Sebastian de Belalcázar -Últimos Años-
Para hombres como Belalcázar, de larguísimas jornadas, que ya habían visto caer imperios, que había tenido el oro como premio entre sus manos, sin que le temblara el pulso a la hora de soltarlo, la idea de un nuevo reino dorado no parecía imposible. Para él solo era una nueva oportunidad con la que dejar su nombre en la memoria del nuevo mundo.
En 1536 Sebastián de Belalcázar había cruzado el ecuador de su vida. Conocía de extremo a extremo los caminos que junto a sus compatriotas habían ido transitando año tras año. Islas y tierras que se abrían sin fin, un nuevo océano que le había conducido a un imperio de piedra al que combatió hasta que su último súbdito estuvo desarmado. Fue en ese contexto de exploración constante, donde los rumores esparcidos por los indígenas iban cobrando forma. Hablaban de un reino fabulosamente rico, de un cacique cubierto de oro, de lagunas sagradas y tierras generosas en donde la canela crecía abundante de manera natural. Todo ocurría en el interior profundo del entonces inacabable continente que esta vez daba paso a una de las leyendas más poderosas del siglo XVI: El Dorado.
Así, tras consolidar su posición en el norte andino, Sebastián de Belalcázar, por la mano de Gaspar de Espinosa, escribió a la reina para solicitar el permiso de continuar la conquista por aquellos nuevos y desconocidos territorios del imperio inca. La reina contestó: “Vos mando y encargo lo continuéis, teniendo por cierto que de vuestros servicios el Emperador y yo tendremos memoria”.

Con ese bagaje y su larga experiencia, en enero de 1536, salía a la conquista del norte andino con trescientos soldados y numerosos indios cargueros. Antes de su partida había enviado a dos de sus hombres a explorar el camino. Estos guiaron los pasos de Belalcázar por territorio equivocado. El conquistador quería dirigirse al altiplano oriental del río Magdalena, pero en el Nudo de los Pastos, donde se reúnen los tres ramales de la cordillera andina, los enviados tomaron el valle del río Cauca en vez del que iba al río Magdalena. Allí, fueron haciendo asentamientos hasta ser alcanzados por Belalcázar en uno de ellos: Villa Ampudia.
Hasta que se produjo el encuentro, Belalcázar que, tras la fundación de San Francisco de Quito, seguía su racha organizadora, mandó fundar Santiago de Cali en julio de 1536 y más tarde Popayán en diciembre del mismo año. Y al llegar al Valle del Cauca, encajonado, decidió regresar a Quito para buscar refuerzos con los que regresó para reanudar la búsqueda del Río Magdalena. Lo encontró tras adentrarse en el pasillo entre las cordilleras para seguirlo hasta los llanos de Neiva. Allí descubrieron huellas de los caballos de las huestes de Jiménez de Quesada, quien ya había iniciado la conquista del territorio de los muiscas o chibchas, al que bautizaron como el Nuevo reino de Granada. Poco después apareció otra hueste mandada por Nicolás de Federmann, que, desde los llanos venezolanos, venía también en post del mito de El Dorado.

El encuentro de los tres hombres, que habían partido desde lugares muy distantes entre sí (Santa Marta, Quito y Coro), provocó que se enzarzaron en una polémica sobre hasta dónde podía llegar cada uno de ellos.
Por fortuna supieron resolver sus problemas sin recurrir a las armas y decidieron viajar a la Corte para obtener los derechos que pudieran corresponderles.
Ya en España, Belalcázar fue el más beneficiado de los tres. Consiguió, además de legitimar a tres de sus hijos, que el 10 de marzo de 1540 se le nombrase mariscal, capitán general y gobernador de Popayán, una nueva provincia encajada entre la del Río San Juan (al noroeste, en la costa pacífica colombiana), la de Cartagena (al norte) y Quito (al sur). Posteriormente, pidió un puerto para su gobernación y se le otorgó.
Belalcázar salió desde España hacia Popayán con siete navíos y una gran hueste. Al llegar a las Indias supo que Pascual de Andagoya había sido nombrado gobernador de la provincia del Río San Juan y tuvo que vérselas con las pretensiones de este conquistador que se había adentrado hasta Cali, dentro de la jurisdicción de Belalcázar que, al fin, pudo recuperar.
Mientras tanto, en el interior de imperio inca, los seguidores de Almagro el Mozo, hijo del ya muerto Diego de Almagro, habían matado a Francisco Pizarro y estaban enzarzados en una abierta guerra civil. Vaca de Castro, visitador de la Corona acababa de llegar para poner orden en el territorio. Al ver la situación, pidió ayuda a Belalcázar. Este, manifestando su adhesión al rey, le acompañó desde Popayán a Quito.
De regreso a su gobernación, hizo llegar al rey su deseo de emprender la jornada del País de la Canela y de aquel esquivo reino de El Dorado. Pero, las noticias que le llegaron sobre el descalabro de Orellana por el mismo asunto, desistió y decidió ocuparse de sus territorios envueltos en problemas.
En los años siguientes, fundó la ciudad de Arma, hizo una campaña contra los paeces (1542) y regresó a Cali el 15 de julio de 1543.

