Colegio Imperial de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco
El Colegio de Santa Cruz de Santiago Tlatelolco es una de las instituciones más fascinantes del siglo XVI en América. Tenía como finalidad educar a jóvenes de la nobleza indígena con las herramientas intelectuales del humanismo cristiano europeo, sin borrar su condición de hablantes de náhuatl y miembros de sus comunidades. En sus aulas, la cultura intelectual renacentista entró en contacto con la lengua náhuatl y con los conocimientos de las comunidades indígenas, dando lugar a una experiencia excepcional de intercambio, aunque inevitablemente estuvo marcada por las tensiones del proceso evangelizador.
Fue fundado e inaugurado el 6 de enero de 1536, en Tlatelolco, al norte de la ciudad de México, bajo impulso franciscano y con el apoyo decisivo de fray Juan de Zumárraga, obispo de México. Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la Segunda Audiencia y Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España contribuyeron notablemente a su impulso y sostenimiento.
La primera instalación del colegio fue bastante modesta. Las más antiguas construcciones fueron de adobe. El gran conjunto conventual de Santiago Tlatelolco se fue construyendo posteriormente; una fuente de la UNAM sitúa el monumental convento hacia 1543.

En 1536, el colegio no nació de la nada.
Los franciscanos ya llevaban años experimentando con la educación de indígenas. Pedro de Gante había creado en México la escuela de San José de los Naturales, donde se enseñaban primeras letras, doctrina, música y oficios, y desde aproximadamente 1533 se había comenzado a enseñar gramática latina a indígenas. Santiago Tlatelolco representa un salto cualitativo: ya no se trata solamente de enseñar doctrina y alfabetización, sino de proporcionar a jóvenes indígenas de élite una formación humanística avanzada como intelectuales cristianos.
Fue un lugar de encuentro entre dos mundos. Miguel León-Portilla llegó a describir el nuevo colegio como una institución que, en cierto sentido, podía compararse con el antiguo calmécac como lugar de estudios superiores. Porque Tlatelolco no era un barrio cualquiera. Había sido una de las grandes ciudades del mundo mexica, estrechamente vinculada a Tenochtitlan. Tenía su propio pasado político, religioso y comercial y una población indígena importante. Y además existía allí una tradición educativa indígena, con lo cual se evidencia una relación conceptual muy interesante: el nuevo colegio se instala en un espacio que ya poseía una tradición de formación de las élites.
Era algo completamente nuevo: un colegio de alto nivel para indígenas, no para españoles. Los alumnos no eran cualquiera: se trataba de jóvenes nobles indígenas (hijos de caciques). Entre los propósitos de algunos de sus promotores estaba la posibilidad de prepararlos para asumir responsabilidades religiosas. Pero el horizonte del colegio era más amplio: proporcionar a jóvenes de la nobleza indígena una formación intelectual que les permitiera participar en la vida cultural, religiosa y política de la nueva sociedad novohispana. Se trataba de reproducir el modelo educativo europeo más avanzado de la época.

El proyecto era muy ambicioso: los franciscanos pensaban que un indígena instruido en la doctrina cristiana, las lenguas y las artes liberales podía transmitir ese conocimiento a otros indígenas mucho más eficazmente. El programa de estudios y la formación de los colegiales estaban relacionados con la posibilidad de que algunos pudieran llegar a la ordenación sacerdotal. Y esto explica por qué el proyecto resulta tan extraordinario. No se trataba simplemente de: «enseñemos español a los indios». Era: «formemos intelectualmente a determinados jóvenes indígenas para que puedan participar en la construcción de la nueva sociedad cristiana».
Se enseñaba gramática, retórica, lógica; aritmética, geometría, astronomía, música. Además, escritura y doctrina cristiana; elementos de teología y lectura de autores clásicos; latín y castellano; música, pintura y escritura de manuscritos. Los estudiantes y artistas indígenas se dedicaron también a conservar y desarrollar conocimientos de medicina prehispánica, herbolaria, plumaria, etc.
Entre sus maestros se cuentan: Pedro de Gante, Arnaldo de Bassacio, Andrés de Olmos, Juan de Gaona, Bernardino de Sahagún, Jacobo de Testera y otros franciscanos dedicados a la enseñanza. Y esto tiene una consecuencia que a veces se pierde: Tlatelolco fue también un centro de formación de los propios franciscanos. Porque para enseñar náhuatl, predicar y escribir catecismos, los frailes necesitaban dominar la lengua y conocer la cultura indígena.
Fue sin duda un intento brillante de crear una élite indígena cristiana y culta en igualdad intelectual. Pero el proyecto era demasiado avanzado para su tiempo y encontró problemas: resistencia de autoridades coloniales, prejuicios raciales y la falta de apoyo económico.
Durante mucho tiempo se contó como un fracaso, pero la historiografía reciente ha cuestionado esa interpretación. El problema es que se juzgó el colegio exclusivamente por si consiguió o no producir un clero indígena numeroso que no fue posible. En 1539 todavía se discutía la posibilidad de conceder a indígenas y mestizos algunas órdenes menores. Más tarde, el Primer Concilio Provincial Mexicano de 1555 estableció restricciones muy fuertes al acceso de indígenas, mestizos, negros y mulatos al clero. Pero si no utilizamos ese único criterio y se observa qué produjo realmente, la respuesta es extraordinaria. Santiago Tlatelolco produjo indígenas alfabetizados, trilingües, humanistas, traductores, escribanos, maestros, autores y colaboradores intelectuales de los franciscanos.

