su vida intentando que el mundo se lo reconociera cuando ya había dejado de saber cómo hacerlo. El Dorado fue para él menos un lugar que una última justificación.
Gonzalo Jiménez de Quesada, escritor La actividad literaria de Jiménez de Quesada fue tardía y estuvo ligada a la necesidad de justificar su obra y defender su honor. Escribió principalmente en Suesca, cuando la acción había quedado atrás y la escritura se convirtió en un último espacio de intervención. De su producción solo se conservan dos obras: el Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada, síntesis de su empresa americana, y el Antijovio (1567), su obra más ambiciosa, donde defendió el honor militar español frente a Pablo Jovio. Además, proyectó y comenzó otros textos hoy perdidos, lo que revela una vocación intelectual sostenida más allá de la conquista. Sus libros quedaron en el convento de Santo Domingo de la capital de Nueva Granada.
Fuentes: RAH Gonzalo Jiménez de Quesada
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