Un año más tarde, en septiembre de 1544 llegaba a Cartagena el visitador Miguel Díaz de Armendáriz encargado de implantar las Leyes Nuevas en los territorios de Nueva Granada. Mientras se resolvía el difícil problema de su implantación, Belalcázar tuvo noticias de la rebelión de Gonzalo Pizarro contra el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, que también llegó dispuesto a imponer las Leyes Nuevas. Tras varios enfrentamientos con los rebeldes, tuvo que retroceder hasta Quito, desde donde pidió ayuda a Belalcázar que combatió junto al virrey en la batalla de Iñaquito. En dicha batalla, Núñez de Vela moriría y Belalcázar resultaría herido y capturado.
Gonzalo Pizarro no solo perdonó a Belalcázar, sino que le autorizó a volver a su gobernación, donde tuvo que hacer frente a nuevos problemas: un subordinado suyo, de nombre Robledo, había llegado de España con el título de mariscal, y presentando credenciales en otras ciudades: Arma, Cartago y Anserma que no le aceptaron en espera de la resolución de Belalcázar quien, finalmente, apresó y ajustició a Robledo.
Mientras tanto, Pedro de la Gasca desembarcaba en las Indias con el fin pacificar el virreinato del Perú. Belalcázar en enero de 1548, como siempre había hecho, se unió al ejército realista en Huamanga (Perú). Junto a Pedro de la Gasca combatió en el llano de Jaquijahuana, a 20 kilómetros de Cuzco. La victoria fue rotunda. Como consecuencia de la cual fueron ajusticiados los rebeldes: Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal, Guevara y Juan de Acosta.
Belalcázar regresó a Popayán. Allí le esperaba hacer frente a su propio juicio de residencia. Poco antes de iniciar ese juicio escribía al rey: “Estoy muy viejo y cansado. Indios yo no los tengo, por haberlo mandado V.M. El salario que se me da, no me puede sustentar, por ser los precios de los mantenimientos y cosas necesarias en esta tierra excesivos”.
Hubo treinta y cinco capítulos, con los cargos más variados; desde haber dicho palabras de desacato al rey, hasta haber decapitado injustamente a Robledo, pasando por usar fondos de las cajas reales, entre otros. Como consecuencia de ese juicio fue condenado a muerte. Apeló al consejo que le conmutó la pena. Nadie deseaba ajusticiarle en la ciudad que él mismo había fundado.
Belalcázar en su camino de regreso a España, recaló en Cartagena donde hizo testamento. Ordenó que sus bienes se repartieran en partes iguales entre sus hijos. De ellos se conocen seis: Sebastián y Francisco, nacidos en Panamá; y Lázaro, Catalina, María y Magdalena, nacidos en Nicaragua. Debió morir poco después, quizá el 28 de abril de 1551, siendo enterrado en la Catedral de Cartagena, por deferencia del gobernador Pedro de Heredia. Nadie, que se sepa, ha reclamado sus restos por lo que siempre han continuado en Cartagena.
Al paso de Belalcázar quedaron ciudades fundadas, territorios disputados y una huella profunda en la historia de un continente que aún estaba siendo nombrado. Su figura, como la de tantos conquistadores, oscila entre la ambición y el servicio, entre la gloria y la violencia, entre el afán de descubrimiento y el peso de sus consecuencias. Quizá, finalmente, comprendió que no existía reino dorado capaz de colmar la búsqueda que él había emprendido.
