Cartago: Primera capital de Costa Rica
La ciudad de Cartago no nació como una avanzada militar efímera, sino como una ciudad pensada para permanecer: un espacio donde debían arraigar las leyes, la administración y la vida cotidiana en la Costa Rica del siglo XVI.
La historia de Cartago comienza en un territorio difícil. Cuando los españoles llegaron al interior de la actual Costa Rica encontraron montañas, selvas, ríos y una población indígena dispersa. Las comunicaciones eran complicadas y la distancia con los grandes centros de la América española hacía de aquella provincia una tierra periférica y difícil de colonizar.
Antes de Cartago hubo otros intentos. En 1561, Juan de Cavallón había fundado el Castillo de Garcimuñoz, en el Valle Central. Pero aquella población no consiguió consolidarse. Dos años después, otra ciudad iba a ocupar su lugar en la historia.

Era el 23 de junio de 1563 cuando Juan Vázquez de Coronado escogió un nuevo asiento en el valle de El Guarco y fundó allí la ciudad de Cartago. El mismo fundador dejó una descripción que permite imaginar aquel momento. Había encontrado un valle fértil, con tierras apropiadas para el trigo y el maíz, y un clima que comparó con el de Valladolid.
«Tracé una ciudad en aquel valle, en un asiento junto a dos ríos. Tiene el valle tres leguas y media de largo y media de ancho; tiene muchas tierras para trigo y maíz, tiene el temple de Valladolid, buen suelo y cielo. Nombré a la ciudad Cartago, por llamarse esta provincia este nombre».
No era solamente un lugar donde levantar unas casas. Como tantas ciudades fundadas por los españoles en América, Cartago nacía alrededor de una plaza, un cabildo, una iglesia y unos solares que daban forma a una nueva comunidad. La ciudad debía convertirse en un lugar de residencia, de administración y de justicia.
Pero había un problema. Cartago no encontraba su lugar.
El primer emplazamiento no resultó adecuado. Las inundaciones, el terreno y las dificultades para obtener recursos hicieron que la ciudad tuviera que desplazarse. En 1572 Perafán de Ribera trasladó el asentamiento a un lugar llamado Matarredonda. Tampoco allí consiguió arraigar definitivamente. La falta de agua y de mano de obra hicieron fracasar el intento. Finalmente, durante el gobierno de Alonso Anguciana de Gamboa, la ciudad volvió a trasladarse. Hacia 1575 Cartago había encontrado por fin el lugar donde permanecería durante siglos. Quizá por eso hay algo especialmente hermoso en su historia: la ciudad que iba a convertirse en la primera capital de Costa Rica tuvo que buscar primero el lugar donde poder ser ciudad.
Cartago se convirtió en el centro político y administrativo de la Gobernación de Costa Rica. Allí estuvieron el cabildo y las autoridades civiles, con lo que se concentraron buena parte de la vida religiosa y administrativa de la provincia. Desde Cartago se organizaba un territorio que, sin embargo, era mucho mayor que el espacio que los españoles podían controlar realmente. Hacia Talamanca, la resistencia indígena y la dificultad del terreno hicieron que la presencia española fuera siempre limitada.
Costa Rica tampoco era una provincia rica. Lejos de los grandes centros mineros de México o Perú, sin grandes ciudades y con enormes dificultades de comunicación, Cartago fue durante mucho tiempo una pequeña población construida con los materiales que ofrecía el territorio: madera, bahareque, paja y, en algunos edificios, teja. No debemos imaginarla como una de las grandes capitales americanas.
Cartago era una ciudad pequeña, pobre y alejada. Y, sin embargo, era la capital.
Durante más de dos siglos, aquella pequeña ciudad del valle del Guarco fue el principal centro político de Costa Rica. En torno a su plaza mayor se desarrollaba la vida de la ciudad. Allí se encontraban el mercado y buena parte de la actividad comercial y social. En sus calles vivían agricultores, comerciantes y artesanos. La Iglesia fue ocupando también un lugar fundamental en el paisaje urbano. Poco a poco, la ciudad fue adquiriendo la estructura de una sociedad estable. Y entonces ocurrió algo que quizá sorprenda todavía más.
