Francisco Pizarro -Después de Atahualpa-
Lo que estaba a punto de ocurrir no sería solo el triunfo de una voluntad individual, sino el encuentro —brusco y definitivo— entre dos órdenes políticos en crisis. Francisco Pizarro, que años antes había salido de Panamá buscando su última oportunidad, se encontraba ahora ante una coyuntura irrepetible: un imperio fracturado, una legitimidad disputada y un pequeño contingente castellano convertido, por azar y cálculo, en un factor decisivo.
El 24 de septiembre de 1532, Francisco Pizarro y sus hombres salieron de San Miguel de Tangarará en dirección al interior del continente. Para entonces, ya sabían que el imperio estaba recién salido de una guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa. Atahualpa había vencido y se encontraba en Cajamarca celebrando su triunfo con un enorme ejército acampado en las afueras. Por su parte, Pizarro contaba con unos 168 hombres. Sabía que en un enfrentamiento abierto no tendría posibilidad contra aquel enorme ejército. Su única opción era capturar al Inca en la cúspide del poder, pero necesitaba tramar un plan.
La clave fue una invitación diplomática cuidadosamente formulada. Pizarro envió emisarios al campamento inca para entrevistarse con Atahualpa. El mensaje fue, en esencia: que venían en nombre de un gran rey con el deseo de conocerle y establecer amistad. Para ello lo invitaba a reunirse en Cajamarca para conversar. No había intención de guerra. Se presentó como un encuentro entre soberanos o representantes de soberanos. No como una exigencia de sumisión inmediata.
Atahualpa, que acababa de vencer a su hermano Huáscar y estaba en posición de poder absoluto, no percibía a los españoles como una amenaza militar. Eran solo un puñado de hombres que, según algunas crónicas, despertaron su curiosidad y él mismo quiso ver de cerca a esos extranjeros y evaluar su naturaleza y su fuerza. Por eso aceptó acudir a Cajamarca. El 16 de noviembre de 1532, entró en la plaza con un cortejo ceremonial, desarmado en gran parte, en actitud más simbólica que bélica.
Pizarro, con gran previsión, mientras esperaba, distribuyó a sus hombres en dos pelotones de caballería y él se puso al frente de los infantes. Atahualpa, seguro de quien era, llegó a la plaza, rodeado de su séquito. Se entrevistaron brevemente y el sacerdote dominico fray Vicente de Valverde dio lectura al requerimiento. Es decir, conminó al inca para que se sometiera al Monarca hispano y abjurase de su idolatría, mostrándole la Biblia, el libro que contenía la palabra de Dios. Estas palabras, probablemente mal transmitidas y difícilmente comprensibles dentro de la lógica política andina, solo causaron el desprecio de Atahualpa que dejó caer el libro sagrado como algo inútil.

Ese fue el momento en que se escuchó el gritó de “Santiago”. Inmediatamente, los pelotones de caballería embistieron a los confiados hombres del inca que no atinaron a una defensa eficaz y solo buscaron defender a su Monarca, muriendo muchos de ellos estoicamente a su lado.
En medio del caos, Pizarro se abrió paso hasta las andas que sostenían a Atahualpa y lo capturó personalmente. Esa captura desarticuló todo el sistema político inca: el emperador era el eje del orden imperial.
No fue una batalla convencional. Fue una operación quirúrgica basada en la sorpresa, el choque tecnológico, y la comprensión de que el poder inca estaba concentrado en la figura del soberano.

