México sobre las ruinas de Tenochtitlan
Las aguas seguían reflejando el cielo mientras la ciudad cambiaba de rostro. Bajo el ruido de martillos y nuevas construcciones aún respiraba la vieja Tenochtitlan.
México no surgió de un vacío: nació sobre una memoria de piedra.
Cuando Hernán Cortés y sus aliados indígenas entraron en Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, la ciudad que se extendía sobre el lago de Texcoco había quedado devastada tras meses de asedio, hambre y combates. Los canales estaban obstruidos, muchos edificios habían sido destruidos y una parte importante de la población había muerto o abandonado la ciudad. Sin embargo, aquello no supuso el final de aquel lugar extraordinario. Sobre sus restos comenzó a surgir una nueva ciudad.

La antigua Tenochtitlan había sido una de las mayores urbes del mundo de su tiempo. Levantada sobre islotes unidos mediante calzadas, atravesada por canales y abastecida por complejos sistemas hidráulicos, asombró profundamente a los europeos que la contemplaron por primera vez. Bernal Díaz del Castillo recordaría años después la impresión que les produjo aquella ciudad que parecía surgir de las aguas.
Tras la caída comenzó una transformación profunda. Las aguas y los escombros de Tenochtitlan se convirtieron en la base de una nueva ciudad. Las piedras de templos y palacios cambiaron de lugar y de significado: unas se reutilizaron para iglesias, casas y edificios públicos; otras quedaron enterradas bajo calles y plazas. Allí donde antes se alzaban antiguos recintos ceremoniales comenzaron a levantarse nuevas construcciones. Poco a poco fueron apareciendo plazas, calles y edificios de estilo europeo.



La ciudad nacida sobre las ruinas de Tenochtitlan terminó convirtiéndose en una de las grandes capitales hispánicas. Convertida en Ciudad de México, capital del virreinato de la Nueva España, fue durante siglos el centro desde el que se administró un espacio que conectaba tres continentes. De ella partían órdenes, funcionarios, mercancías y rutas que enlazaban América con las posesiones españolas del Pacífico. El inmenso territorio bajo su jurisdicción abarcaba desde las selvas centroamericanas hasta las fronteras septentrionales de América y alcanzaba, al otro lado del océano Pacífico, las islas Marianas y Filipinas, pieza fundamental del importante comercio con China.