Diego de Almagro en Chile -1535
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Diego de Almagro en Chile -1535-

Almagro es uno más de los conquistadores olvidados por la historia. Cuando cruzó el océano con el corazón cargado de sueños, llevaba consigo la aspereza de una vida que no regala nada, y por eso mismo la fuerza de quien sabe resistir. Traía en el pecho un fuego antiguo, un fuego que no se apaga ante el frío ni ante la tormenta. Paso a paso, con cansancio y obstinación, convirtió su dureza en impulso y su carencia en movimiento hacia lo alto. No llegó al Nuevo Mundo para descansar: llegó para subir. Y en esa constante subida, su destino comenzó a escribirse paso a paso.

 Tras la conquista del Perú, donde la gloria y el botín habían consolidado el poder de Francisco Pizarro, Almagro quedó en una posición incierta, relegado a un segundo plano que no se correspondía con sus expectativas ni con sus méritos. Sin embargo, a través de sus influencias, pudo lograr que, desde Castilla, la Corona le concediera la gobernación de una vasta y desconocida franja al sur del imperio recién sometido. Ese nuevo territorio fue llamado la Nueva Toledo y para Diego de Almagro se presentó como una promesa: la posibilidad de encontrar su propio reino, su propia riqueza, su propio destino.

La expedición de Diego de Almagro hacia el sur del continente no nació del impulso de la aventura, sino de una mezcla de ambición, descontento y necesidad de afirmación.

Ruta de Diego de Almagro
Ruta de Diego de Almagro

Con el fin de establecer la gobernación en esa Nueva Toledo que se le había concedido, Almagro partió desde el Cuzco el 3 de julio de 1535. Bajo su mando caminaban cientos de españoles y miles de indígenas auxiliares. Junto a ellos avanzaron figuras tan importantes como Paullu Inca, hermano de Manco Inca, aportando legitimidad y apoyo logístico a la expedición, y Vilaoma, sumo sacerdote, vinculado también al entorno de Manco Inca, cuya presencia encarnaba una resistencia silenciosa y ambigua.
La expedición formaba un frente heterogéneo, que arrastraba consigo no solo hombres y caballos, sino también ilusiones y rumores. Se hablaba de tierras fértiles, de riquezas ocultas más allá de las montañas, de un nuevo Perú esperando ser descubierto.


Comenzaron su viaje saliendo de Cuzco para atravesar la altiplanicie del Collao. Bordearon el lago Titicaca y discurriendo por serranías desiertas hasta llegar a Tupiza. De allí siguieron avanzando hacia el Sur, para ascender el paso de San Francisco hasta llegar a la Puna de Atacama, a 4.500 metros de altura. La travesía se fue haciendo cada vez más penosa y el cruce de la cordillera de los Andes se convirtió en una prueba extrema. A medida que ascendían, el frío se volvía más implacable, el aire más escaso y la muerte más cercana. Hombres y animales sucumbían en silencio, vencidos por la nieve, el hambre y el agotamiento. La expedición atravesó la cordillera y descendió a Copiapó. La expedición, concebida como empresa de conquista, adquirió entonces un tono casi trágico: ya no se trataba de avanzar, sino de sobrevivir. Allí pudieron reponerse de tantas penurias durante algunas semanas. Continuaron, siempre hacia el Sur, por los valles de Huasco y Coquimbo para acampar en el valle de Aconcagua.

Una vez allí, Almagro dispuso que varias tropillas exploraran el territorio. Gómez de Alvarado, al mando de una de ellas, llegó hasta las orillas del río Maule. Allí tendría lugar lo que se considera el inicio de la Guerra de Arauco: la batalla de Reinohuelén. Fue un combate librado en el invierno austral de 1536 entre conquistadores españoles y guerreros mapuches, en la confluencia de los ríos Ñuble e Itata, en el actual Chile. Tras ella, Gómez de Alvarado regresa con las más negras noticias: lo que encontraron distaba mucho de las expectativas que los habían puesto en marcha. No había grandes ciudades ni imperios organizados, sino territorios vastos, poblaciones dispersas y una resistencia indígena firme. El Nuevo Mundo revelaba su rostro más áspero. 

Diego de Almagro en Chile -1535-
Diego de Almagro en Chile -1535-

Fue entonces cuando decidieron regresar tomando como punto de reagrupamiento Copiapó.
A fines de 1536 iniciaron la marcha hacia el Perú por el desierto de Atacama y, en los primeros meses de 1537, llegaban a la villa de Arequipa.


Pero aquella empresa no solo estuvo marcada por la adversidad del paisaje o la frustración de las expectativas, hubo mucho más. En su interior se desplegaron las tensiones de un mundo indígena fracturado tras la caída del Imperio inca. Así, mientras unos facilitaban el avance, otros trataban de entorpecerlo desde dentro, revelando que la conquista no fue solo un enfrentamiento entre dos mundos, sino también un escenario de decisiones, alianzas y conflictos internos dentro del propio universo indígena. Muchas anécdotas lo revelan así, entre otras, los cronistas hablan de que en aquellas tierras, Almagro y sus hombres contaron con la colaboración de Gonzalo Calvo Barrientos, el Desorejado, quien le facilitaba la comunicación con los indígenas que, sin embargo, y según cuenta la leyenda, dichas relaciones se enturbiaron por la intervención de Felipillo, un muchacho que viajó con ellos, y que había servido de intérprete desde los inicios de la llegada de los españoles. Acabó ajusticiado en tierras de Chile por Almagro al descubrirse que sus intervenciones no eran precisamente desinteresadas.

Pero hubo mucho más: algunos cronistas lo mencionan, y Juan de Betanzos lo refleja en su crónica, la intención de desbaratar los planes de Almagro comenzó a fraguarse desde el inicio de la expedición. Ciertamente, Almagro junto a Paullo Inca, Vilaoma y un gran número de hombres salió del Cuzco rumbo a Chile, según estaba acordado, pero cuando el grupo llegó a Tupiza, Vilaoma, el Sumo Sacerdote, emprendió discretamente la vuelta, acordando antes con Paullo Inca que matara a los conquistadores en la travesía de la cordillera del Collasuyo, pues él, por donde fuera pasando, hablaría a los nativos para que se levantasen en contra de los extranjeros.

Así, entre la dureza del territorio, las resistencias indígenas y las propias fracturas internas —tanto entre los incas como entre los españoles—, la expedición fue perdiendo su rumbo inicial. El viaje de vuelta fue también muy duro, pero el verdadero problema fue lo que vino después. Porque el regreso al Perú no supuso una recuperación, sino el preludio de un conflicto mayor. Diego de Almagro, uno de los tres socios fundamentales para la conquista del imperio incaico, volvía sin riquezas, sin gloria y con su prestigio debilitado, dispuesto a reclamar por la fuerza lo que sentía que se le había negado y que le pertenecía. Poco después, el enfrentamiento con los hermanos de Francisco Pizarro desembocaría en una guerra civil que sellaría su destino.

La empresa de Diego de Almagro hacia Chile había terminado por desmoronarse lentamente, no en una gran derrota, sino en una sucesión de fatigas, desencantos y pérdidas que fueron vaciando de sentido la expedición. No hubo ciudades que conquistar ni tesoros que reclamar, solo una tierra áspera que no se dejaba someter y un horizonte que siempre parecía prometer más de lo que ofrecía. Aquella marcha hacia el sur, concebida como una empresa de afirmación y riqueza, acabó por transformarse en una travesía de desgaste.

Fuentes: RAH: Diego de Almagro

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