Muerto Atahualpa, y para evitar la anarquía, se designó como su sucesor a Túpac Huallpa, hermano de Atahualpa y supeditado a las órdenes de Pizarro. Con él, iniciaron la marcha hacia el Cuzco. En el camino Túpac Huallpa falleció misteriosamente. Los españoles siguieron su camino hacia Cuzco en donde entraron el 14 de noviembre de 1533. En los inicios del año siguiente, se nombró a Manco Inca como el nuevo sapa inca, realizándose la fundación española del Cuzco. Sin embargo, Pizarro y sus hombres se instalaron en Jauja, ciudad fundada meses antes que quedó convertida en centro de operaciones. A fines de diciembre Pizarro y su comitiva llegan a Pachacamac. Desde allí, no considerando que Jauja reuniera las condiciones idóneas para ser la capital, envió a tres jinetes para recorrer el valle del Rimac e informar si era propicio para fundar ahí la gobernación de la Nueva Castilla. Mientras tanto, llegaba una Real Cédula de la Corte, en la cual se aumentaba la gobernación del territorio en veinticinco leguas al sur de Chincha. Los hombres misionados por Pizarro retornaron a Pachacamac con noticias favorables y entonces Pizarro marchó al valle del Rimac donde fundaría el 18 de enero de 1535 la Ciudad de los Reyes. Pronto se conocería con el nombre de Lima, actual capital del Perú.
Antes de la fundación de Lima, se tuvo conocimiento de que Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala, con una hueste considerable se encontraba en Quito con ánimo de posesionarse de las nuevas conquistas. Antes de que fuera un problema, Belalcázar partió desde San Miguel, en la costa, y Almagro, desde el Cuzco, con el propósito de darle alcance y saber cuáles eran sus intenciones. Alvarado no tenía autorización real para su pretensión y finalmente, se avino a negociar con los delegados de Pizarro, optando por aceptar 100.000 pesos de oro a cambio de entregar a Pizarro la mayor parte de los navíos que lo habían acompañado, y a su hueste y volver a Guatemala.
Tras la fundación de Lima, Francisco Pizarro inicia una etapa de gran actividad: el 5 de marzo del mismo año fundaba la ciudad de Trujillo, al tiempo que tuvo conocimiento de que Diego de Almagro había recibido de la Corona el título de gobernador de la Nueva Toledo.
Los límites de las dos gobernaciones sería la causa de las desavenencias entre los dos socios.
Pizarro regresó al Cuzco para acordar con Almagro la conquista de los territorios de Chile, hacia los que Almagro partiría y Pizarro regresó a Lima donde recibió a su hermano Hernando que traía excelentes noticias de la Corte: la Corona le concedía setenta leguas al sur de su gobernación, quedando así anuladas las veinticinco que se le había otorgado anteriormente. Pizarro nombró a Hernando teniente de gobernador en el Cuzco, y él decidió continuar en Lima.
Un año más tarde, a inicios del mes de mayo de 1536, Pizarro recibía la noticia de que Manco Inca había iniciado una gran sublevación en el Cuzco. Los españoles, entre los que se encontraban sus hermanos corrían peligro de perder la vida. Pizarro envió varias expediciones de socorro al Cuzco que fueron fallidas. Al mismo tiempo, había enviado también urgentes mensajes pidiendo auxilio a Panamá, Nicaragua y México. Mientras tanto, un gran ejército inca, al mando de Tito Yupanqui, a principios de agosto de 1536, puso cerco a Lima, la flamante capital de la Nueva Castilla. En septiembre llegaron los primeros refuerzos al mando de Alonso de Alvarado y luego de una cruenta lucha los españoles consiguieron dar muerte a su general, con lo cual sus soldados emprendieron la retirada hacia el Cuzco. Alonso de Alvarado marchó tras ellos al Cuzco a donde llegaría Almagro que retornaba de su fracasada expedición a Chile. Manco Inca y sus hombres más adictos al encontrarse entre dos ejércitos, decidieron marcharse y buscaron refugio en la agreste zona de Vilcabamba.
Una vez controlada la gran rebelión indígena, surgió el conflicto entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro por el control de Cuzco, debido a la imprecisión de los límites entre sus gobernaciones. Intentaron reconciliarse en Mala en 1537, pero la desconfianza persistió. A pesar de todo, y contraviniendo el consejo de sus hombres, Almagro liberó a los hermanos de Pizarro. Una vez liberado, Hernando Pizarro organizó un ejército y derrotó a los almagristas en la Batalla de Las Salinas (1538). Almagro fue capturado y ejecutado en el Cuzco el 8 de julio de 1538, mientras Francisco Pizarro permanecía en Lima.

Mientras la Corona enviaba a Cristóbal Vaca de Castro para supervisar la situación, Pizarro continuó gobernando. En 1539 fundó Huamanga y recibió del emperador Carlos V el título de marqués. Se dedicó principalmente a tareas administrativas y al gobierno del territorio desde Lima. Se sentía al margen de empresas guerreras e hizo públicas las Ordenanzas para el Buen Gobierno del Perú y el Bienestar de los Indios. Pero los partidarios de Almagro, empobrecidos y resentidos, apoyaron a su hijo, Diego de Almagro, a quien llamaban, el Mozo, y conspiraron contra Pizarro. El 26 de junio de 1541 un grupo de almagristas asaltó su casa en Lima. Pizarro intentó defenderse con su espada, pero fue finalmente asesinado tras una lucha violenta.
Debido a la tensión política, el entierro de Francisco Pizarro se hizo en secreto. Siglos después, sus restos fueron trasladados solemnemente a la capilla de los reyes magos en la Catedral de Lima.
Cuando Francisco Pizarro murió asesinado en Lima en 1541, el imperio que había contribuido a derribar llevaba menos de una década desaparecido. El mundo andino ya no volvería a ser el mismo. Sin embargo, todo aquel proceso —la caída del poder inca, la fundación de nuevas ciudades y las guerras entre los propios conquistadores— puede rastrearse hasta una tarde silenciosa en la plaza de Cajamarca, el 16 de noviembre de 1532. Allí, en cuestión de minutos, un pequeño grupo de hombres decidió el destino de uno de los imperios más vastos de América.