Un escudo para Cartago
Es un hecho llamativo que, en 1565, apenas dos años después de su fundación, Felipe II concedió a Cartago un escudo de armas. Cartago era todavía una población pequeña, en una de las provincias más pobres y apartadas del Reino de Guatemala. Sus casas eran humildes y algunos de sus edificios apenas estaban terminados. Y, sin embargo, la Corona le concedió el privilegio de tener armas propias. El escudo estaba relacionado con dos de los hombres que habían desempeñado un papel importante en la fundación y organización de la ciudad: Juan Vázquez de Coronado y Diego Caro de Mesa. Según el investigador costarricense Hugo Marín Brenes, el diseño conservado del escudo combina elementos procedentes de los blasones de ambos personajes.
Hay una historia curiosa detrás de aquel documento. Marín Brenes dedicó años a investigar el origen del escudo y llegó hasta el Archivo de la Casa de Alba, en Madrid, donde pudo examinar una copia de la Real Cédula que conserva el diseño del blasón. El documento había sobrevivido. La ciudad, no tanto. Porque Cartago iba a enfrentarse durante los siglos siguientes a uno de sus grandes enemigos: la tierra sobre la que había sido construida.
La ciudad del barro
Cartago sufrió inundaciones y terremotos una y otra vez. La tierra temblaba y las construcciones, muchas de ellas levantadas con materiales frágiles, resultaban destruidas o gravemente dañadas. Por eso hoy resulta tan difícil encontrar restos de aquella ciudad que fue durante más de dos siglos el centro político de Costa Rica.
Como explica el investigador Hugo Marín Brenes, la sucesión de terremotos e inundaciones fue determinante para que prácticamente no quedaran monumentos de la antigua Cartago. Y, sin embargo, hay algo que permanece. Los lugares fundamentales de la ciudad siguen estando allí. La plaza mayor, el espacio de la antigua parroquia y el lugar donde hoy se encuentra la municipalidad corresponden al espacio urbano que los españoles habían elegido siglos atrás.
La ciudad desapareció muchas veces. El lugar de la ciudad permaneció. Quizá esa sea la razón por la que Cartago produce una sensación tan extraña cuando uno intenta reconstruir su pasado. Hay poco que mirar. Y, sin embargo, hay mucho que imaginar.
1821 -La Independencia
Cuando llegaron las noticias de la independencia de Centroamérica, en 1821, Cartago seguía siendo la principal ciudad política de Costa Rica. Pero el mundo al que pertenecía estaba desapareciendo. La independencia acabó con el vínculo político con la Monarquía Hispánica y abrió una etapa completamente nueva. Costa Rica tuvo que decidir qué quería ser y, sobre todo, dónde estaría el centro de ese nuevo Estado.
La respuesta no tardó mucho. En 1823, la disputa entre las ciudades y los distintos grupos políticos desembocó en la batalla de Ochomogo. Cartago fue derrotada. Y perdió la capitalidad. San José pasó a ocupar el lugar que Cartago había conservado durante más de dos siglos. Era el final de una época. Pero no el final de Cartago.
Después llegarían nuevos terremotos y nuevas reconstrucciones. La ciudad que hoy vemos conserva muy poco de aquella Cartago que conocieron los hombres del siglo XVI. Pero quizá la historia de una ciudad no esté solamente en sus edificios. A veces está en el lugar que ocupa. En la memoria que conserva. En los documentos que sobrevivieron cuando sus casas ya habían desaparecido. En aquel escudo concedido por un rey lejano. En una plaza que sigue ocupando el mismo lugar que los primeros pobladores escogieron hace más de cuatro siglos. Cartago fue la primera capital de Costa Rica. Y aunque los terremotos hayan borrado casi por completo la ciudad que levantaron los españoles, no consiguieron borrar aquello que la hacía ciudad: su lugar en la historia.
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