Isla de Taboga -La retaguardia silenciosa-
Antes de Cajamarca, hubo islas donde no pasó nada… y, sin embargo, todo sucedió allí.
Taboga está en el golfo de Panamá, muy cerca de la ciudad de Panamá actual. Su papel fue discreto pero estratégico en los inicios de la expansión española hacia el Pacífico y, en particular, hacia el Perú.
Antes de la llegada de los españoles, Taboga —lugar de muchos peces— estaba habitada por poblaciones indígenas del ámbito cultural del istmo panameño, emparentadas con los pueblos costeros del Pacífico. Eran comunidades insulares organizadas en pequeños cacicazgos, con una economía basada en la pesca, la navegación en canoas, la recolección marina y una agricultura elemental. La isla formaba parte de una red de intercambios regionales mucho antes de convertirse en escala del Pacífico español.
Tras el descubrimiento del Mar del Sur en 1513 por Vasco Núñez de Balboa, la isla de Taboga fue uno de los primeros puntos insulares utilizados por los españoles como lugar de abastecimiento, punto de descanso para tripulaciones, y enclave relativamente seguro frente a la costa continental, todavía inestable. Pedro Arias Dávila (Pedrarias) la incorporó pronto al sistema colonial de Castilla del Oro.
La isla formó parte de la retaguardia silenciosa que hizo posible las empresas hacia el Birú / Pirú. No fue un escenario heroico, sino funcional. La conquista se sostuvo más por estos lugares que por los campos de batalla. Desde Panamá y su entorno —incluida Taboga— se organizaron: expediciones de reconocimiento, salidas de barcos por el Pacífico, y el tráfico de hombres, armas, víveres y noticias. Ahí se mezclaban clérigos y funcionarios, soldados e indígenas, esclavos africanos con comerciantes. Es el mundo donde se aprende a conquistar sin épica, con contratos, permisos, logística y espera.

En 1524, el sacerdote español Hernando de Luque llegó a la isla y fundó un villorrio a las orillas del mar, al que llamó San Pedro de Taboga. Con ayuda de los colonos y de los indígenas creó la pequeña iglesia de San Pedro ―que, según se supone, fue la segunda iglesia más antigua de todo el continente―.
Los habitantes de la isla fueron encomendados y empleados como mano de obra vinculada al abastecimiento y al transporte marítimo, en un proceso rápido de integración forzada. La combinación de trabajo y enfermedades provocó una temprana despoblación, de modo que la isla dejó pronto de ser un espacio indígena para convertirse en una pieza silenciosa de la infraestructura que sostuvo las empresas de los conquistadores.
Las expediciones de Francisco Pizarro y de Diego de Almagro partieron de la isla, y el padre Hernando de Luque ―siendo ya vicario de la catedral de Panamá― se convirtió en su socio, haciendo posible las empresas de conquista. En la pequeña capilla que fue la antecesora de la iglesia actual, ambos militares debieron encomendarse a Dios antes de partir. Pizarro zarpó a la conquista del Perú y Almagro zarpó de Taboga como adelantado de Chile, Hernando de Luque se dedicó a la capilla y a la agricultura.
Cuando los cronistas comienzan a escribir con detalle sobre el Pacífico, la isla ya ha dejado de ser un espacio indígena para convertirse en infraestructura del imperio para la conquista del Perú. Entre esos cronistas, destaca Gonzalo Fernández de Oviedo como la fuente más importante en el entorno al que pertenece la isla. El autor, en su Historia general y natural de las Indias habla extensamente de Castilla del Oro. En sus crónicas, no individualiza San Pedro de Taboga con detalle, pero encaja claramente en el cuadro que traza. La ausencia de una crónica específica sobre los indígenas de Taboga no es casual, ya que, cuando él escribe, muchas de estas poblaciones ya han sido absorbidas o han desaparecido.
A lo largo del tiempo, Taboga se volvió un centro importante de tránsito de riquezas descubiertas en Sudamérica. De esta manera, la isla fue construyendo su propia historia. Muy visitada por piratas, se cuenta entre ellos a Henry Morgan, quién arribó a Taboga luego de saquear la Ciudad de Panamá en 1671; de John Hawkins se dice que llegó a establecerse en la isla en el año 1686. Años más tarde, tuvo un gran auge durante la fiebre del oro californiana por ser paso obligado. Para 1850 era el puerto principal de Panamá, lo que le permitió contar con una importante población a fines del siglo XIX.
Taboga es un lugar sin épica: Nunca hubo grandes batallas, no hubo fundación solemne ni capitulación famosa.
Pero no era un campamento ocasional: hubo población indígena subordinada al nuevo orden, presencia española temprana, clérigos, uso continuado de su enclave estratégico. Eso es exactamente lo que diferencia un lugar “histórico” de un mero accidente geográfico.
