La Villa Imperial de Potosí
Al amanecer, desde las calles de Potosí, la montaña dominaba el horizonte como una presencia inmensa. El Cerro Rico alimentaba a la ciudad, la enriquecía y la consumía al mismo tiempo.
Hoy algunos historiadores consideran probable que las poblaciones andinas conocieran el Cerro Rico antes de 1545 y quizá hubieran utilizado algunos de sus recursos minerales. Sin embargo, existe una tradición muy difundida que atribuye el descubrimiento de las vetas de plata a Diego Huallpa, un indio chumbivilca nacido en el asentamiento de Yanqui, cerca de Potosí. Se cuenta que mientras perseguía unas llamas debió guarecerse en una oquedad del Cerro Rico, la montaña que domina Potosí. Al encender lumbre para calentarse vio cómo brillaban sobre su cabeza vetas de plata, incluso pudo fundir alguna roca y extraer el metal. Poco después comunicó el hallazgo a su amigo Chalco, un indio de la etnia wanka, quien terminó contándoselo a su encomendero, el español Diego de Villarroel, que registró inmediatamente la mina como descubrimiento propio.
La riqueza del cerro se difundió rápidamente por los Andes y mucho más allá. La noticia atrajo a miles de personas y en pocos años surgió una de las ciudades más pobladas y ricas del mundo conocido.
Hay investigadores bolivianos que afirman que la ciudad de Potosí no fue fundada como otras ciudades españolas, con acta formal, trazado urbano y cabildo desde el primer momento. Lo que ocurrió en 1545 fue la toma de posesión del Cerro Rico y el nacimiento espontáneo de un enorme asentamiento minero que creció de forma vertiginosa. Por ello, algunos prefieren hablar del «nacimiento de Potosí» más que de su fundación.
Solo dos años después de que naciera, en 1547, el emperador Carlos I de España concedió a la población el título de Villa Imperial de Potosí y su escudo de armas, reconociendo la extraordinaria importancia de la producción argentífera del Cerro Rico.
En 1572 se construyó la primera Real Casa de la Moneda de Potosí, con la supervisión de Jerónimo de Leto. Durante los siglos XVI y XVII fue uno de los lugares más importantes del mundo. Era el lugar donde la plata extraída del Cerro Rico se transformaba en dinero que acabaría circulando por América, Europa e incluso Asia. Gran parte de la economía mundial de la época pasó literalmente por sus salas.
Del Cerro Rico se extraía la plata de la montaña, para ser llevada desde los ingenios y las minas a la Casa de la Moneda. Dentro del recinto ocurría algo fascinante y agotador: se fundía en hornos, se purificaba, se convertía en láminas o barras. Finalmente, se acuñaban las monedas. Allí el metal dejaba de ser roca para convertirse en algo capaz de mover imperios transformado en poder.
Las primeras monedas eran las famosas macuquinas, hechas a golpe de martillo. No eran perfectamente redondas: podían aparecer irregulares o deformadas, porque lo importante era el peso y la ley de la plata más que la belleza de la pieza. Las monedas de ocho reales de Potosí —los famosos «reales de a ocho»— terminaron convirtiéndose en una moneda internacional. El real de ocho, a través de los mares, circulaba por todo el mundo conocido. Ahí se acuñaron monedas imperiales durante 200 años.
En 1773, se construyó la segunda Casa de la Moneda, que fue inaugurada el 31 de julio de ese año y que, en nuestros días, todavía sobrevive como museo de una época extraordinaria.
La vida que discurrió a lo largo de los años en Potosí durante la época virreinal fue una de las realidades más extraordinarias y contradictorias de toda América. Cuando uno piensa en Potosí suele imaginar únicamente la mina y el sufrimiento del Cerro Rico, pero aquello fue mucho más: una ciudad inmensa, bulliciosa y cosmopolita que llegó a rivalizar con las grandes urbes europeas. A comienzos del siglo XVII pudo superar con creces los 120.000 habitantes. Para la época era una auténtica metrópolis.
Lo sorprendente es imaginar dónde estaba: a más de 4.000 metros de altura, en una región fría, árida y difícil. Potosí no existía antes de la plata; nació por la montaña y vivió para la montaña. Todo giraba alrededor del Cerro Rico.

Allí, la vida cotidiana no era solo trabajo minero. Podrías caminar por sus calles y encontrarte un mundo entero: españoles y criollos; indígenas llegados de distintas regiones andinas; mestizos; esclavos africanos y libertos; comerciantes portugueses, italianos y otros europeos; artesanos, mercaderes, escribanos, religiosos, músicos y vendedores ambulantes. Era un lugar de enorme mezcla humana.

En su plaza mayor se desarrollaban mercados, ceremonias religiosas, fiestas públicas, anuncios oficiales y encuentros sociales. Había iglesias, conventos, casas señoriales y comercios llenos de mercancías llegadas desde lugares muy remotos: sedas asiáticas traídas por Manila, vinos, herramientas europeas, tejidos andinos y productos de toda América. Todos los caminos parecían conducir a Potosí.
Algunos propietarios de minas y comerciantes acumulaban fortunas enormes. Surgieron mansiones con patios interiores, muebles lujosos, plata labrada y vestidos costosos. De ahí nació la expresión española: «Vale un Potosí». Pero al mismo tiempo miles de trabajadores indígenas, muchos mediante la mita minera reorganizada durante el periodo virreinal sobre prácticas andinas preexistentes y otros como trabajadores asalariados, sostenían el funcionamiento del sistema minero. Había accidentes, enfermedades y condiciones muy duras, especialmente en minas e ingenios.
Pero Potosí también tenía una intensa vida festiva y cultural. Las procesiones religiosas eran enormes. Las costumbres europeas y andinas comenzaron a mezclarse y apareció una cultura urbana propia. La ciudad no era únicamente una máquina económica; también era un lugar donde la gente nacía, se enamoraba, negociaba, rezaba, discutía y construía nuevas identidades.
En la segunda mitad del siglo XVII: empiezan a aparecer problemas serios: disminuyen las vetas de plata más fáciles y ricas; aumenta el coste de extracción; se producen crisis monetarias como el escándalo de las monedas adulteradas; y baja la producción. En Siglo XVIII llega una cierta recuperación con reformas y mejoras técnicas, pero ya no vuelve a alcanzar el poder de los siglos anteriores. Finalmente, el Siglo XIX con las guerras de independencia y el agotamiento creciente de las minas aceleran el declive de la ciudad de Potosí.

El Cerro Rico siguió produciendo minerales durante siglos y aún hoy continúa siendo explotado. La vieja ciudad de Potosí permanece a sus pies, pero nunca volvió a desempeñar el papel que tuvo cuando su plata alimentaba la economía de medio planeta. La montaña sigue dominando el horizonte, igual que hace siglos, aunque ya no sostiene un mundo entero.
