México sobre las ruinas de Tenochtitlan
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México sobre las ruinas de Tenochtitlan

Las aguas seguían reflejando el cielo mientras la ciudad cambiaba de rostro. Bajo el ruido de martillos y nuevas construcciones aún respiraba la vieja Tenochtitlan.
México no surgió de un vacío: nació sobre una memoria de piedra.


Cuando Hernán Cortés y sus aliados indígenas entraron en Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, la ciudad que se extendía sobre el lago de Texcoco había quedado devastada tras meses de asedio, hambre y combates. Los canales estaban obstruidos, muchos edificios habían sido destruidos y una parte importante de la población había muerto o abandonado la ciudad. Sin embargo, aquello no supuso el final de aquel lugar extraordinario. Sobre sus restos comenzó a surgir una nueva ciudad.

México sobre las ruinas de Tenochtitlan
Plano de Tenochtitlan, atribuido a Hernán Cortés. -1524-
La antigua Tenochtitlan había sido una de las mayores urbes del mundo de su tiempo. Levantada sobre islotes unidos mediante calzadas, atravesada por canales y abastecida por complejos sistemas hidráulicos, asombró profundamente a los europeos que la contemplaron por primera vez. Bernal Díaz del Castillo recordaría años después la impresión que les produjo aquella ciudad que parecía surgir de las aguas.

Tras la caída comenzó una transformación profunda. Las aguas y los escombros de Tenochtitlan se convirtieron en la base de una nueva ciudad. Las piedras de templos y palacios cambiaron de lugar y de significado: unas se reutilizaron para iglesias, casas y edificios públicos; otras quedaron enterradas bajo calles y plazas. Allí donde antes se alzaban antiguos recintos ceremoniales comenzaron a levantarse nuevas construcciones. Poco a poco fueron apareciendo plazas, calles y edificios de estilo europeo.

Plano de la Ciudad de México y sus alrededores -Alonso García Bravo en 1521-

Hernán Cortés decidió establecer allí el centro político del nuevo territorio porque la ciudad ocupaba una posición estratégica y ya disponía de una compleja organización urbana. Las ruinas no fueron abandonadas; fueron reutilizadas. El trazado de la nueva ciudad estuvo a cargo del soldado español Alonso García Bravo. Para lo anterior, se mantuvieron los cuatro calpullis pero se reorientó la plaza principal con dirección norte-sur y no oriente-poniente como en México-Tenochtitlán. Dicha estructura base seguía modelos urbanos hispanos de trazado regular, con calles rectilíneas y una plaza central organizada como eje de la ciudad.

“...puede creer Vuestra Sacra Majestad que de hoy en cinco años será la más noble y populosa cibdad que haya en lo poblado del mundo, y de mejores edificios...”             Carta de relación de Cortés a Carlos I -octubre de 1524-

Pero la ciudad que nacía no era simplemente una ciudad española trasladada a América. El mundo indígena no desapareció. Miles de indígenas siguieron viviendo y trabajando allí. Continuaron utilizándose conocimientos locales sobre el terreno, sistemas agrícolas y formas de organización que ya existían. Las aguas también comenzaron a cambiar el paisaje. Los españoles no estaban acostumbrados a una ciudad lacustre como Tenochtitlan y progresivamente fueron alterando canales y sistemas hidráulicos para adaptar el espacio a modelos urbanos europeos. Con el paso de los siglos gran parte del lago fue desapareciendo y la ciudad adquirió un aspecto cada vez más parecido al de las grandes capitales virreinales.

México sobre las ruinas de Tenochtitlan
El Parián -Plaza Mayor de Ciudad de México – Cristóbal de Villalpando, 1695-

La ciudad fue creciendo mientras se levantaban iglesias, conventos, hospitales, escuelas y edificios administrativos. La nueva ciudad iba adquiriendo una estructura cada vez más compleja. Lo que había comenzado como una reconstrucción sobre las ruinas de una guerra terminó convirtiéndose en uno de los principales centros culturales y políticos de América.


Pero una ciudad no se construye únicamente con piedras y edificios. Por sus calles comenzaron a mezclarse lenguas, oficios y costumbres distintas. Indígenas, españoles, africanos y personas llegadas de muchos lugares del mundo hispánico fueron dando forma poco a poco a una sociedad nueva y compleja. Los mercados continuaron llenándose de mercancías; las canoas seguían atravesando algunos canales; artesanos, comerciantes y agricultores mantenían el pulso cotidiano de una ciudad que crecía sobre una memoria antigua.

A medida que avanzaban las décadas fueron apareciendo instituciones destinadas a organizar la vida cotidiana y dar estabilidad al nuevo territorio. Entre las primeras preocupaciones estuvieron la atención a los enfermos, la educación y la administración del gobierno. En 1524 llegaron los primeros franciscanos, seguidos después por dominicos y agustinos, que además de evangelizar impulsaron escuelas, hospitales y centros de enseñanza. 

Uno de los primeros hospitales importantes fue el Hospital de Jesús, fundado y sufragado por el mismo Hernán Cortés hacia 1524, conocido inicialmente como Hospital de la Purísima Concepción. Su función era atender a enfermos y necesitados, y aún hoy continúa existiendo. En 1535 se produce la creación del Virreinato de Nueva España. Desde allí partirían expediciones hacia el norte, se organizaría el gobierno virreinal y llegarían comerciantes, religiosos, artesanos y viajeros procedentes de muchos lugares distintos. Fueron surgiendo las instituciones educativas tempranas. En 1536 se fundó el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, destinado a la educación de jóvenes indígenas nobles. Allí se enseñaba latín, filosofía, gramática, música y otras materias, convirtiéndose en uno de los primeros grandes centros de enseñanza del continente. Pocos años después, en 1551, por orden de Carlos I y del príncipe Felipe, se creó la Real y Pontificia Universidad de México, una de las primeras universidades americanas y una de las más importantes del mundo hispánico.

La ciudad nacida sobre las ruinas de Tenochtitlan terminó convirtiéndose en una de las grandes capitales hispánicas. Convertida en Ciudad de México, capital del virreinato de la Nueva España, fue durante siglos el centro desde el que se administró un espacio que conectaba tres continentes. De ella partían órdenes, funcionarios, mercancías y rutas que enlazaban América con las posesiones españolas del Pacífico. El inmenso territorio bajo su jurisdicción abarcaba desde las selvas centroamericanas hasta las fronteras septentrionales de América y alcanzaba, al otro lado del océano Pacífico, las islas Marianas y Filipinas, pieza fundamental del importante comercio con China.

La independencia transformó profundamente a México y la antigua capital del virreinato de la Nueva España. Siguió siendo el corazón del país, pero el mundo virreinal que durante tres siglos había conectado minas, ciudades, universidades, puertos y caminos comenzó a desaparecer. Nacía una nueva nación, aunque el tránsito hacia ella resultó largo y difícil. La libertad política llegó primero; la estabilidad tardaría mucho más tiempo en hacerlo. 
La antigua Tenochtitlan había cambiado de nombre, de instituciones y de apariencia, pero bajo las calles y las piedras seguía latiendo la memoria de la ciudad que un día surgió sobre las aguas del lago de Texcoco.


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